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De victorias pírricas, derrotismo, rabietas y chulerías varias


El resultado electoral es el que es y las personas se retratan después del recuento como lo que son. No los partidos ni las ideas, sino las personas. Desde quien esperaba un cambio más radical y se siente deprimido porque le parece poco lo que han conseguido los suyos, pasando por el que presume de una victoria que todavía no es, porque tendrá que tragarse muchos sapos para pactar y conseguir su objetivo, o por aquel que veía en la mayoría contraria un secuestro de la democracia demostrando que está orgulloso de ser el nuevo secuestrador, hasta el de la rabieta infantil, que ve tirados en la basura todos los votos que no le han dado y han hecho menguar sus privilegios. No faltan los que felicitan al más votado desde su lejanía política, pero entre tanto exabrupto, lloriqueo y pataleta casi no se les escucha.

La resaca electoral

La resaca electoral

No he tenido la suerte de que hayan salido elegidos en mi provincia ninguno de los candidatos de los dos partidos a los que he votado, pero no veo mi voto en papelera como no lo vi cuando vote en blanco. Eso solo lo sentí cuando el partido que yo había votado, después de triunfar en casi todos los ámbitos políticos, se rio de mí y de muchos de los que le habíamos votado para pasarse su propio programa por la entrepierna. Ellos creían que todos éramos unos tontos, unos pardillos que les volveríamos a votar por miedo o por mimetismo, pero los tontos son ellos. Había y hay mucho en juego, cierto, pero cada vez está más claro que los partidos antiguos son incapaces de conectar con sus votantes, de entender sus errores y de cambiar para bien. Hoy lo han demostrado con una patética reunión en la cumbre, en la que la ira y el miedo les han cegado. Allá ellos, porque el pueblo manda y en menos de un mes hay nuevas elecciones.

No sé todavía a quien votaré. En las europeas, si encuentro alguno que defienda el derecho a la vida y la libertad de expresión, sin censura previa en Internet, podrá contar con mi voto. Las municipales son otra cosa y lo importante es que ocupe la silla de alcalde el menos majadero, porque los manicomios están cerrados y abundan los concejales iluminados por doquier.

¡Que Dios nos guíe a todos!

Pepe de Brantuas. Abril de 2019, en España.

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No he de callar…


No he de callar, por más que con el dedo/ ya tocando la boca, o ya la frente,/ silencio avises, o amenaces miedo. Cuando Francisco de Quevedo iniciaba su famoso poema con esos versos no se lo decía a cualquiera, sino al hombre más poderoso de la España de su época, al valido del Rey, al Conde Duque de Olivares. No era una Cifuentes cualquiera ni presumía de liberal con la diestra cuando daba el mazazo del tirano con la siniestra. Era puro ejecutivo, legislativo y judicial, todo en uno, en la forma que sueña conseguir el Pablo Iglesias, acaso el Pedro Sánchez y no me extrañaría que el mismísimo Albert Rivera, dogmáticos vergonzantes con careta de demócratas. Ante su poder unificado palidece, por mucho que aparente, esa actual unión de circunstancias de los tres poderes en Madrid, de acuerdo o en comandita, para perseguir la libertad de expresión del disidente, con una parte de lo que antaño fue cuarto poder y ahora no va más allá de propagandistas de los políticos.

Estos son derechos humanos…

Si él no callaba, y el enemigo era peligroso, ¿por qué habríamos de callar nosotros? Hoy se juntan para perjudicar o para perseguir a la mayoría ciudadana —aunque una parte esté tan ignorante de su suerte y la de sus hijos —, para favorecer a una minoría que vive a costa de los homosexuales y de otros que tienen pretensiones y deseos imposibles, cual es querer ser lo que no pueden ser. Porque, no se engañen, no defienden ellos a los machiegos y mujeriegas oprimidas ni a los transgénero, sino a quienes viven a cuenta de ellos o que esperan forrarse gracias a las nuevas leyes. Defienden a los que desean que los niños sean sus juguetes sexuales, sus entes experimentales, sus cobayas humanas para la ingeniería social que pretenden. Y todo porque unos sesudos maltusianos de sabe Dios dónde, con poder y con dinero, han decidido lo que el mundo debe ser según sus ideas, sus perversiones o sus caprichos…

Aprietan duro y aprietan mucho; les urge ese último asalto a la Infancia, superviviente de sus leyes de control de natalidad y de aborto. Y acaso les urge porque no ven un futuro halagador, sino la posibilidad de perder todo lo que habían conseguido durante décadas. Cada vez hay más oposición en el mundo a sus políticas homicidas y corruptoras, incluso naciones poderosas que podrían unirse en su contra. Y no parecen saber aquello que advirtió también Quevedo en otro de sus poemas: Tu ya, ¡oh ministro!, afirma tu cuidado/ en no injuriar al mísero y al fuerte; cuando les quites oro y plata advierte/ que les dejas el hierro acicalado./ Dejas espada y lanza al desdichado, y poder y razón para vencerte;/ no sabe pueblo ayuno temer muerte; armas quedan al pueblo despojado./ Quien ve su perdición cierta, aborrece, más que su perdición, la causa della;/ y ésta, no aquella, es más quien le enfurece. /Arma su desnudez y su querella/ con desesperación, cuando le ofrece/ venganza del rigor quien le atropella.

¿Y acaso hay mayor oro y plata que nuestros niños, como para no enfurecerse?

Pepe de Brantuas. Marzo de 2017, en España.

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