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No he de callar…


No he de callar, por más que con el dedo/ ya tocando la boca, o ya la frente,/ silencio avises, o amenaces miedo. Cuando Francisco de Quevedo iniciaba su famoso poema con esos versos no se lo decía a cualquiera, sino al hombre más poderoso de la España de su época, al valido del Rey, al Conde Duque de Olivares. No era una Cifuentes cualquiera ni presumía de liberal con la diestra cuando daba el mazazo del tirano con la siniestra. Era puro ejecutivo, legislativo y judicial, todo en uno, en la forma que sueña conseguir el Pablo Iglesias, acaso el Pedro Sánchez y no me extrañaría que el mismísimo Albert Rivera, dogmáticos vergonzantes con careta de demócratas. Ante su poder unificado palidece, por mucho que aparente, esa actual unión de circunstancias de los tres poderes en Madrid, de acuerdo o en comandita, para perseguir la libertad de expresión del disidente, con una parte de lo que antaño fue cuarto poder y ahora no va más allá de propagandistas de los políticos.

Estos son derechos humanos…

Si él no callaba, y el enemigo era peligroso, ¿por qué habríamos de callar nosotros? Hoy se juntan para perjudicar o para perseguir a la mayoría ciudadana —aunque una parte esté tan ignorante de su suerte y la de sus hijos —, para favorecer a una minoría que vive a costa de los homosexuales y de otros que tienen pretensiones y deseos imposibles, cual es querer ser lo que no pueden ser. Porque, no se engañen, no defienden ellos a los machiegos y mujeriegas oprimidas ni a los transgénero, sino a quienes viven a cuenta de ellos o que esperan forrarse gracias a las nuevas leyes. Defienden a los que desean que los niños sean sus juguetes sexuales, sus entes experimentales, sus cobayas humanas para la ingeniería social que pretenden. Y todo porque unos sesudos maltusianos de sabe Dios dónde, con poder y con dinero, han decidido lo que el mundo debe ser según sus ideas, sus perversiones o sus caprichos…

Aprietan duro y aprietan mucho; les urge ese último asalto a la Infancia, superviviente de sus leyes de control de natalidad y de aborto. Y acaso les urge porque no ven un futuro halagador, sino la posibilidad de perder todo lo que habían conseguido durante décadas. Cada vez hay más oposición en el mundo a sus políticas homicidas y corruptoras, incluso naciones poderosas que podrían unirse en su contra. Y no parecen saber aquello que advirtió también Quevedo en otro de sus poemas: Tu ya, ¡oh ministro!, afirma tu cuidado/ en no injuriar al mísero y al fuerte; cuando les quites oro y plata advierte/ que les dejas el hierro acicalado./ Dejas espada y lanza al desdichado, y poder y razón para vencerte;/ no sabe pueblo ayuno temer muerte; armas quedan al pueblo despojado./ Quien ve su perdición cierta, aborrece, más que su perdición, la causa della;/ y ésta, no aquella, es más quien le enfurece. /Arma su desnudez y su querella/ con desesperación, cuando le ofrece/ venganza del rigor quien le atropella.

¿Y acaso hay mayor oro y plata que nuestros niños, como para no enfurecerse?

Pepe de Brantuas. Marzo de 2017, en España.

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Corrompe a los niños y destruirás la sociedad.


Que un millonario de Nueva York financie el anuncio de una asociación española induciendo al engaño a los niños podría parecer anecdótico, pero es un plan muy bien meditado y que tiene sus raíces muchos años atrás. Ya en los comienzos de Obama –ese presidente increíblemente adorado por una parte de la casta–, asomaba el intento de corromper a los más jóvenes por todos los métodos, y no dejaba de tener relación con el deseo de despenalizar la pedofilia y, más tarde sin duda, la pederastia. No les bastaba con limitar la procreación o con matarlos en el vientre de sus madres, sino que era necesario embrutecer a quienes sobrevivieran a sus políticas contra la natalidad.

Ellos son el objetivo...

Ellos son el objetivo…

Detrás de todo está ese intento absurdo, ilógico e irreal de tratar de reducir la población del planeta a la décima parte de la actual preservando, eso sí, a minorías blancas, adineradas y presuntamente superiores a todos los demás. Crear un mundo donde una minoría privilegiada puede hacer todo aquello que desea, sea esto moral, inmoral o claramente perverso, a costa de una mayoría que estaría al servicio de sus placeres, sus intereses o sus necesidades. Los lobbies homosexuales, los de la ideología de género y otros similares no son más que los peones títeres para conseguir sus objetivos. Algunos de ellos puede que compartan los motivos últimos de los instigadores, pero en realidad están tirando piedras contra su propio tejado y el tiempo lo demostrará.

Lo más asombroso de toda esta historia de la inducción al suicidio colectivo es la cooperación necesaria de políticos, empresarios y periodistas que supuestamente defienden los derechos humanos y la libertad. Y también el consentimiento bobalicón de una parte importante de la sociedad que parece estar complacida con todo esto porque les han convencido de que es la modernidad, el progreso, cuando en realidad sería el retroceso más grande en la historia de la humanidad si llegase a salir adelante. Esa laxitud generalizada es la principal cómplice del proceso aberrante que esa minoría mundial intenta aplicar en todo el planeta.

Hay sin embargo una buena noticia que es el movimiento a nivel internacional en defensa de la vida, la libertad y el sentido común. Que no está siendo ineficaz lo prueba el hecho de que los defensores de las políticas destructoras de la sociedad humana recurren cada vez más a la violencia, a la imposición legal y a la censura pública de quienes se les oponen, lo que muestra el inicio de su declive, la incapacidad para convertir sus mentiras en verdad y la imposibilidad de esconder su maldad por mucho tiempo.

Pepe de Brantuas. Enero de 2017, en España.

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