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Verdad, libertad y revuelta.


¿La fuente de la eterna juventud o ansia de vida eterna?

¿La fuente de la eterna juventud o ansia de vida eterna?

Escribió Hannanh Arendt, en Entre el pasado y el futuro:

los sistemas totalitarios procuran demostrar que la acción puede basarse en cualquier hipótesis y que, en el curso de una acción de dirección coherente, la hipótesis particular se convertirá en verdadera, se convertirá en realidad presente, concreta. La hipótesis que subyace a la acción coherente puede ser tan demencial como se quiera; siempre terminará por producir hechos que son <objetivamente> verdaderos.

Por supuesto, la coherencia de la acción sería, exclusivamente, con la disparatada hipótesis.

Esto, que es el devenir extremo del relativismo, tiene en política consecuencias nefastas. La acción de este tipo, en la que se pre enjuicia la moralidad de determinada hipótesis y después se aplica por medio de la propaganda, de la Ley o de la fuerza, se ha convertido durante décadas en el modo de actuar de gobiernos no totalitarios. Han hurtado, o tomado prestado, de aquellos sistemas que lo son esencia, una forma de acción que se aleja un infinito de lo que debe ser aquella que busca el bien común o, en su defecto, el interés general. Ambos, estos últimos, basados en la realidad presente.

Lo que vulgarmente se llama políticamente correcto es una versión de esta forma de actuar. Lo de menos es el origen de la presunta moralidad de las hipótesis originarias que le dan esa coherencia interna, porque el hecho de imponerlas a la sociedad al margen de la convicción que ésta tenga, de la experiencia milenaria o centenaria que avala la moralidad pre existente o, lo que es más grave, aparte de la realidad social que mostraría lo absurdo de esas nuevas hipótesis, se pretende eliminar cualquier oposición a los nuevos dogmas.

Que los pueblos pueden no ser conscientes inicialmente de todas esas anormalidades impuestas desde el poder o de las consecuencias catastróficas que producen a medio o largo plazo, es algo evidente. Pero también es cierto que siempre se acaba por ver la luz, siempre llega el hartazgo, siempre, tarde o temprano, una mayoría de la sociedad reacciona contra esas imposiciones. La forma de la reacción puede variar desde el abstencionismo generalizado hasta las actitudes violentas; de la resistencia pasiva a la revuelta social. Pero siempre se produce.

Que en muchos casos los ciudadanos no sepan el origen de lo que rechazan o de lo que les hace luchar, o que según las diferentes sociedades sean también diferentes los fines perseguidos, no enturbia el hecho mismo, pues habría que estudiar a qué tipo de opresión ha estado sometida esa comunidad; a qué tipo de mentira reiterada ha tenido que servir durante años o décadas ese pueblo. Las revueltas y las revoluciones, aunque no sean muy violentas, siempre se muestran en sus consecuencias. Y una de ellas es la respuesta de los totalitarios: controlar o dirigir Internet, controlar o dirigir a los disconformes, según el caso.

El hecho de que hoy se estén produciendo tantas situaciones en tantos lugares, lo que enseña es que la globalización de la comunicación y de la información está estimulando que el hartazgo ciudadano se extienda en la sociedad global, porque razones sobran en cualquier parte para estar insatisfechos con esos modos totalitarios que no distinguen entre regímenes, entre gobiernos o entre partidos políticos. Porque la naturaleza humana es, a la postre, igual en todas partes. El amor a la verdad y a la libertad no ha dejado nunca de estar en nuestro corazón, aunque estuviésemos adormecidos por la comodidad, cegados por el relativismo u oprimidos por la tiranía.

Lo que no podemos saber si de toda esa reacción saldrá un mundo más verdadero y más libre. Seguramente dependerá de nosotros los ciudadanos; de cada uno de nosotros.

Pepe de Brantuas. Abril de 2014, en España.

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¿Indignados o insatisfechos?


qué es lo primero.

qué es lo primero…

Cuando Vicente Risco publicó aquello de Nosotros, los inadaptados[i], como explicación (personal y de grupo) del paso de unos introvertidos al galleguismo activo, fue vituperado por sus antiguos compañeros, que no se sentían identificados en su ensayo. Pero eso no le quita ni un gramo de calidad a su escrito, tanto desde el punto de vista literario como desde el sociológico. Uno de sus párrafos puede servir como resumen ocasional de todo el texto:

Ya dije como peregrinamos por las cosmogonías, por las metafísicas y por las estéticas. Pues bien, como aquel inglés de Chesterton que, después de muchos viajes por el mundo, encontró una tierra desconocida que resultó ser a fin de cuentas la Gran Bretaña, igual nos pasó a nosotros. Después de tantas vueltas y revueltas, después de tantos virajes y periplos por las lejanías del espacio y del tiempo, en busca de algo inédito que nos salvara de lo habitual y vulgar, vinimos a dar en el sorprendente descubrimiento de que Galicia, nuestra tierra, oculta a nuestra mirada por un espeso estrato de cultura ajena, falsa y ruin, vulgar y filistea, nos ofrecía un mundo tan extenso, tan nuevo, tan inédito, tan desconocido como los que andábamos a buscar por ahí adelante.

Dejando a un lado la veracidad o acierto del autor y de sus críticos, lo cierto es que aquellos comienzos del siglo XX eran complicados y revueltos a todos los niveles, aunque (por el breve espacio de una década) permaneciesen ocultos para muchos durante los felices veinte. La génesis del socialismo práctico (marxista o de tipo nazi o fascista) se dio precisamente en aquellos años, con las terribles consecuencias que todos conocemos. Y, al margen de la juventud comprometida con esos movimientos, si había una minoría insatisfecha que los consideraba tan filisteos y vulgares como podían ser todos sus opuestos conservadores, tradicionales y liberales. Ellos no podían haber vivido el fracaso del totalitarismo (moral, económico, social, ideológico), pero acaso tampoco lo sospechaban: simplemente lo despreciaban como todo lo demás. Solo en un momento determinado, alejando un poco su mirada de ellos mismos y de su individualismo (en palabras del autor) hacia el entorno más inmediato, descubrieron a su tierra y a sus gentes como aquello que estaban buscando espiritualmente. Se podría decir que descubrieron a su prójimo.

Hoy, un siglo después, el mundo hierve de nuevo y la juventud (la sociedad, por contagio) es protagonista en muchas partes. La Primavera Árabe, el 15M, México, Ucrania, Venezuela, Tailandia, muestran la insatisfacción de millones de personas con la sociedad en la que viven y su búsqueda de algo mejor, más auténtico. Y me atrevería a incluir las multitudinarias concentraciones (paralelas y no necesariamente opuestas) de las católicas Jornadas Mundiales de la Juventud, en lo que tienen de generosa búsqueda de un mundo mejor. No creo que estén reñidas unas con otras, ni tampoco que sean idénticas, pero hay el elemento común de la insatisfacción individual que se vuelve solidaria con quienes la rodean. Y si han disminuido o fracasado (como en el caso del 15M o de la Primavera Árabe) se debe posiblemente al hecho de que grupos ideológicos o religiosos han intentado aprovechar la marea de descontento para conseguir sus fines: la imposición de ideas fracasadas, trasnochadas y tiránicas.

Que el ansia de libertad y la continuada insatisfacción generen una respuesta activa no es, en sí misma, una mala noticia. La corrupción y la hipocresía de los gobernantes, que predican una cosa y hacen la opuesta, convierte la insatisfacción en indignación. La indignación muda en ira y violencia, en muchos casos a consecuencia de la respuesta violenta que reciben los insatisfechos. En otros, procede de la violencia implícita de la sociedad en la que viven, que desprecia a los más débiles, a los más pobres, a los más ignorantes, a los más honrados, y da una legitimidad aparente a los ciudadanos para poder emplearla en cualquier reclamación fundada. Pero la violencia no es mera indignación, como ésta tampoco es mera insatisfacción. Son cosas diferentes, aunque se encadenen y puedan ir juntas.

No tengo un conocimiento particular de cada caso para afirmar con rotundidad que la insatisfacción prende en muchas sociedades del mundo y genera revueltas, pero estos próximos años saldremos seguramente de dudas, en parte, porque el argumento de autoridad está cada vez más desprestigiado y solo el ejemplo y la honradez de quienes detentan el poder puede convencer a una humanidad cada vez más descreída en paraísos mundanos y utopías ideológicas. Otra cosa es que los poderosos estén dispuestos a ceder a los ciudadanos su potente protagonismo, ya que parecen querer abarcarlo todo y en todas partes: quieren ser omnipotentes. Pero yo confío en aquel viejo refrán español que dice que quien mucho abarca, poco aprieta y, por supuesto, en ese volcarse hacia quienes nos rodean, que pueden estar tan necesitados o más que nosotros, en infinidad de aspectos.

Pepe de Brantuas. Marzo de 2014, en España.


[i] Vicente Risco. Nos, os inadaptados. 1933

 

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