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El sentimentalismo no tiene nada que ver con la ternura.


Oculta a veces gran crueldad. Cuando se provoca para manipular a las personas, se quiere anular su inteligencia. Recurrir al sentimentalismo para promover la Eutanasia oculta el desprecio por quienes la sufren, la comodidad de aquellos que no están dispuestos a cuidar a un enfermo terminal, a un hijo deforme o discapacitado, a un anciano senil. Buscan crear en las personas el desasosiego que les lleve a creer que eso es lo que desearían sus víctimas, porque víctimas son de su complacencia sentimental, de la crueldad de los que sólo ven ventajas materiales, económicas, en la muerte de los débiles.

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Mienten…


Mienten cuando condenan la violencia. Si no protegen a los más débiles, los no nacidos, los discapacitados, los enfermos, los ancianos, creando una “violencia institucional” contra ellos, no se puede creer en su rechazo a la guerra, al terrorismo, al mal trato y a los crímenes contra la mujer, porque son ellos mismos, sus políticas y leyes quienes fomentan el desprecio de la vida humana y generan lo que dicen condenar. Además, si justifican infinidad de crímenes achacándolos a la injusticia social, cómo no ven que su injusticia es la peor al no proteger la vida de los más indefensos.

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Orgullosos e incapaces…


No son nuestras Cortes precisamente un modelo de diálogo parlamentario, dados los vicios creados con su funcionamiento desde 1978 y el control excesivo de los diputados y senadores por parte de los partidos políticos. Pero lo cierto es que es el lugar donde el discurso y la razón deben solucionar los problemas públicos —los privados deberían dejárnoslos a los ciudadanos—, donde el diálogo de hombres libres debe superar a la violencia animal. Hannah Arendt escribió que Marx estaba en su derecho de no ser consciente de la íntima relación entre discurso y libertad tal como la conocemos por la doble faz de la afirmación de Aristóteles: que un hombre libre es un miembro de una polis y que los miembros de una polis se distinguen de los bárbaros por la facultad del discurso. También están en su derecho los seguidores de Marx, confesos o vergonzantes, cuando dan más importancia a la acción en las calles que al parlamentar, y no nos debería extrañar que fuese eso lo que propugnan y organizan.

facciosos entre el negro y el rojo...

facciosos entre el negro y el rojo…

Pero ciertamente no debería ser sólo en sede parlamentaria donde se pudiera hablar y discutir con respeto, pues la universidad fue desde su orígen el lugar privilegiado donde el uso de la razón y el debate gozaron de libertad, mucho antes de que los parlamentos modernos consagrasen esa libertad en las democracias liberales. Sin embargo el devenir corrupto de las universidades públicas, que consiste sobre todo en su sectarización y, por tanto, en el alejamiento de sus fines, ha dado como resultado espectáculos de boicot a todo discurso ajeno a las facciones que consideran a esos centros públicos como reductos ideológicos dogmáticos que ellos deben preservar puros. Ahora pasó con Felipe González y con Cebrián, pero ya había ocurrido antes con otras personas y nadie puso los medios para que tal cosa no volviera a suceder en un centro público financiado con el dinero plural de todos los ciudadanos. Mucho me temo que ahora tampoco se hará nada para evitar esas situaciones en el futuro…

Por otro lado, lo que más llama la atención es la defensa que hacen algunos de la actuación de los boicoteadores, incluso calificándola de calidad democrática  y pretender así que es lo contrario a la sumisión. Entre una cosa y la otra están el respeto y la tolerancia, que no niegan el derecho a discrepar, a la crítica y a expresar las propias ideas. Quienes tal argumento usan muestran su propia incapacidad para el diálogo democrático y racional: todo lo que hay entre aplaudir a su ídolo político y denostar al contrario, simplemente se les vuelve imposible, inalcanzable, intangible. Serían considerados bárbaros en la Atenas de Aristóteles, por contraposición a ciudadanos racionales y libres. Hoy día, como poco, son tan orgullosos de su propia impotencia discursiva como eran los bárbaros de antaño…

Pepe de Brantuas. Octubre de 2016, en España.

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Cuando lo “nuevo” pronto se pudre…


No hablo sólo de política, que también. Pero vivimos unos tiempos borrascosos en los cuales se trata de vendernos a toda costa mercancías caducadas (algunas hace siglos) como si fueran frescas, lozanas, luminosas como la primavera, pero que, como las frutas de mala calidad, llevan dentro su vieja podredumbre y nunca pasan por el estado de maduras: de verde a putrefacto en un soplo. A veces las compramos, invertimos en un nuevo periódico, votamos a un nuevo partido, adquirimos un nuevo coche…, y al poco tiempo la putrefacción aparece dejando lo nuevo más vetusto que los cuentos de Calleja en edición original comida por carcoma.

lo viejo, en vía muerta...

lo viejo, en vía muerta…

Esa afición burguesa (que no liberal, ya que el socialismo se apunta también) a poner en alza una moral de burdel, presuntamente muy republicana, que hizo escribir a Castelao aquello de que los viejos republicanos sólo presumían de no ir a misa y parecían meros representantes del diablo, vuelve en esta España nuestra con cíclica pertinacia y con añadidos cada vez más retrógrados: el aborto, que ya se estilaba en la antigüedad pagana, la eutanasia, ese ejercicio tan de la vieja Esparta, y una devoción cuasi religiosa hacia el sexo y cualquiera de sus aberraciones, aunque seguro que éstas habrían espantado a las prostitutas sagradas, que no santas, que cuenta Herodoto que había en el templo de Isthar en Babilonia.

Y todo esto, aderezado a veces con ideologías nefastas y caducas (como el marxismo) es lo que se quiere que compremos a toda costa, sin rechistar, como si nos estuvieran ofreciendo el agua de la fuente de la eterna juventud. Que el medio se llame El Español, La Sexta, Rebelión, etc., o que el partido se llame Podemos, Ciudadanos, Izquierda Unida, etc., es lo de menos. El hecho, en el fondo es el mismo: vender mercancía vieja y podrida como si fuese la última novedad del mercado, la calidad suprema, el no va más de la modernidad. Claro que siempre podemos vender las acciones, no votarles, anular las suscripción o de dejar de ver sus programas, pero eso no les molesta demasiado. Lo que de verdad les molesta es que les llevemos la contraria.

Y en eso estamos.

Pepe de Brantuas. Mayo de 2016, en España.

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