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Pasar por el aro…


El primer aro suele ser esa creencia absurda según la cual, para ser tolerante, tienes que conceder la misma categoría a todo lo que creen, dicen, piensan o hacen los demás; no habría verdad ni mentira, ni bueno ni malo, ni correcto ni incorrecto. Todo tendría el mismo valor, al revés que en la verdadera tolerancia donde tratas de conocer lo bueno, lo verdadero, lo correcto, aunque respetas a las personas que están equivocadas o que opinan de otra manera y, sin ofender, defiendes tu postura. Es una interpretación de la igualdad que consiste en el disparate de pensar que todo lo diferente es igual. Que todas las desemejanzas de fondo son solo de forma y por lo tanto equiparables.

… camino de servidumbre.

El segundo aro podría ser el considerar que los derechos de las personas, los Derechos Humanos, están en las declaraciones y en las constituciones de las naciones para limitar la libertad de los ciudadanos con respecto a otros ciudadanos, pero en realidad esos derechos están ahí, de forma principal y fundamental, para limitar al poder, a los gobernantes, a los políticos, a los jueces, a los policías, a los funcionarios, para someter su actuación a la Ley y evitar que sea arbitraria y se convierta en tiranía, para defender la libertad de todas las personas.

Si pasas por los dos primeros aros el tercer aro inevitable es conceder presuntos derechos a las lenguas, a las culturas, a las religiones, a las ideas, políticas o no, como si fuesen personas y por encima de éstas, al margen de su categoría lógica, moral o social. Aunque este aro es consecuencia directa de los anteriores, es el más peligroso porque concede carta de naturaleza a un retorno de la tiranía, del despotismo, del totalitarismo.

El cuarto aro consiste en considerar que la Igualdad es un bien en sí mismo, aunque sea en la ignorancia, en la pobreza, en la depravación moral. Se trata de pasar de la igualdad ante la Ley a una especie de uniformidad chata, chabacana, una tabla rasa que evite cualquier excelencia, cualquier cosa o persona que destaque sobre los demás, por muy denigrante que resulte al final esa homogeneidad falsa. Aunque parezcan contradictorios, el concepto de igualdad del primer aro está en la raíz de esta uniformidad imposible y perversa.

Hay muchos más aros por los que pasar si lo haces por los anteriores, como creer que los seres no humanos pueden tener los mismos derechos que nosotros, como aceptar que los poderes públicos están capacitados para regular todos los aspectos de la vida humana, como pensar que puedes ser realmente libre si la administración, sea ésta cual sea, te provee de todo lo necesario sin necesidad de que tengas que emplear tu inteligencia o tu esfuerzo, etc. Pero lo que está claro, y siempre lo estará es que si pasas por el primer aro acabarás pasando por muchos más y esos aros enlazados se convertirán en la cadena que te aprese, a ti y a los demás.

Pepe de Brantuas. Agosto de 2017, en España.

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Derechos, libertades y acción ciudadana.


Que la libertad religiosa, la de pensamiento y la de opinión están por encima de la libertad de expresión es evidente, porque sin las primeras esta última sólo sería una libertad para decir estupideces. Por otra parte, la libertad de prensa tiene la dualidad de ser un subproducto de la libertad de expresión (porque en ella se fundamenta y no se entiende sin ella) y, a la vez, la capacidad de ser una forma mejorada de la misma cuando la información que ofrece es veraz y es obtenida de forma profesional, aunque está limitada a una parte de la sociedad que tiene esa capacidad experta, incluso en nuestros días con las redes sociales de Internet. No tiene el mismo valor lo que yo informe u opine que lo que publique un verdadero periodista. Al menos en principio. Por esas razones deberíamos comprender el porqué las declaraciones de derechos establecen un orden o escalafón de los Derechos de la Persona Humana y unos van antes que otros en casi todas.

o la defendemos o la perdemos…

Pero los derechos y las libertades no son meras consideraciones jurídicas a tener en cuenta, sino que se corresponden con hechos en la vida real, a su favor o en contra, y por esa razón los ciudadanos tenemos también la obligación (que no todo van ser derechos) de defenderlas, aunque a veces el ejercicio por algunos de la libertad religiosa, de pensamiento, de expresión o de prensa, nos moleste en casos concretos. Si sólo defendemos nuestra libertad y nuestros derechos no somos más que aquellos señores feudales que luchaban por sus privilegios. Cierto que, en demasiadas ocasiones, confiamos en determinado partido político esa lucha, como si fuera obligación exclusiva de ellos el combatir en ese campo, pero la realidad muestra que los partidos políticos tienden con el tiempo a proteger intereses propios más que a salvaguardar lo de los ciudadanos en general. En estos tiempos, además, puede que no exista ningún partido que defienda eficazmente y con convicción un nutrido manojo de derechos y, si los ciudadanos no los amparamos, corren el peligro efectivo de desaparecer.

Que, individualmente u organizados en asociaciones, nos pongamos a preservar nuestros derechos es tarea imprescindible, sobre todo aquellos que ninguna formación, con parcela de poder efectivo, defiende. Es normal que la maquinaria burocrática de los partidos políticos, incluso abusando de su poder, traten de oponerse a la acción de los ciudadanos (lo acabamos de comprobar hace muy pocos días), pues hemos delegado tantas cosas en ellos que ahora se resisten a que otros puedan ejercerla fuera de los cauces partidistas. Lo que no parece tan normal es la crítica, a acciones determinadas de asociaciones y de ciudadanos en defensa de sus derechos, que procede de otras asociaciones o instituciones que se supone que defienden lo mismo de otra manera. A veces dan la impresión de ser serviles con algunos políticos o, en el mejor de los casos, de ser de esos que prefieren dejar las cosas pasar y que les molesta lo que otros hacen, no sé si por envidia o por su mala conciencia.

Nada garantiza que lo que hagamos esté bien hecho, pero siempre está mal el no hacer nada.

Pepe de Brantuas. Marzo de 2017, en España.

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La ira y el afán de prohibir o castigar.


No sé si en este país hay muchas personas que fueron educadas por sus padres a palos, pero sí que hay demasiadas que no cesan de pedir que se prohiban unas cosas o que se penalicen otras: ¡Prohibir y castigar parecen ser las únicas ideas que contienen sus cabezas! De lo que no se dan cuenta es de que cuanto más se prohiba y se castigue penalmente, tanto más pronto se acabarán la libertad y la democracia. Los enemigos de ambas lo saben y también que la ira guía esas peticiones, por eso la fomentan cuando puede facilitarles su tarea.

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Orgullosos e incapaces…


No son nuestras Cortes precisamente un modelo de diálogo parlamentario, dados los vicios creados con su funcionamiento desde 1978 y el control excesivo de los diputados y senadores por parte de los partidos políticos. Pero lo cierto es que es el lugar donde el discurso y la razón deben solucionar los problemas públicos —los privados deberían dejárnoslos a los ciudadanos—, donde el diálogo de hombres libres debe superar a la violencia animal. Hannah Arendt escribió que Marx estaba en su derecho de no ser consciente de la íntima relación entre discurso y libertad tal como la conocemos por la doble faz de la afirmación de Aristóteles: que un hombre libre es un miembro de una polis y que los miembros de una polis se distinguen de los bárbaros por la facultad del discurso. También están en su derecho los seguidores de Marx, confesos o vergonzantes, cuando dan más importancia a la acción en las calles que al parlamentar, y no nos debería extrañar que fuese eso lo que propugnan y organizan.

facciosos entre el negro y el rojo...

facciosos entre el negro y el rojo…

Pero ciertamente no debería ser sólo en sede parlamentaria donde se pudiera hablar y discutir con respeto, pues la universidad fue desde su orígen el lugar privilegiado donde el uso de la razón y el debate gozaron de libertad, mucho antes de que los parlamentos modernos consagrasen esa libertad en las democracias liberales. Sin embargo el devenir corrupto de las universidades públicas, que consiste sobre todo en su sectarización y, por tanto, en el alejamiento de sus fines, ha dado como resultado espectáculos de boicot a todo discurso ajeno a las facciones que consideran a esos centros públicos como reductos ideológicos dogmáticos que ellos deben preservar puros. Ahora pasó con Felipe González y con Cebrián, pero ya había ocurrido antes con otras personas y nadie puso los medios para que tal cosa no volviera a suceder en un centro público financiado con el dinero plural de todos los ciudadanos. Mucho me temo que ahora tampoco se hará nada para evitar esas situaciones en el futuro…

Por otro lado, lo que más llama la atención es la defensa que hacen algunos de la actuación de los boicoteadores, incluso calificándola de calidad democrática  y pretender así que es lo contrario a la sumisión. Entre una cosa y la otra están el respeto y la tolerancia, que no niegan el derecho a discrepar, a la crítica y a expresar las propias ideas. Quienes tal argumento usan muestran su propia incapacidad para el diálogo democrático y racional: todo lo que hay entre aplaudir a su ídolo político y denostar al contrario, simplemente se les vuelve imposible, inalcanzable, intangible. Serían considerados bárbaros en la Atenas de Aristóteles, por contraposición a ciudadanos racionales y libres. Hoy día, como poco, son tan orgullosos de su propia impotencia discursiva como eran los bárbaros de antaño…

Pepe de Brantuas. Octubre de 2016, en España.

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