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Nunca hubo dos Españas.


Posiblemente nunca las habrá. Había y hay fanáticos de derechas, fanáticos de izquierdas y personas normales que votan o apoyan a quienes les parece. Si los últimos son mayoría hay paz, si predominan los otros grupos no la hay.
España es una, pero oscila entre épocas en que domina la anormalidad y la violencia, y otras en que abunda la gente de paz. Sólo en estas últimas es cuando la hispanidad, como virtud colectiva, es fructífera y creativa aunque parezca inexistente.
Lo otro se corresponde con ensueños de poetas o con tácticas de separadores sociales y políticos de mente estrecha.

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La paz sin vencedores ni vencidos…


(Peace without winners or losers…)

sin sentido…

Que se sepa, una paz sin vencedores ni vencidos es un contrasentido, salvo que se esté hablando de los muertos de un camposanto, donde todos alimentan gusanos. Y da igual que lo diga el prelado de Bilbao, monseñor Uriarte, porque, entre otras razones, los obispos no hablan ex cátedra; menos si no comulgan con sus diócesis vecinas ni su discurso es doctrinal, sino de política mundana. Y no creo que los que defienden este tipo de paz estén pensando en la de los muertos, pues sería un disparate. Pero hay otras perspectivas a tener en cuenta.

Desde el nacionalismo vasco siempre se ha planteado el terrorismo de ETA como una guerra contra el estado español. Incluso hablar de vencedores y vencidos es una cierta forma de mantenerse en el mismo discurso. Sin embargo, habría que buscar mucho en el pasado para encontrar una contienda armada que deviniese en la paz, sin haber ganado o perdido ningún bando. Y es que no la hay. Encontramos soluciones pasajeras por el agotamiento de los contendientes o armisticios, como en 1918,  que desgraciadamente solo fue un apaño para prepararse para una mucho peor.  Que sea precisamente el bando que siempre planteó los asesinatos y atentados como un conflicto armado, el que ahora no quiere que existan vencedores ni vencidos, es pura incoherencia o táctica interesada.

Además, en un esquema de asesinos terroristas y víctimas, el que siempre ha sido y el único que quedaría si no admitimos vencedores ni vencidos, no se entiende la paz sin la justicia. Solo puede haber una verdadera paz si los criminales son juzgados y condenados según la ley, si cumplen sus penas hasta donde ésta dicta y si reparan los daños físicos y morales de todos los perjudicados por los crímenes. Pero tampoco es éste el proyecto que desean los nacionalistas y sus socios de ocasión. No cabe duda que su estrategia no les permite llamar asesinos a los familiares de los muertos y heridos por la banda, por mucho que algún fanático a nivel de base lo haga. Su solución es ampliar el campo de las víctimas a los propios terroristas y a sus familiares: todos serían víctimas, pero no existirían culpables. De esa forma no sería necesario aceptar vencedores ni vencidos, porque el mal habría llegado de algún lugar innombrable, acaso causado por un enloquecido dios Wotan que hubiese hecho estragos en ambas partes… El absurdo creo que es evidente y además provocaría una injusticia social.

En tercer lugar, desde un punto de vista cristiano sí que se puede hablar de arrepentimiento, de perdón, de misericordia, pero tampoco al margen de la justicia y de la obligación de reparar. La justicia divina no está reñida con la misericordia, sino estábamos apañados la mayoría, obispos incluidos. Y ésta no se halla por encima de la primera sino que va unida a ella. La misericordia de Dios no lo convierte a El en injusto, sino que complementa de forma perfecta su justicia. Ese debe ser el objetivo a imitar por un cristiano, más aún si es el pastor de una diócesis, y no propugnar desde el púlpito mediático un disparate político, una incoherencia y una injusticia social.

Ante tanto desatino interesado, sería bueno que el Gobierno aclarase de una vez que aquí no hay vencedores ni vencidos, sino víctimas y asesinos terroristas. Y que la solución no puede dejar de lado a la justicia.

Pepe de Brantuas. Mayo de 2012, en España.

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El pozo del olvido.


 (The pit of oblivion.)

O convertir a delincuentes en héroes.

El verdadero Pozo del Olvido es ese lugar imaginario donde los políticos desean que echemos todos lo recuerdos que a ellos les molestan. Son capaces, sin duda, de llamar Memoria Histórica a la amputación del pasado en dos mitades: la mitad que estiman, para jalearla, la otra mitad, al pozo. Si les hiciéramos caso nuestro pasado se volvería incomprensible, a la par de huero y propagandístico. Lo hemos visto en estos años. Pero lo que más molesta es que lo revistan de democracia o de consenso, por mucho que haya sido durante los carnavales.

Que cada bando tiene sus bandidos lo sabemos de sobra; que se los restrieguen unos a los otros con pertinaz empeño, no nos extraña, pero que les cuelguen medallas inmerecidas a simples delincuentes raya en la estupidez colectiva. Qué tengamos que soportar a un Don Santiago Carrillo porque se aferró a la democracia después de 1975, vale, fue por un bien mayor: la paz colectiva y la primera constitución plural y democrática que hemos tenido en España. Pero que nos lo quieran vender como un héroe y un luchador por la libertad, es una burla y un desprecio a la razón.

Pero el caso del señor Carrillo y el de la Memoria Histórica son sectarios en esencia, por proceder de una parte del espectro político, pero ahora estamos a punto de ser conminados a olvidar, con la presión incomprensible de la mayoría aplastante de nuestros presuntos representantes en Las Cortes. Que la ETA es un grupo terrorista lo sabe todo español que tenga uso de razón. Que sus acciones fueron crímenes y no heroicidades, también. Sin embargo, a pesar de ser esa banda una sección muy pequeña de la sociedad española, ha ido aglutinando en su favor a diferentes grupos políticos: primero a los nacionalistas, después a los comunistas, más tarde a los socialistas y ahora, como guinda del pastel, a los propios populares.

No seré yo quien niegue que el grado de favor que se le dispensa disminuya de izquierda a derecha, con la noble excepción de UPyD y la interesada de los nacionalistas. Pero favor es, cuando quien tiene la obligación de combatir con la ley en la mano dice que es un problema político y no un asunto policial, y no tiene reparos en negociar con los representantes políticos de los asesinos.

Acaso este gobierno no se ha percatado de que este pozo del olvido, en el cual pretende ocultar los crímenes de la banda —porque se trata de eso—, tiene una tapa de acero y un buen candado: la mayoría de los ciudadanos y las víctimas del terrorismo. ¡Ojalá que no se de cuenta demasiado tarde!

Pepe de Brantuas. Febrero de 2012, en España.

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Jáuregui y la mutabilidad de lo perpetuo.


(Jauregui and the mutability of the perpetual)

La duda

Si hoy viviese Fray Miguel de Alzo desconozco si incluría al ministro Jáuregui en su Filosofía Vasca, pero hay que reconocer que su reciente aportación filosófica en el mítin del día 9, en Vitoria, como poco da que pensar. La presunta reversibilidad de lo definitivo es algo así como la mutabilidad de lo perpetuo,  la incertidumbre de lo concluyente, la temporalidad de lo eterno. Y es que nosotros, pobres maketos, pensábamos que lo definitivo no tenía vuelta atrás, pero según este insigne pensador para que la tregua fuese irreversible debería ganar las elecciones el señor Rubalcaba. Porca miseria, que diría un italiano.

    En el mismo lugar y día, su adlátere y coterráneo el presidente López pedía a voz en grito que el Partido Popular les pidiese perdón por dudar de ellos, los socialistas. No se que opinarán los de ese partido, pero nosotros que dudábamos y dudamos de que realmente fuese perenne la tregua que han pactado con la ETA, tenemos que agradecer al señor Jáuregui que nos permita mantener nuestra incredulidad al manifestar tan claramente que aquella pueda ser reversible cual chaqueta de prestidigitador.

    En nuestra ingenuidad sospechábamos que el mandatario vasco iba a decirles a los terroristas que pidiesen perdón a las víctimas, en tal señalado Día de la Memoria, ya que la víspera se lo dijo a sus incrédulos oponentes políticos. Y es que nosotros, pobres maketos o nativos euskaldunes, tenemos un concepto parecido al del señor Jauregui sobre lo definitiva que pueda ser la tan proclamada paz. Desconocemos los términos tratados en la negociación, que se ve que no son finales, y tampoco sabemos las cáusulas secretas que pueda tener el acuerdo. Acaso una de éstas diga algo así: mientras nosotros gobernemos en España.

    Yo si fuese del Partido Popular tendría la gallardía, verdadadera y propia, de no pedir perdón, al menos mientras no lo hagan aquellos que deberían hacerlo por cuestión mayor. Lo contrario tendría poco de gallardo y mucho de cobardía.

    Pepe de Brantuas. Mes de Difuntos  de 2011, en España.

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