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¿Por qué en la Derecha tenemos la culpa?


Casi van 50 años desde que murió mi abuelo. Emigrante afortunado, se instaló en el campo cuando podría haber ido a cualquier ciudad, construir o comprar algunas casas, vivir de sus rentas y en un piso. Pero prefirió el ambiente de su infancia, ése que contribuyó a mejorar invirtiendo en la enseñanza pública ayudando a construir —con cientos de otros— los edificios escolares que en realidad, según la mentalidad de muchos, eran responsabilidad del Estado. Vio venir la despoblación rural, en su época solo incipiente, y solía decir que la gente se iba de la aldea, pero que ya volvería porque todo dependía del campo. Él era Derecha por su posición social, aunque políticamente no sería fácil encasillarlo en esa facción. Y es que una cosa es la derecha sociológica —a la que me referiré hoy como Derecha, a secas— y otra cada vez más distinta la derecha política, antes y ahora.

la culpa o la responsabilidad...

la culpa o la responsabilidad…

Pues bien, en estas fiestas de agosto te encuentras con mucha gente y una de esas personas que son, como yo, derecha sociológica —no sé si política—, me relató, de forma un tanto pesimista y sin faltar la ironía, lo que le parecía el futuro no lejano del municipio, con sus campos abandonados, sus casas arruinándose, etc. Pero al final todo el problema parecía resumirse en que la gente joven —poca hay— prefería el subsidio de paro a trabajar en el campo, que ya no encontrabas a nadie que te hiciera un trabajo -—agrícola o forestal— y cosas similares. Como sé que sí hay gente que hace el trabajo —aunque poca— pagándole, supongo que su ideal se refería a una época lejana, en los tiempos de mi abuelo, cuando trabajaban de sol a sol por poco más que la comida. Otra cosa eran recuerdos de la vida social del lugar, hoy desaparecida, que cuando vuelva no será igual, propias de una persona de más edad que la mía y perfectamente comprensibles.
Pero toda la conversación me llevó a preguntarme si la responsabilidad del despoblamiento rural es política o, quizás, venga de la postura que nosotros, la Derecha, hemos mantenido en nuestra vida. Estamos demasiado acostumbrados a que papá Estado o mamá Xunta nos resuelvan los problemas, cuando en realidad quien suele tener el capital y la iniciativa es siempre la sociedad, en concreto la Derecha por antonomasia, y si su mirada o sus inversiones se han alejado de las zonas rurales, es la principal responsable. Y lo es porque siempre tuvo los medios de que la izquierda sociológica carece. Y esa responsabilidad fallida no se soluciona lamentándose por el despoblamiento o añorando épocas en que por cuatro perras y un almuerzo con tocino, pan y vino conseguías cincuenta que te solucionaran el problema.
No trato de quitar responsabilidad a los políticos pues, guste o no, desde los años sesenta quien más gobernó en España fue la derecha política, pero incluso en las dictaduras hay que tener en cuenta los intereses de quien tiene el capital y la iniciativa —salvo que el dictador sea una majadero como Fidel o Maduro—, y su culpa está en ayudar y fomentar esa filia urbanita, que continuó en democracia hasta los resultados actuales. Pero la verdadera responsabilidad está en todos nosotros y, sin ser pesimista como mi interlocutor —pues están volviendo lentamente muchas personas a las zonas rurales—, lo cierto es que la tarea nos compete a  nosotros más que a nadie, aunque solo sea pagando justamente el trabajo ajeno.
Pepe de Brantuas. Agosto de 2016, en España.

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Cuando la izquierda se devalúa a sí misma.


Estudié en la Universidad Autónoma de Madrid en el postfranquismo, cuando el rector era socialista de corazón y todos los decanos de facultad, menos uno, militaban en el Partido Comunista. El profesorado era variopinto y el ambiente político en efervescencia, aunque bajaba en intensidad según uno descendía de la facultad de Letras, pasaba por la de Derecho, continuaba por Económicas y terminaba en la de Ciencias. Medicina era un mundo aparte en todos los sentidos. Sin embargo se podía pasar por sus múltiples pasillos longitudinales y transversales casi sin ver una pintada tipo garabato estúpido-reivindicativo. Carteles sí, en abundancia y de muchos colores políticos, porque lo otro parecía reservado a las puertas y a las paredes de los retretes. Recuerdo largas huelgas y multitudinarias asambleas en el polideportivo o en los salones de actos y los grises vigilando con un Land Rover en una loma desde la que se controlaba Canto Blanco, pero jamás hubo un ataque sectario, como el que acaba de ocurrir en la capilla de esta universidad, como no fuera la ultraderecha y sus acciones.

o la esencia nula de una ideología...

o la esencia nula de una ideología…

Sin duda, aquella izquierda era más culta, más aficionada a discutir con la palabra y el escrito político que a llenar paredes con máximas de pardillo o insultantes para otro grupo ideológico o religioso: se quería democracia y libertad y se querían las dos cosas de verdad, sin paliativos. Si algo se manipulaba eran las asambleas, toda una técnica que manejaba muy bien el PC y combatían con poco éxito los anarquistas, cuando lo que estaba en juego era una huelga general por esto o aquello. Los de ahora, esos que realizan o presumen de los ataques a las capillas de la Complutense y de la Autónoma, por un presunto monopolio ateo de lo público, no les llegan ni a las suelas de los zapatos. Aquellos luchaban y se la jugaban de verdad por crear y desarrollar una verdadera democracia que estaba en embrión y era débil; los de ahora se aprovechan de una democracia que parecía consolidada hasta que ellos aparecieron en escena con las maneras violentas de la antigua ultraderecha y las ideas anticatólicas de un republicano burgués del siglo XIX o de un majadero siberiano nostálgico de Stalin.

Después presumen de progresistas.

Pepe de Brantuas. Junio de 2016, en España.

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Con faldas y a lo loco…


Entre la fiesta del Orgullo y el resultado del referéndum en Grecia la izquierda española está que se sale, si me permiten esa expresión que podría ser malentendida. Desde que Marx parió El Capital, en concubinato intelectual con Engels (ahora diríamos matrimonio, ya que empieza a llamársele a cualquier cosa) está por ver que un gobierno socialista, moderado o no, sea capaz de sacar a un país de una crisis profunda sin convertirlo en la Alemania de la época nazi o en la URSS estalinista. Lo de los helenos lleva más de un lustro con muy mala pinta y el poco tiempo de este gobierno no augura nada bueno. Ahora hay fórmulas estadísticas y un sinfín de modelos de cálculo que ya quisiera para sí la pitia del antiguo Oráculo de Delfos, aunque si hoy sobreviviera sería la única empresa floreciente de la vieja Helade, pues habría que ver a los indigentes mentales de la YetJet haciendo cola ante las puertas del santuario…

¿Una nueva Grecia?

¿Una nueva Grecia?

El título de la versión en español de la película del gran Billy Wilder viene como anillo al dedo. En parte por el travestismo de sus personajes, que escandalizó en su época a los gobernantes del estado de Kansas, que prohibieron la película, (hoy se lo habrían derogado los magistrados de la Supreme Court, con su afinidad a las tesis de machiegos y mujeriegas), y también por la teatralidad cómica de la izquierda que rinde pleitesía al lobby gay y ve a Tsipras, con su farándula política, como su esperanza de futuro. Sin duda les falta Marilyn Monroe, un excelente guionista, un director insuperable y los dólares necesarios para conseguir el éxito, pero la izquierda española está tan huérfana y desamparada desde la caída del muro de Berlín que deberíamos comprender sus excesos de júbilo, tanto en la manifestación de Madrid, con la Asociación de los Amigos del Marisco por Cuenta Ajena, en la cabecera de la misma, como en el lunes posterior al rapto de Helena, que dirían los troyanos.

El problema va a ser el despertar y la resaca, cuando la realidad lamine como una apisonadora los ensueños levógiros y millones de incautos se sientan engañados una vez más por quienes presumen de defenderlos a ellos y a sus intereses, cuando sólo los han utilizado para sus fines personales o (en el mejor de los casos) partidistas. Cuando las cosas empeoren los sabidillos de la izquierda siempre tendrán la oportunidad de echarle la culpa a Europa, al Capital o al Universo, o decir como Joe E.Brown a Jack Lemmon, en la última escena de la película: Bueno, nadie es perfecto. Pero eso es algo que el liberalismo siempre ha defendido, sobre todo en lo que a los gobernantes se refiere, pero que nunca ha aceptado la izquierda en su empeño de ilustrarnos con sus teorías políticas lógicas, perfectas, insuperables y capaces por sí mismas de hacer bueno al más sinvergüenza o de convertir en estadista al más indocumentado…

Ríanse mientras puedan.

Pepe de Brantuas. Julio de 2015, en España.
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La izquierda puritana y el centro incorrupto.


Concuerdo bastante con Ortega y Gasset en aquello que escribió sobre que ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil. Aunque hoy debe haber muchos más imbéciles que son de izquierda, que presumen de eso, que la imperceptible minoría que lo hace de lo contrario. Sea porque vivieron el oprobioso régimen, sea por cualquier otra causa vergonzante, o porque la inteligencia se refugia fuera de los que se autoproclaman de izquierda, el hecho real de nuestro tiempo es que el cuerpo social está indefectiblemente desnivelado hacia lo siniestro. Acaso, eso que se denomina centro, punto unidimensional que separa ambos campos, sea el moderno refugio de la otrora derecha; disparate casi mayor que los anteriores pues habría que revitalizar en política la broma estudiantil del punto gordo, ese por el cual supuestamente eran capaces de pasar dos líneas paralelas. Gordura que debería ser superlativa porque en el citado locus político también quieren morar otros que antaño de izquierda decían ser. Pero no me queda más remedio que usar esos términos, bajo pena de no ser entendido por el nivel medio de los ciudadanos, si no lo hago.

los trenes solo circulan por la vía...

los trenes solo circulan por la vía…

La Reforma Protestante, aquella cosa que inició Lutero, devino en multitud de sectas, cada una con su interpretación particular y selectiva de las Escrituras, desde el liberalismo evangelista hasta el totalitarismo puritano, tuvo un efecto en el pensamiento político que nos trajo como consecuencia tardía y nefasta el marxismo. No es interpretación mía, sino acreditada entre estudiosos, pero el determinismo, la predestinación al bien y al mal, y una inevitabilidad histórica y materialista, que es un retroceso al fatum grecolatino, es en muchos aspectos una consecuencia directa del calvinismo, despojado de cualquier creencia divina. Es, nos guste o no, la raíz de esa pedante superioridad moral de la izquierda, los elegidos, los portadores del bien, que intenta siempre ponerse por encima de cualquier otra opción intelectual o política. Lo estamos viendo estos días en España con el acceso al poder de grupos cuyo discurso básico es ése, moralista en esencia, y que pretenden que creamos que son el mágico talismán para cambiar las cosas, para llevarlas a buen puerto. Luego el poder es como un viento impetuoso que les despoja de sus ropajes de opereta y nos los muestra tal como son en realidad (es lo bueno de la democracia), aunque algunos quieren creer a toda costa y como fanáticos puritanos no admiten los hechos por evidentes que sean.

Pero como decía al principio, no solo la izquierda sino también el centro, son esos lugares donde la mayoría de las personas presume que está…, en política. Lo curioso de ese sitio adimensional es precisamente arbitrar sus límites, cuestión nada fácil y de todo punto ilógica. Personas tan importantes y cultas, como D. Pedro J. Ramírez, hablan en demasiadas ocasiones del centro con una devoción casi religiosa, como si fuese una especie de Shangri-La político-social (no dudo que es muy posible que tenga su misma consistencia), al que deberían aspirar las fuerzas mayoritarias; y casi lo consiguen aunque sea de modo virtual. Es como pretender que fuera de ahí no puede existir la tolerancia política, la capacidad de diálogo, el parlamentarismo verdadero…, todas esa cosas que antaño se predicaban de la democracia liberal y que ahora, por un absurdo abandono del término deberían refugiarse en un espacio político nuevo, algo así como un no ser siendo metafísico: no ser derecha, aun siéndolo, no ser izquierda, pero siéndolo… Pueden pensar ustedes que me estoy burlando, pero nada más lejano a mi intención. Todavía menos en estos momentos históricos en los cuales aparece una formación política que desea monopolizar ese punto gordo central y, además, presume de incorrupta, con el apoyo y aquiescencia de todos esos ilógicos necesarios que moran en la élite social.

Si alguno se vende como no corrupto no está mal presumir de eso, si no lo es, mientras no ponga sus ideas como garantes de esa lozanía política. Lo contrario sería considerarse incorruptible y bajo el cielo no existe tal cosa. Además, la predestinación al bien, como ya comentaba al principio, es cosa del puritanismo de la izquierda; no cabe en el centro, si es que algo cabe ahí, y convertiría su opción política en una más del lado siniestro. Si no aspiran ustedes a cargo o distinción política céntrense en ustedes mismos, en lo que creen o en lo que les interesa y arrímense al lado que mejor los representa, sin adorar ídolos ni venerar ideas que todo lo solucionan. Entre otras razones porque todos los ídolos son de barro por dentro y todas las ideologías milagrosas valen lo mismo que un cuesco mental. Y después, cuando la realidad pone las cosas en su sitio, es descorazonador verse como un crédulo. Aunque, si uno no está demasiado acostumbrado a pensar, es un resultado inevitable y puede que positivo.

Pepe de Brantuas. Junio de 2015, en España.

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