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La “superstición laicista” y el Ministro del Interior.


Genuine secular hat to the magic of good governance.

Genuine secular hat to the magic of good governance.

Yo les aseguro a ustedes que la supuesta conspiración de extraterrestres para dominar el planeta no me quita el sueño. Me preocuparía si algún grupo político se empeñase en decir que alguno de nuestros ministros (o el gobierno en pleno) era extraterrestre y que teníamos que combatirlo por esa causa. Por la misma razón no entiendo a ateos, agnósticos o laicistas militantes que se molestan porque un personaje público manifiesta sus creencias religiosas (también en público), si ellos no las comparten. Y más que no entender, me preocupa que se empeñen en considerar las creencias de esa persona como perniciosas para el buen gobierno del país.

Ya se imaginarán que me refiero a las declaraciones del Ministro del Interior, el señor Fernández Díaz, en las cuales afirma que Santa Teresa intercede por España en estos tiempos recios. Dicho esto por un ministro católico en la presentación en FITUR de la iniciativa turística Huellas de Santa Teresa, me parece de una coherencia y oportunidad innegables. Cuestión distinta sería si reclamase un escaño del Congreso para la Santa o si manifestara que los proyectos de ley de su departamento los elabora a partir de los escritos de ella, en los cuales habla de las diferentes formas de orar. Eso casi sería equiparable, en peligroso, a los críticos radicales de su discurso en la citada feria de turismo.

Todo este escándalo, farisaico por hipócrita, muestra a las claras que el laicismo no es algo políticamente aséptico, sino un eco deformado y cutre de las creencias religiosas. No es una mera no-creencia, sino una superstición que sostiene que la ignorancia de cualquier religión en la acción política tiene, en sí misma, efectos taumatúrgicos beneficiosos. Es una especie de magia nihilista que, como todas, tiene consecuencias peligrosas si se le hace caso. Cierto que ellos no lo admitirán, pero están al mismo nivel de quienes dan un rodeo para no pasar por debajo de una escalera.

            Pepe de Brantuas. Enero de 2014, en España.

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Autonomías y superstición.


…del amor al odio…

Puede que exista quien le tenga fobia a unos alicates, a una escalera de mano o un taladro eléctrico. Yo he conocido quien se la tiene a las pipas aunque estén apagadas y sin tabaco. Son cosas que no entiendo y que desde mi punto de vista rozan la superstición, pero como decía el torero hay gente pató. Si fuesen seres vivos esas fobias serían más comprensibles pues, al fin y al cabo, podría suponer que de ellos viniese un perjuicio. El peligro que pudiesen tener las cosas inanimadas y artificiales que se utilizan como herramientas solo podría venir de quienes las utilizan. En manos de un loco o de un facineroso hasta el artefacto más inofensivo se vuelve amenazador y no son pocas las agresiones que a lo largo de la historia del crimen se han producido con un simple utensilio.

Las autonomías son en esencia una herramienta jurídica, como los estados, los municipios o, en nuestro país, las diputaciones. Ya sé que hay ideologías que sacralizan al Estado y otras a ciertas diputaciones o a comunidades autónomas poniéndolas a un nivel supra jurídico, como si fuesen organismos vivos, pero en realidad no son más que inventos creados para la organización y el gobierno de las sociedades que viven en el territorio que se les asigna. Y eso es válido para las actuales instituciones como para aquellas que acaso hayan tenido un origen centenario. Como ingenios humanos que son podrán ser mejor o peor diseñados, con mayor o menor eficacia, pero jamás pueden ser malos en sí mismos. Y no pueden serlo, porque eso sería darles la misma entidad que pretenden quienes los convierten erróneamente en algo intangible, vital o sacro.

Hay quienes aspiran a que creamos en la maldad intrínseca de las autonomías y procuran basarse en que la democracia, la libertad y la centralismo político tienen que ir de la mano. El ejemplo, por supuesto, es la Revolución francesa que hizo tabla rasa de cualquier sistema anterior, legal o de gobierno. Pero no es más que un disparate que ya puso de manifiesto en su momento Alexis de Tocqueville cuando escribió en La Democracia en América lo siguiente:

 

“Ha habido, en la Revolución francesa, dos movimientos en sentido contrario que no hay que confundir: uno favorable a la libertad, otro favorable al despotismo.

En la antigua monarquía, el rey sólo hacía la ley. Por encima del poder soberano quedaban algunos restos, semidestruidos, de instituciones provinciales. Esas instituciones eran incoherentes, mal ordenadas y a menudo absurdas. En manos de la aristocracia, habían sido algunas veces instrumentos de opresión.

La revolución se pronunció al mismo tiempo contra la realeza y contra las instituciones provinciales. Confundió en el mismo odio a todo lo que la había precedido, al poder absoluto y a lo que podía atenuar sus rigores: fue a la vez republicana y centralizante.

Este doble carácter de la Revolución francesa fue un hecho en el que se ampararon con gran cuidado los amigos del poder absoluto. Cuando los vemos defender la centralización administrativa, ¿creéis que trabajan en favor del despotismo? De ninguna manera: defienden una de las grandes conquistas de la revolución. De esta manera se puede seguir siendo popular y enemigo de los derechos del pueblo: servidor oculto de la tiranía y amante declarado de la libertad.”

 

Es que en la base de la democracia, al menos de la llamada liberal, está la división de poderes. No solo horizontalmente, en la cúspide de la pirámide, sino también verticalmente, en cierta autonomía legislativa y de gobierno de las entidades inferiores que forman la nación. Y eso es así porque el objetivo principal es impedir el poder absoluto. Lo de menos es si la organización es federal, confederal o autonómica como la nuestra, porque lo importante es que ningún poder tenga en su única mano la capacidad para cualquier decisión. En los sistemas federalistas siempre hubo y hay conflictos, malos funcionamientos y vicios adquiridos. En el nuestro, que es relativamente joven y más caótico seguramente porque es hispano, sabemos ya demasiado bien cuales son sus defectos, aunque desde hace poco parece que para algunos ya no tiene ninguna virtud.

Las perversiones siempre vienen de nosotros, de los seres humanos. Y todos los sistemas políticos, democráticos o no, tienen las suyas propias. Somos capaces de diseñar y poner en uso grandes herramientas, pero también de desviarlas con astucia de su fin bueno a uno perverso. Si no se educa moralmente a los ciudadanos no existe ningún sistema que perdure sin ser corrompido de una forma o de otra. Pero mientras eso no se consigue es absurdo destruir un instrumento útil en vez de reformarlo en aquello que permite más el mal que el bien. Sobre todo si su utilidad principal de evitar el moderno despotismo no ha dejado de ser eficaz todos estos años.

Friedrich A. Hayek, liberal, supo ver muchos de los peligros futuros para la libertad y la democracia. En su obra Camino de Servidumbre nos muestra algunos de ellos y no es el menor la concentración del poder: 

“No podemos reconstruir la civilización a una escala aumentada. No es un accidente que, en conjunto, se encuentre más belleza y dignidad en la vida de las naciones pequeñas y que, entre las grandes, haya más felicidad y contento en la medida en que evitaron la mortal plaga de la centralización. Difícilmente preservaremos la democracia o fomentaremos su desarrollo si todo el poder y la mayoría de las decisiones importantes corresponden a una organización demasiado grande para que el hombre común la pueda comprender o vigilar. En ninguna parte ha funcionado bien, hasta ahora, la democracia sin una gran proporción de autonomía local, que sirve de escuela de entrenamiento político, para el pueblo entero tanto como para sus futuros dirigentes.”

           La superstición en sí misma es contraria a la religión, pero también se opone a la razón. Lanzar anatemas genéricos en contra de las autonomías, sin analizar defectos ni virtudes es majadería supersticiosa o, en el peor de los casos, la eterna estratagema de los totalitarios. Pero también es cierto que obrar de forma contraria como si el sistema fuese intangible, sin mecanismos de reforma, no deja de ser un fetichismo estúpido.

Pepe de Brantuas. Junio de 2012, en España.

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