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14N: El engañoso embrujo de la bonanza.


(14N: The deceptive spell of the bonanza.)

…nos oculta el desastre…

Cuando amaina el temporal y llega la bonanza tenemos una sensación de paz que en muchas ocasiones es falsa. Si nos acercásemos a la costa veríamos en las playas cuerpos muertos de animales, algas arrancadas de los fondos e infinidad de porquerías que han quedado desperdigadas por los arenales. Y todo eso en el caso de que hubiera sido un simple temporal y no un ciclón tropical o una galerna del norte de esas que ahora llaman con pedantería ciclogénesis explosiva. Pues lo mismo ocurre con el día después de una pretendida huelga general, por mucho que no haya alcanzado el nivel de otras anteriores.

Aunque no existiesen esas milicias mercenarias que llaman piquetes informativos ni esos otros grupos incontrolados que, después y como postre, se enfrentan a la policía o recorren las calles destrozando lo que encuentran a su paso, después de una huelga meramente política hay daños ocultos, silenciosos, que actúan con efectos retardados sobre la viabilidad de muchas empresas y, en consecuencia, sobre el número de personas con empleo. La productividad no es una mera excusa que se hayan inventado las asociaciones de empresarios y, sin ser un ídolo al que adorar bobamente, es un hecho que hay que respetar.

Esas pérdidas producidas en el tejido económico de España no las van a pagar directamente los sindicatos y los partidos que convocaron el 14N, sino las empresas perjudicadas, sus trabajadores y todos los ciudadanos, sobre todo en lo que se refiere al sector público. Los dirigentes de esas formaciones no verán mermado ni un euro de sus sueldos ni de sus dietas porque, al fin y al cabo, cuanto mayor sea su éxito tanto peor es nuestra ruina. Y no es que no lo sepan, que lo saben, sino que están contentos de producir esos efectos.

Como no hay tempestades eternas tampoco existen las bonanzas duraderas, pero en las sociedades, quienes las gobiernan están obligados a prevenir lo que previsiblemente volverá a ocurrir. No basta con bajar un poco las subvenciones sindicales si con el resto pueden seguir pagando mamporreros de ocasión y provocando daños por doquier. Se piden avales para infinidad de actividades libres de los ciudadanos, pero jamás a estos organizadores de holganzas públicas con flecos violentos.

Nunca se tendrá oportunidad mejor para legislar una ley orgánica sobre el derecho de huelga. Y si no se hace, tendremos que pensar que aquellos que nos gobiernan tienen algún enfermizo interés en que estas situaciones se repitan una y otra vez en el tiempo.

Pepe de Brantuas. Noviembre de 2012, en España.


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29M: Huelga general o estupidez generalizada.


(General strike, or general stupidity.)

Trabajo, sí...

Desconozco el número de empresas españolas que están boyantes y se pueden permitir un día de huelga de sus empleados. Ignoro si las hay, como ignoro también el número de autónomos que tienen la felicidad de ver que su negocio prospera durante la crisis, que no son acreedores desesperados de ninguna administración ni de la mayoría de sus clientes. Tampoco sé cuantos aguantan, por responsabilidad social y empresarial, de una empresa pequeña o grande con futuro incierto. Pero sí sé que hay de estos y que van cayendo como moscas gracias a la incompetencia pagadora de las administraciones, a la intransigencia doctrinaria de los sindicatos, a la asfixia financiera propiciada por una izquierda ávida de préstamos, que desperdiciaron y desperdician en aventuras horteras, en gastos suntuarios y en llenarse los propios bolsillos. Y los que no son izquierda e hicieron lo propio, que también los hay.

Y todos aquellos, además de los empleados con sentido común que ven peligrar sus puestos de trabajo, observan como los sindicatos llamados de clase y los partidos políticos que los apadrinan ideológicamente, se lanzan a una correría más: una huelga general exclusivamente política. Una huelga que pretende torcer por la fuerza lo que se ha aprobado democráticamente en el parlamento de la nación, y por sobrada mayoría. Y, si eso fuera poco, tienen que escuchar de boca de un sindicalista de sueldo millonario, privilegiado de la RENFE, que el derecho de huelga está por encima del derecho al trabajo, con la insana intención de justificar la violencia de esos comandos urbanos que llaman piquetes. Y lo dice con la autoridad de un augur fanático al cual se le hubiera aparecido una divinidad menor de la mitología clásica. Lo que sería para ellos legitimidad, es para nosotros charlatanería.

No hay sentido. Ni del común, que sería de esperar, ni del racional, menos frecuente, totalmente ausente en los promotores de la algarada y de la holganza general. Por esa sinrazón es necesario acudir a trabajar el 29, ir de compras ese mismo día y procurar convertir esa jornada en una lo más normal posible, si los facinerosos de turno no lo impiden por la fuerza. No importa tanto que al día siguiente presuman o no de haber triunfado, como que los ciudadanos dejemos de comportarnos como borregos ante los políticos necios y ante los sindicatos chupasangre.

Pepe de Brantuas. Marzo de 2012, en España.
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Infalibilidad política y libertad de opinión.


(Political infallibility and freedom of opinion)

Decía Stuart Mill que negarse a oír una opinión, porque se está seguro de que es falsa, equivale a afirmar que la verdad que se posee es la verdad absoluta. Y añadía que toda negativa a una discusión implica una presunción de infalibilidad. Y los presuntuosos infalibles son especie que abunda y cualquiera de nosotros puede en determinado momento pertenecer a ella, aunque sea de forma temporal e individual. Pero la peor de todas es aquella que se ejerce de forma colectiva por táctica política, por prejuicio ideológico o por interés espurio.

La segunda la tenemos estos días muy a la vista en España con las manifestaciones y la convocatoria de huelga general, por parte de gran parte de la izquierda y de los llamados sindicatos de clase. Durante varias décadas los prejuicios ideológicos de éstos han dominado la legislación española, incluso con gobiernos de la derecha. Unas leyes laborales rígidas, en parte heredadas del franquismo y en parte legisladas después, volvieron poco flexible la contratación provocando la inadaptación de nuestra economía a una crisis grave y profunda. El resultado ha sido el mayor número de desempleados de nuestra historia y el más elevado de Europa.

Pues, a pesar de los hechos, sindicatos y partidos de izquierdas, se niegan a aceptar que puedan estar equivocados. Se sienten infalibles y no están dispuestos a concebir otra idea que aquella que dicta su doctrina política. Es más, están dispuestos a imponerla por la fuerza de la coacción social.

La primera forma, la de la táctica política, es la que parece estar siguiendo una parte de la oposición cubana al régimen de Castro. Desde que se anunció la visita del Papa a la isla se opusieron con firmeza a la misma, pues aseguraban que ésta era una forma de respaldar a la dictadura. Como parece ser inevitable, trataron de condicionar la actuación papal exigiendo unos gestos que debería hacer el pontífice de forma obligatoria. Y ahora, por parte de un partido político fundado en Miami, se ha organizado una ocupación de templos católicos que terminó con el desalojo de una iglesia de la Habana y la crítica a las autoridades eclesiásticas.

La tercera sería la campaña que se ha organizado en España contra la asociación Hazte Oír. Desde algunos sectores políticos y de medios de comunicación no se quiere tolerar que una organización ciudadana presione y defienda determinadas ideas. El método en este caso es acusarla de ultraderechista, o de estar vinculada a no se sabe que sospechosos intereses y grupos.

Todas ellas son consecuencia de la presunta infalibilidad que creen poseer los actores mencionados, los cuales sin embargo presumen de defender la libertad, de los trabajadores, del pueblo cubano o de vaya a saber usted quien, según el caso y el lugar.  Pretenden doblegar al que se opone a su visión, pero, como también decía Stuart Mill, siempre hay esperanza cuando las gentes están forzadas a oír las dos partes, cuando tan solo oyen una es cuando los errores se convierten en prejuicios y, la misma verdad, exagerada hasta la falsedad, pierde hasta los propios atributos de ser verdadera.

¿Se enterarán algún día?

Pepe de Brantuas. Marzo de 2012, en España.


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Manifestación y huelga: ¿medios para qué fines?


(Demonstration and strike: means for what purposes?)

 

Decía Aristóteles en su Política que hay dos cosas en las que está el bien para todos: una consiste en poner correctamente la meta y el fin de las acciones, y otra en encontrar las acciones que conducen a su fin. Fines y medios correctos, que unos pueden serlo y los otros no, o ser todos ellos incorrectos o ambos acertados. Y está claro que en esto del paro, de la Reforma Laboral, la huelga general y las manifestaciones, para los sindicatos convocantes todos son adecuados, aunque para la mayoría de los ciudadanos no sea así.

Y si hay esa discordancia entre la élite sindical y el pueblo sufrido y pagador, acaso sea porque los fines difieren entre unos y otros. Para los segundos no cabe duda que el fin al que aspiran es terminar con la lacra del desempleo que, de una forma o de otra, afecta a la mayoría de las familias españolas. Desempleo del cual son principalmente responsables las fuerzas de izquierda y sus sindicatos afines. Y, aunque no simpaticen con ella, la Reforma Laboral aprobada en el Congreso de los Diputados es el único resquicio de esperanza que les queda, precisamente porque es contraria a todo lo hecho por los anteriores responsables. Las manifestaciones y la huelga general carecen de cualquier poder taumatúrgico para provocar un aumento del empleo, y los convocantes no se atreverían a afirmar lo contrario.

Si el fin de los sindicatos no es solucionar el desempleo y sí impedir cualquier reforma laboral, podríamos pensar que en este caso los medios elegidos fuesen correctos. Sobre todo si el verdadero fin no es parar la reforma en sí, sino influir en las convocatorias electorales del presente mes. La Reforma Laboral sería la excusa deseada para poner al Gobierno recién estrenado y al partido que lo sustenta, como enemigos de los ciudadanos. En ese sentido tendría explicación convocar una manifestación el 11M, aniversario de los atentados de Madrid, incomodando de esta forma a una parte importante de la ciudadanía. Sobre todo si desde la mentalidad de los líderes convocantes hay la creencia infundada de que es de derechas preocuparse por las víctimas del terrorismo.

Pero aún en el caso de que los verdaderos fines de los sindicatos fuesen políticos, en defensa de sus intereses económicos y de poder, en apoyo de su ideología y de los partidos que la comparten, quedaría por probar que los medios elegidos por ellos son los correctos. Con las manifestaciones se altera el orden público, de forma pacífica o violenta según cada caso, y se crea el efecto aparente de un rechazo ciudadano que luego puede ser magnificado por los medios de comunicación. Con la huelga general se origina un bloqueo, parcial o total, de la economía del país. El éxito de ésta es tanto mayor cuanto más daño económico produzca en el tejido productivo. En ambos casos solo sirven para poner de evidencia la dimensión destructiva real que tienen las organizaciones que las convocan y su capacidad de movilización. Y por esa razón emplearlas contra un Gobierno que no tiene ni un año de ejercicio, es un riesgo grave para ellos mismos, si fracasan en sus pretensiones.

Los sindicatos necesitan triunfar estos días, pero España necesita que fracasen. Y lo necesita porque es necesario pasar de una vez por todas del doctrinarismo maniqueo de la izquierda a una nueva política de esperanza, ilusión y trabajo. Y eso no se consigue magnificando las pretendidas ofensas, ni creando un ambiente nefasto para la economía y la sociedad.

Pepe de Brantuas. Marzo de 2012, en España.

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