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Una mala película en un mal cine de barrio…


La verdad que no presto demasiada atención a las elecciones catalanas. No es que no me importen, sino que tengo la impresión de estar ante una pésima representación, con guion mediocre y malos actores. Una de tantas que financiamos todos los españoles para que después se rían en nuestra cara los presuntos intelectuales que las dirigen o las representan; los truebas de turno. Además, por mucho que parezca novedad, no es más que un sombrío episodio de una larga serie con final incierto, porque carece del mínimo de lógica para ser coherente.

En blanco y negro, todo es falso...

En blanco y negro, todo es falso…

La postal es de 1938 y fue enviada poco después de ser ocupado el Valle de Arán por las tropas de Franco. Tiene la ternura de las fotos antiguas, pero no cabe duda de que la vida en el valle, como en toda Cataluña, padecía la incomprensión violenta de los dos bandos, pues uno la había ejercido y después comenzaba el otro con no menos tétrico esmero. Y a esa situación se habría llegado en pocos años de ideologías opresoras, nada tolerantes con quien discrepara, aunque solo fuese en apariencia, con la dominadora del momento.

No creo en las repeticiones de la Historia ni en sus vaivenes cíclicos, entre muchas razones porque son imposibles. Cambian las personas y cambian las situaciones sociales, que son lo fundamental, y por tanto muda la Historia. Pero sí creo en las pasiones humanas, en sus más honrosas aspiraciones y sus más abyectas inclinaciones. Y si predominan las segundas no negaré que puedan cometerse crímenes que se parezcan a los del pasado. Las sociedades soportan mal los cambios bruscos que desestabilizan momentos prósperos y tranquilos, y la nuestra no es ninguna excepción.

Cierto que la democracia permite a los pueblos que elijan a sus gobernantes y también, por eso, lleva a suicidios colectivos, como los del siglo pasado, y a algunos del presente en otras latitudes no europeas. Pero, en casi todos esos casos, lo más perjudicial ha sido la pereza intelectual de muchos que permanecieron al margen por una inercia acomodaticia, que no les dejó ir a votar porque se sentían desafectos a cualquier ideología; mucho más perjudicial que quienes votaron efectivamente a los tiranos o a los demagogos de turno.

En la propaganda demagógica siempre hay una vertiente que intenta desmotivar o desmoralizar a quien no le conviene que intervenga. A quien desean que permanezca en casa, al margen de todo el proceso, intentando convencerlo de que nada va a cambiar o que, si lo hace, le favorecerá seguramente. Cuando se controlan muchos medios de comunicación, por servilismo o militancia de sus miembros, no cuesta demasiado difundir esa impresión, llegando incluso a conseguir que algunos de sus oponentes más pertinaces comiencen a pensar que no tienen ninguna posibilidad de cambiar las cosas.

Por supuesto, todo es un espejismo inducido y nada es eterno (el nacionalismo tampoco) si el sentido común de los ciudadanos se sobrepone a la demagogia y a la mediocridad de los políticos. Sentido común del que siempre presumieron los catalanes y que yo deseo que no sea una mera presunción.

Pepe de Brantuas. Septiembre de 2015, en España.

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De lo festivo y pacífico como argumento político.


Argumentos circenses...

Argumentos circenses…

Desde que empezó la mudanza del catalanismo político a secesionismo vulgar, por aquello de que si no me pagas me voy, hemos escuchado más de una vez a sus orates públicos, que no oradores, calificar de pacífica y festiva cualquier cosa que hiciesen con ánimo reivindicador, como si eso le diese aureola democrática y meta-jurídica por encima de lo defendido por sus oponentes. El argumento es bobo, pero ha tenido la consecuencia de hacer mella intelectual en quienes sí tienen la obligación de defender la ley y, por tanto, la única democracia verdadera que ha conocido España en toda su historia.

Ni que decir tiene que en nuestra patria hay cada año miles de actos pacíficos y festivos que no tienen consecuencias políticas ni legales, como tampoco añaden nada a la democracia ni se les puede calificar de democráticos porque también los hay similares en dictaduras, como muchos de ellos hubo en la nuestra. Sobran ejemplos de lo pacífico y festivo en cualquier tiranía de medio pelo, como en aquellos regímenes totalitarios por todos conocidos para ser tan necio de dar a esos adjetivos el carácter sustantivo que pretende el secesionismo catalanista.

Pacífica y festiva es la acción del hábil carterista que te hurta la cartera en una verbena, como la de esos corruptos que todos estamos conociendo que se gastaban en mariscadas el dinero para los parados o pagaban en burdeles con tarjetas opacas y con dinero público sus viajes de placer. La consecuencia jurídica de estas acciones no puede ser el aplaudirles la ganancia y darles más capital para que se lo gasten lúdica y serenamente, sino el de juzgarlos y condenarlos por haberse saltado la ley y haber robado a todos. Lo del 9N, pues igual, porque con dinero público y de forma ilegal organizaron su fiesta pacífica.

La Democracia, gracias a Dios, permite muchas más manifestaciones ciudadanas que las dictaduras y también tolera aquellas de que quienes son sus enemigos declarados u ocultos, siempre que se desarrollen dentro de la ley, pero eso no les concede ni un gramo de legitimidad democrática a esas acciones ni a las ideas de quienes las urden.

Qué aquellos —gobierno y oposición— que tienen la responsabilidad de defender las libertades y la ley se dejen influenciar por lo pacífico y festivo como si fuese un argumento válido para dar legitimidad a lo ilegal, ofreciendo el oro y el moro a los presuntos delincuentes, no deja de ser una muestra más de hipocresía, de falta de principios y de incapacidad para estar a la altura de los ciudadanos que les han elegido.

Pepe de Brantuas. Noviembre de 2014, en España.

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