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Malhaya quien lo consiente…


                                                           Haz la cuenta conmigo, doctorcillo:

                                                           ¿para quitarme un mal, me das mil males?

                                                           ¿Estudias medicina o Peralvillo?

                                                                                              Francisco de Quevedo

Lejos está Medicina...

Lejos está Medicina…

Sabido es que Quevedo no se retrajo en absoluto en poner en verso o en prosa lo que pensaba de muchos médicos de su época y así dice en su Sueño del Juicio Final: Divertiome desto un gran ruido, que por la orilla de un río adelante venía gente en cantidad tras un médico (que después supe lo que era en la sentencia). Eran hombres que había despachado sin razón antes de tiempo... Y me pregunto yo cuantos detrás, si así fuera, llevarían todos estos de la OMC y los que ejercen las interrupciones del embarazo a medida del cliente, que ya no es cuestión médica, sino industria de la muerte: por cientos de millones se cuentan los despachados antes de tiempo en el vientre de sus madres.

Pero, aunque Medicina no sea ciencia de las exactas ni de las puramente científicas, desde hace milenios supo bien lo que era aborto y no lo disfrazó con palabras huecas, sino que negó que tal artificio macabro tuviese nada que ver con el arte de curar. Y aún hoy, el código de los presuntos médicos colegiados defiende la vida desde la concepción, aunque estos redactores hayan torcido palabras y hasta la lógica para amparar crímenes (que lo son, si no en la ley escrita si en el sentido común de los mortales). Que llamar interrupción lo que es evidente destrucción, y adjetivar de voluntario cuando la víctima no puede expresar su voluntad de vivir más que en el ansia de alimentarse y seguir su desarrollo, no es más que un sinsentido lógico a medida de los ejecutores.

Dios nos libre de tal corte de matasanos y peores escribanos, que en su escrito cómplice bien merecen otros versos del mismo poeta:

Que el que escribe sus razones

algo de razón se aleje,

y que escribiendo se deje

la verdad entre renglones:

que por un par de doblones

canonice al delincuente:

Malhaya quien lo consiente.

Pepe de Brantuas. Febrero de 2014, en España.

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Las novias de la Muerte…


De la luz a la oscuridad...

De la luz a la oscuridad…

No, no me refiero a las legionarias, si es que ellas se llaman así. Me refiero a esas mujeres aburguesadas, en el peor de los sentidos, que con argumentos sentimentales (sinceros o no) ven a la muerte como única solución para determinados problemas. Sean estos el dolor, el sufrimiento, la incomodidad o la inconveniencia, lo cierto es que siempre buscan la respuesta terminal, la definitiva, la solución final: matar al sujeto activo o pasivo. Aborto y eutanasia, adornados de una falsa aureola de libertad, de hipócrita bondad, de falsa legitimidad, son lo que defienden, promueven o legislan. Ni las moiras perseguían a los inocentes, pero estas señoras no tienen inconveniente alguno en procurar su muerte, se encuentren éstos en el vientre de sus madres o en la cama de un hospital.

Hoy pude leer el artículo de la periodista Carme Chaparro en The Objective, titulado Cuando un niño debe morir, y me asombra el cúmulo de sinrazones para aplaudir la eutanasia infantil en Bélgica. Que diga que no tiene la autoridad ni la experiencia para discutir sobre el tema, sería creíble si no hubiese escrito el artículo, pero ni así sería admisible que su presunta incapacidad la extienda a la totalidad del género humano. Después nos cuenta un caso particular del sufrimiento de otra mujer, llamada Pilar, en los últimos días de su vida, pero lo más curioso es que lo que nos relata es el sufrimiento de quienes la rodeaban, los que deseaban su muerte, ¿para qué no sufriera ella o para no sufrir ellos?

Si no tuviéramos el precedente de la Alemania del siglo pasado (donde se usó ese mismo sentimentalismo para aprobar un decreto para la eutanasia y comenzar así una carrera de extermino, con aquello de debemos conceder a los enfermos incurables el derecho a una muerte sin dolor) estaría más justificado creer en esos falsos argumentos que esconden, tras el sufrimiento ajeno, la incomodidad de cuidar, soportar, paliar el dolor o consolar a quienes padecen. El eufemismo de muerte digna oculta la ignorancia de la verdadera dignidad humana, que está por encima de la enfermedad, del dolor y de la muerte. Para los defensores de la eutanasia la forma digna de morir es la que no moleste, la que produzca menos gastos, la que genere menos lágrimas. Por eso, donde se aprueba la eutanasia se producen tantas artimañas para poder burlar la ley y conseguir así matar a quien les estorba.

Carme Chaparro podrá decir, sin vergüenza alguna, que el amor es saber desprenderse a tiempo de nuestros seres queridos para evitarles sufrimientos inútiles. Incluso a los niños. Pero el amor no es la comodidad de los sentimientos, sino el saberse tragar la propia incomodidad y dolor para apoyar a los seres queridos hasta el final, sin quitarlos de en medio apresuradamente y con todas las garantías legales. Lo otro, la eutanasia que defiende, sí que es morir como animales, a los que se remata para que no sufran.

Pepe de Brantuas. Febrero de 2014, en España.

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