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Galicia, los “anormales” y los apellidos


Cuando el estómago lleva mucho tiempo en ayunas comienza a digerirse a sí mismo y se hincha desmesuradamente. Algo así debe suceder por analogía a quienes todavía se dedican por oficio, beneficio o nulidad política a eso que llaman la normalización lingüística del gallego. Algo que, después de décadas y millones del erario, ya debería estar suficientemente normalizado, pero resulta que no. No les ha bastado hacer una nomenclatura bochornosa y chapucera a lo largo de la geografía galaica, cambiando topónimos consolidados por el pueblo y nada sospechosos de haber sido castellanizados en los siglos anteriores por otros elaborados en despachos por presuntos lingüistas, ahora pretenden que normalicemos nuestros apellidos a su gusto y capricho. Con nuestro dinero, con el beneplácito de la Xunta, y con el presunto trabajo de la Academia Galega, no sé si real o imaginaria.

Del revés

Nuestros apellidos tienen tres dimensiones principales: la histórica, la familiar y la personal. Después se podría decir que tienen interés lingüístico aquellos apellidos que son hipotéticamente de origen gallego y de difícil etimología, que son los que debería estudiar la Real Academia, acaso con ayuda de la Xunta. Pero ni éstos ni los demás son susceptibles de normalización, porque ésta es siempre una simplificación erudita con intereses prácticos o políticos. Si escogemos un apellido como Vaamonde veremos que en la documentación antigua sobre una misma familia se ha escrito de diferentes formas sucesivas o alternas en el tiempo y a veces coetáneas: Vaamonde, Vamonde, Baamonde, Bamonde, Bajamonde y, más recientemente Bahamonde. Y la mayoría de esas formas coexisten en los registros civiles en ramas familiares que proceden todas de un mismo origen anterior a 1875. Posiblemente un lingüista nos podría decir cual sería la forma ideal evolucionada del primitivo antropónimo, pero jamás podrá probar la necesidad de que las todas las ramas familiares unifiquen su apellido, salvo por un interés estético enfermizo o por mero capricho político.

Por otra parte, el origen de cada apellido es difícil, por no decir imposible, de probar documentalmente porque de la mayoría sólo hay unos pocos siglos en los que se pueda retroceder en el tiempo. Y cuando se habla de la castellanización de apellidos, se refiere casi siempre a aquellos en los que el término castellano no es muy diferente del gallego: Puentes/Pontes, Fuente/Fonte, Otero/Outeiro, Ribera/Ribeira, Marino/Mariño, etc. Y en esos casos los apellidos en castellano existen también en otras partes de España acaso sin relación con quienes aquí llevaron esos apellidos en gallego por primera vez. No se puede negar la castellanización de apellidos, pero no es inteligente ni científico negar la galeguización de apellidos foráneos que llegaron a Galicia siglos atrás precisamente por esa facilidad en ser asimilados a mismo término en gallego. Galicia fue en un 90% una sociedad rural hasta hace un siglo, donde la lengua hablada era el gallego, y sería fácil que de un alcume en gallego basado en un apellido foráneo naciese un apellido gallego. ¿Es tan difícil de creer que de un De la Fuente pudiera haber nacido un Dafonte?

Aparte de la bruma histórica que envuelve el origen de los apellidos está el orgullo familiar por llevarlos. Hay quien puede no estar orgulloso, porque le parecen muy comunes o simplemente no le gustan, pero otros sí que lo estamos y, personalmente nos trae sin cuidado si su origen es gallego, castellano o tártaro. Si los cambiásemos por una necia presión política dejaríamos de ser quienes somos, porque estaríamos marginando a nuestros antepasados que llevaron ese mismo apellido, fuese por dos generaciones o por diecisiete. En cuanto a los López, Fernández, Vázquez, Rodríguez, Gómez, González, etc. pueden parecer apellidos corrientes, pero todos tienen antepasados ilustres y más de alguno se asombraría si supiera de quien procede. Además, el Cielo los bendijo con una larga descendencia que ya quisieran para sí algunos apellidos que están a punto de desaparecer.

Realmente sí que seríamos unos anormales si nos creyéramos ese cuento absurdo, que patrocina la Xunta de Galicia con nuestro dinero, y que no fomenta más que el desprecio de sí mismo, la xenofobia, la división entre gallegos y, también, que algunos puedan seguir viviendo cómodamente a cuenta del erario.

Pepe de Brantuas. Mayo de 2018, en España.

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Estética burocrática y declive rural II


(Artículo anterior)

"ladrillo visto" en la llamada "Milla de Oro"
“ladrillo visto” en la llamada “Milla de Oro”

Defendía Otero Pedrayo, creo que con razón, que el paisaje era el resultado de la acción humana sobre la naturaleza. Donde no existiese esa acción y fuese todo virgen tampoco habría un verdadero paisaje. En Galicia, una tierra que durante siglos fue mayoritariamente rural, no solo en extensión sino también en población, la actividad de sus habitantes transformó la totalidad del territorio hasta el extremo de dar nombre a los más pequeños rincones de nuestra geografía, como se puede comprobar en la riqueza de la micro toponimia que aún figura en los documentos relativos a la propiedad.

El problema es que, desde el punto de vista del ecologismo más radical y urbanita, el paisaje no debería tener huella humana porque, para esos bien pensantes, la naturaleza es más sabia, por muy alocada, desordenada y cruel que sea: priman lo salvaje sobre lo humanizado. Si toleran alguna obra del hombre son los caminos que les permiten acceder y recorrer las zonas rurales y no les importaría en absoluto que éstas estuviesen totalmente desiertas. Si a eso añadimos actitudes socialistas, en las que parece molestar la propiedad privada de la tierra o que pertenezca a demasiada gente, no es de extrañar la presión sobre aquellos que viven o sacan algún beneficio del medio rural gallego.

Tinglado en zona monumental y a la vera de un "Cinco Estrellas"
Tinglado en zona monumental y a la vera de un “Cinco Estrellas”

En una época de crisis como la presente, que arrastramos desde hace unos 9 años, es comprensible que a algunos arquitectos (pertenezcan o no a las minorías anteriores) les gustaría que cualquier obra, casa o galpón, bodega o cobertizo, que se construya en el campo lleve su firma autorizada. Acaso no tanto por la calidad de la misma como por aumentar sus ingresos pecuniarios. Si encima les apoyan medios de comunicación, controlados por quienes desean también dominar una importante riqueza no urbana que se les escapa de las manos, no les extrañe esa continua campaña contra lo que llaman feísmo rural y las medidas totalitarias que piden algunos.

La ruina especulativa del Centro
La ruina especulativa del Centro

Puestos a hablar del feísmo, en el sentido que ellos le dan, se podría diferenciar, por su génesis, entre el arquitectónico, propiamente dicho, que sería el diseñado, firmado y dirigido por profesionales del ramo, el urbanístico, generado por un planeamiento disparatado o inexistente de villas y ciudades, el meramente construido al albur del constructor, el ruinoso, que es causado por el deterioro de las edificaciones abandonadas y aquel que podríamos llamar decorativo. Si lo dividimos entre ciudadano o rural y se dan ustedes una vuelta por cualquier villa o ciudad observarán que el feísmo ciudadano tiene innumerables ejemplos de todos los tipos anteriores, en algunos casos con profusión. Por el contrario, el feísmo rural es en su mayoría del construido y del decorativo, sin que falten ejemplos de los otros según la zona, y el número de barbaridades o chafalladas es comparativamente menor. Sin embargo, tanto los arquitectos ofendidos en su sentido estético, como los ecologistas de tres al cuarto y el periodismo señorito de ciudad, solo se fijan en lo rural.

El hueco vergonzante en la avenida
El hueco vergonzante en la avenida

Las fotografías que acompañan este escrito son una pequeña selección de las realizadas durante un breve paseo por lo que se denomina el centro, la zona más cara de la ciudad. Sin incluir los bodrios arquitectónicos. Si todos los empeñados en solucionar el rural no son capaces de arreglar estos entuertos ciudadanos, ni tampoco de denunciarlos, ¿qué autoridad moral pueden tener para perseguir en el campo lo que es resultado del paisaje moderno? No todo el mundo considera feo lo mismo que estos activistas ni tampoco la mayoría de los profesionales tienen una visión tan estrecha. Pero, como los que gobiernan están siempre dispuestos a escuchar a quienes defienden medidas que podrían subir los ingresos fiscales o aumentar su poder sobre los ciudadanos, corremos el peligro de que se haga caso a los fanáticos y no a quienes son tolerantes y razonan.

Pepe de Brantuas. Junio de 2014, en España.

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