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La sociedad y la ética como argumento político.


La mayoría de las personas que están preocupadas por la corrupción, o que dicen estarlo, si les preguntáramos por la falta de ética, de moralidad o de honradez en la política se sentirían incómodos pues parecen términos pasados de moda. Más embarazosos se sentirían todavía si afirmásemos que es algo común en la sociedad, demasiado extendido, como para reducirlo solamente a los cargos públicos y a los funcionarios. Y, sin embargo, es realmente así: hay muchas personas honradas, pero también hay demasiada inmoralidad, o amoralidad, en la actuación de otras en sus respectivas profesiones o en su vida social. Aunque algunos lo puedan creer de forma ingenua, los servidores de lo público no nacen en una sociedad aparte de la nuestra, sino que son producto de ella misma. No entraré en una casuística, pero seguro que a todos nos vendrían ejemplos a la mente de la sociedad civil si pensáramos sólo unos minutos.

o todos tenemos algo de responsabilidad...

o todos tenemos algo de responsabilidad…

Con esa cómoda postura de mirar la paja ajena, no es difícil comprender que nos convertimos en terreno abonado para los demagogos. Las posturas regeneradoras o reformistas, que pretenden solucionar el problema, se podrían clasificar en tres grupos. El primero, el más minoritario, es el de quienes están convencidos de que la única forma es comportarnos nosotros mismos con honradez y luego exigir lo propio a quienes nos representan o gobiernan. Es decir, cambiar a la sociedad con el buen hacer y con el ejemplo. El segundo grupo parte de la premisa, o así nos lo cuentan, de que la corrupción está vinculada a determinadas ideologías a o sistemas políticos determinados, y su proyecto es perseguir a esas ideologías y cambiar el sistema presuntamente corruptor o corruptible. El tercer grupo, el pragmático, es el que propone modificar o crear leyes y mecanismos para impedir o, en su caso, perseguir la corrupción política con mayor eficacia.

Yo creo en la solución del primer grupo, pero reconozco que su viabilidad es a largo plazo, por esa razón no estaría de más utilizar también lo que propone el tercero. De hecho, si sólo cambiásemos las leyes el problema nunca se reduciría porque siempre, quienes no creen en ninguna ética, acabarían por encontrar la forma de corromper la eficacia legal. Por otra parte, vincular la corrupción a una ideología o a un sistema político es el argumento preferido de los demagogos. Les evita tener que pensar en soluciones prácticas, que podrían volverse contra ellos, y crea un enemigo virtual en el que centrar la ira o el descontento de quienes están dispuestos a seguirles. Tiene el inconveniente de que cuando es uno de los suyos el corrupto queda en entredicho toda su argumentación, como acabamos de comprobar en España.

Pepe de Brantuas. Noviembre de 2016, en España.

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España asilvestrada.


Los seres humanos no sólo inventamos la civilización para nosotros sino también para ciertos seres que llamamos domesticados —por mucho que les fastidie a los animalistas, que más les fastidiaría a las que antiguamente se llamaba domésticas—. Gatitos y perritos, ganados diversos, reptiles insectívoros, insectos productores de alimentos (o alimentos en sí), con el tiempo, acabaremos por domesticar bacterias, virus —si es que no lo han hecho ya la CIA, la heredera de la KGB o las multinacionales farmacéuticas—, y un sinnúmero de vegetales alimenticios o decorativos. Pero esos animales y plantas cuando vuelven al medio natural, abandonados por el hombre o escapando, nunca vuelven a encajar en él como si nunca fueran domados: se vuelven asilvestrados, arrastrando como vicios lo que antes fueran virtudes.

Madrid, Safari Park en 1973.

Madrid, Safari Park en 1973.

A las sociedades, a los colectivos humanos menores, a las familias les pasa lo mismo en cierta manera cuando olvidan a Dios, cuando dejan de lado la ética y la moral por el todo vale, sobre todo si es un vale económicamente hablando o con una mera utilidad material y efímera cual breve orgasmo. Curiosamente, cuando esto sucede derivan hacia un individualismo egocéntrico, aunque los que hayan fomentado el nuevo rumbo sean colectivistas de pro. La razón es en parte evidente porque, aunque se imponga un socialismo uniforme e igualitario a estilo de Mao, al ser irreal, lo que pervive es el egoísmo por muy disimulado que quede entre las hipócritas proclamas públicas y la capacidad de fingir de los ciudadanos. Tanto el individualismo utópico como el socialismo radical conducen al mismo destino: a una sociedad asilvestrada y, como todo lo asilvestrado, sin respeto por el ser humano.

Hobbes defendía que el hombre era un lobo para el hombre y Rousseau casi lo opuesto, con su bondad del hombre en naturaleza, pero los dos, por excéntricos en sentido estricto, estaban equivocados. Los seres humanos somos capaces, todos y cada uno, de las mayores bondades y de las peores maldades, pero el paso de las primeras a las últimas depende siempre de la actitud, del empeño continuo por no dejarse llevar tontamente hacia el mal como si todo fuese relativo y, sobre todo y previamente, por conocer lo que está bien para nosotros y para cualquiera, y lo que es rechazable por su malignidad. España no es diferente, por mucho que se empeñase el eslogan turístico de la época de Franco; lo que vemos y escuchamos ahora de los resultados electorales, de los discursos de los líderes, de los militantes y simpatizantes de los partidos políticos, con su egolatría, con sus sinrazones proclamadas, con su ceguera facciosa, lo que nos muestran es una España asilvestrada que ha pervertido las viejas virtudes domésticas en vicios casi generalizados.

No sé si habrá un acuerdo para no tener que ir a otras elecciones, pero me temo que la finalidad no vaya mucho más allá de eso y no alcance a lo que verdaderamente es el bien común.

Pepe de Brantuas. Junio de 2016, en España.

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