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De lo público y de lo privado. El problema de la no discriminación


Lo público, la administración, todos sus órganos y organismos dependientes, afecta, de una forma o de otra, a todos los ciudadanos sin distinción de clase, raza, sexo, ideología, aptitudes, creencias, etc. Y por esa razón tiene sentido la igualdad ante la Ley y el principio de no discriminación recogidos en las declaraciones de derechos y en muchas constituciones, como la española. Todos habitamos bajo las leyes de un estado y bajo las de aquellas instituciones supranacionales a las que éste pertenece y en las que libremente aceptó participar. Todos somos contribuyentes directos o indirectos de los impuestos y contribuciones que permiten la existencia de todo lo anterior y sus funciones. No sería lógico ni democrático que no fuésemos iguales ante sus leyes, sus oportunidades y sus limitaciones.

Publico y privado

El problema es trasladar al ámbito privado, a las personas físicas y jurídicas, a sus intereses, ideas, creencias, acciones y omisiones esa igualdad y no discriminación, como si estuviesen financiadas por todos o como si su creación y área de intereses fuese de todos. Cualquier persona y cualquier institución privada tiene derecho a discriminar y elegir, porque es la única forma de preservar algo tan valioso como la igualdad ante la ley: la pluralidad de la sociedad. Cuando se combate o se persigue la capacidad de pensar, escribir, hacer o deshacer de todo aquello que nace de lo privado y para lo privado, aunque se haga de cara al público, no se tiende hacia la igualdad y la no discriminación, sino hacia una uniformidad empobrecedora e inútil, por imposible.

Hoy nos encontramos ante la absurda situación de confundir lo público con lo privado, lo oficial con lo personal, y eso nos está llevando, desde décadas atrás, a la persecución de todo aquello que se sale de lo común o mayoritario, de lo que vulgarmente se entiende por políticamente correcto, como si la discrepancia no fuese un valor integrante de la democracia, una salvaguarda de las libertades y algo imprescindible para la permanencia de nuestro bienestar político y social. El hecho de que se trate de impedir la difusión de ideas contrarias a lo establecido políticamente nos debería hacer entender que estamos ante una fase avanzada de una vuelta a la tiranía o acaso al totalitarismo.

Si nos fijásemos un poco y nos alejásemos del fanatismo nos daríamos cuenta de que la confusión entre lo público y lo privado también nos está llevando a la curiosa situación en que los poderes públicos, que son de todos y para todos, tratan de comportarse como personas privadas con la intención de ocultar de nuestro conocimiento aquello que tenemos derecho a saber como ciudadanos y que no está amparado por el secreto de estado. ¿Y qúe argumento utilizan? ¡Asómbrense! ¡Los derechos de autor! Tanto en Alemania como en Estados Unidos se está aplicando la censura en Internet de documentos oficiales no secretos, pagados y elaborados con el dinero de todos los ciudadanos, con la excusa del Copy Rigth.

No queda más remedio que luchar contra esa falsa igualdad y esa no discriminación en los ámbitos personal y privado, si queremos subsistir como una verdadera democracia. Porque ese es el camino que van a seguir para callarnos o para tenernos ignorantes de todo aquello que las instituciones públicas elaboran y que tenemos derecho a conocer, además de censurarnos por nuestras ideas y creencias. Discriminándonos, en ambos casos.

Pepe de Brantuas. Abril de 2019, en España.

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De creerse los propios camelos y otras frustraciones…


El escándalo que está dando la prensa internacional, americana, europea y por supuesto española, tan democrática como presume ser, ante la victoria incontestable de Donald Trump, muestra hasta que punto los medios quieren creerse sus propios errores, falacias o entes mentales, aunque la realidad se muestre implacable con ellos. En cierto modo, no debería quejarme porque me ha permitido borrar de mis listas de Twitter a una serie de ellos, de quienes ya no puedo fiarme porque añaden a su incompetencia un grado superlativo de parcialidad, pero no deja de producirme cierto grado de triste desconcierto, pues, guste o no, sólo en la pluralidad de la información se puede atisbar la verdad de muchos asuntos.

sin veracidad no hay información...

sin veracidad no hay información…

Ciertamente las elecciones en EEUU son fundamentales para todo el mundo, de una forma o de otra, pero eso que se llama anticuadamente la opinión pública y que siempre ha sido lo que opinaba la mayoría de la prensa, ha dejado de lado a la información veraz, al trabajo bueno y profesional de contar los hechos con la mayor objetividad posible, para convertirse en plataforma de lo políticamente correcto a través de las columnas de opinión, de las tertulias radiofónicas o televisadas. Y en demasiados casos esa opinión creada responde únicamente a los intereses de los principales accionistas de los medios en cuestión y se aleja peligrosamente de lo que cree y defiende una gran mayoría de los ciudadanos que, además, tanto en América como en Europa ha decidido tomar sus propias decisiones haciendo oídos sordos a lo que los medios proponen.

Si Donald Trump llega a ser bueno para EEUU y para la humanidad dependerá menos de sus conocimientos que de la capacidad que tenga para rodearse de colaboradores inteligentes y preparados para llevar adelante sus políticas. De Ronald Reagan decían similares disparates y su período fue uno de los mejores de la Historia. Sin duda supo rodearse de gente capaz y cabal. A lo mejor eso es lo que temen quienes no hacen más que patalear rabiosos con la victoria de Donald Trump, aunque no haya tenido tiempo de empezar a gobernar. En todo caso su victoria muestra que aquellos que quieren cambiar el mundo según intereses bastardos, dirigir lo que se puede decir, hablar o pensar, han tenido un mal día, pero no están dispuestos a cejar en su empeño a pesar de que les hayan explotado en las narices sus propios camelos.

¡Dios dirá lo que vendrá!

Pepe de Brantuas. Noviembre de 2016, en España.

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