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La Europa de los mecheros.


…mercantilismo cutre..

Reflexiones sobre una manzana podrida es el título que dio Chesterton a un artículo de sus ensayos El manantial y la ciénaga, incluido recientemente por El Buey Mudo en el libro Por qué soy católico. Con la grave crisis de 1929 sería más que posible que el discurso económico ocupase en esa época el primer lugar de las discusiones políticas, académicas y periodísticas, tal como parece que ocurre en nuestros días. De ahí las siguientes palabras del autor: Lo que está en cuestión no es la razón fundamental de las cosas, sino una particular falsificación, originada en un truco muy reciente que consiste en mirar todas las cosas solamente en relación con el comercio. El comercio es muy bueno en cierto sentido, pero hemos colocado el comercio en el lugar de la Verdad. El comercio, que en su naturaleza es una actividad secundaria, ha sido tratado como una cuestión prioritaria, como un valor absoluto. Los modernos, enloquecidos por la mera multiplicación, han convertido en plural lo que eternamente ha sido y es singular, en el sentido de único. Lo que los antiguos filósofos llamaban el Bien, lo han traducido como «los bienes».

La crítica de Chesterton, aunque sea un reproche indirecto al comercio, básico en una economía de mercado, en realidad es directamente de índole moral. Es la reducción del Bien a los meros bienes materiales, a la suplantación realizada, como él dice, por los corruptos y evasivos liantes denominados políticos prácticos. Y hemos de reconocer que en nuestra época ese tipo de liantes abundan demasiado. No es que hayan proliferado recientemente, sino que, dados los orígenes comerciales de la UE, están incardinados en esa institución y en los países que la sustentan. Y ello lleva demasiado a menudo a imponer políticas que están lejos del bien común, únicamente explicables por el beneficio comercial de los grandes mercaderes. Si el fomento del empleo y la calidad de los productos debería ser el objetivo, en realidad la relación calidad-precio es lo buscado, cuando no el precio únicamente.

Esa forma de perversión —porque lo es— podría llevarnos al prodigio de que una única mala cerveza de jengibre se venda en todo el mundo gracias a la exclusión y extinción de la buena, o que sobre mil millas cuadradas de la verde tierra de Dios nadie pueda llevar más que un solo tipo de sombrero o poner una sola clase de casa. Como dice el autor en otro artículo del mismo libro, Términos comerciales. Porque los monopolios de su época no están lejanos en sus efectos con los oligopolios de la nuestra. Y no lo están, porque muchas de las medidas políticas y económicas de la UE han conseguido y favorecen la desaparición de multitud de productores incapaces de competir en precio —que no en calidad— con los artículos importados de países de fuera, en demasiados casos más imperfectos. Esos productores son sustituidos por mercaderes, que son los grandes beneficiados y que suelen tener su producción, si también son fabricantes, en naciones con condiciones políticas y sociales deplorables.

El poner los mecheros como ejemplo y título de este artículo es porque son una muestra evidente de lo que no debería ser. Cualquiera que sea consumidor habitual de estos productos habrá observado como desde hace algunos años la calidad es ínfima e independiente del precio. Si uno es fumador, sobre todo de pipa, se encuentra con que los encendedores, caros o baratos, apenas funcionan correctamente más allá de un par de meses. La llama excesivamente pequeña y el mal funcionamiento del sistema de encendido convierten la función propia de los mismos en una utopía. No cabe duda que tal falta de calidad es consecuencia directa de la legislación comunitaria, la económica y la políticamente correcta. Pues los encendedores, en este segundo caso, soportan una legislación ingenuamente preventiva que, al parecer, trata de evitar que los niños puedan provocar un incendio. Pero más parecen reglamentos pensados para disuadir a los fumadores.

Y en el ramo alimentario, por poner otro ejemplo, se pretende dificultar la transparencia informativa sobre el verdadero origen de los productos en conserva. De tal manera que, si la conserva es producida dentro de la Unión, no será necesario indicar en que lugar se ha producido o de cual se ha importado, en contra de la propia legislación comunitariaEl abaratamiento del producto es el único criterio que permite explicar ese tipo de decisión y no es la primera vez que esto ocurre. Lejos de fomentar la transparencia, que es básica en cualquier sistema democrático a todos los niveles, se permite la ocultación con meros fines comerciales.

El excesivo economicismo que anida en todas nuestras instituciones, agravado por la crisis, es el resultado de confundir el bien común con el bienestar económico y de esa perversión no escapan ni la derecha ni la izquierda. Aunque defiendan posturas opuestas, están basadas en lo mismo: en poner por encima de las personas un determinado tipo de sociedad materialista.

Pepe de Brantuas, octubre de 2012, en España.

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Monopolios, oligopolios y demás ralea.


(Monopolies, oligopolies and other ilk.)

…el oligopolio consentido…

Escribió Hayek, D. Federico, que en su época, la primera mitad del siglo XX, el impulso del movimiento hacia el totalitarismo provenía principalmente de los grandes grupos de intereses: el capital organizado y el trabajo organizado. Y eso debido a que las políticas de ambos convergían: lo hacen a través de su común y a menudo concertado apoyo a la organización monopolística de la industria, y esa tendencia es el mayor peligro inmediato.

Él se refería sobre todo a la Gran Bretaña de la postguerra y ponía en comparación esa tendencia con la que había sentado las bases del nazismo en la Alemania previa a la guerra. La creación de monopolios apoyada por los sindicatos permitía una mayor planificación de la economía, pero sus contemporáneos no parecían darse cuenta del peligro que ésta representaba para la democracia y las libertades ciudadanas. Temía, con razón, que después de haber derrotado a Hitler se llegase a parecida situación en las democracias vencedoras.

Hoy los grandes monopolios han ido desapareciendo para ocupar su lugar grandes empresas que, en apariencia, compiten entre sí. En sectores básicos como el del petróleo, la energía eléctrica, las telecomunicaciones o la banca se ha llegado a la creación de oligopolios, fundamentalmente por dos vías: la concesión del sector monopolístico anterior a pocas empresas, o el fomento de las concentraciones empresariales, en aquellos en los cuales había un mayor fraccionamiento y competencia.

Toda esa centralización sectorial redunda en un perjuicio evidente para los consumidores que tienen menos opciones reales donde elegir. Todavía es más dañina cuando en realidad funciona como los antiguos monopolios al pactar sus precios entre las empresas. Pero lo más peligroso es la complacencia de los gobiernos (nacionales o europeo) que fomentan esa situación o la toleran mirando para otra parte.

Para las organizaciones sindicales y patronales mayoritarias este tipo de fusiones les favorecen porque pueden negociar sobre miles de trabajadores a la vez. Lo que no está claro es que eso beneficie a los millones restantes que no pertenecen a esas grandes empresas ni, a largo plazo, a las plantillas de éstas, tal como estamos viendo en esta crisis.

Ya sé que los defensores de los oligopolios dirán que nunca son como el monopolio, pero las evidencias nos muestran que si no forman un verdadero monopolio en lo que se convierten es en un monipodio. Y sino que se lo pregunten a los sufridos usuarios de la banca, de las compañías eléctricas, de las petroleras o de las de telecomunicaciones.

Pepe de Brantuas. Julio de 2012, en España.


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