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Perder y llorar, nada convence.


(Losing and mourn, nothing convinces.)

…los inconformes permanentes…

Dicen por esta tierra que cada uno habla de la feria según le fue en ella y no es la electoral parca en interpretaciones y habladurías. Los que ganan todo lo ven bueno y a los que pierden nada les consuela. Pero de todas las cosas llamativas la de buscar la injusticia en el resultado, como si les hubieran robado los vencedores a los vencidos, es la más tonta de todas. Y lo es, porque las normas sobre repartos se aceptan implícitamente cuando se entra en el juego y no es inteligente quejarse cuando sobreviene la derrota.

La democracia, imperfecta siempre, busca representantes de los ciudadanos, pero busca también la capacidad de gobierno de los elegidos. Y entre una cosa y la otra caben muchas maneras de conseguir ambas sin que vaya en demasiado detrimento de ninguna. Aquí elegimos diputados que, a su vez, nombrarán a quien gobierne y por eso al poder que se le otorga a la mayoría se le refuerza con un mayor beneficio en escaños. En otras partes los distritos son más pequeños y solo sale un diputado por cada uno de ellos, el más votado, por mucho que los otros candidatos sumen juntos más sufragios. Pero el resultado busca el mismo objetivo.

No hay pues injusticia en la ley de D’Hondt, ni en el porcentaje mínimo para tener escaño, ni en el reparto por provincia del número de parlamentarios. El objetivo imposible y absurdo de tener un representante por cada elector sería lo único justo. Que el sistema podría buscar una mayor igualdad en la proporción de votantes por cada escaño, implicaría la necesidad de un refuerzo para quien saliese elegido para gobernar. Podría elegirse al ganador o bien hacer una segunda vuelta entre los líderes de las dos candidaturas más votadas. Además, eso debería llevar aparejado que un presunto voto de censura triunfante implicase nuevas elecciones. Se garantizaría así la representatividad y también la capacidad e independencia del ejecutivo, evitando componendas y amaños de tránsfugas.

Pero la ley es la que es y, mientras no se cambie, los que se quejan de ella cuando pierden, nada convencen.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2012, en España.


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El motor de la revolución.


(The engine of the revolution.)

…y el odio como combustible…

Ningún marxista negaría que el motor de su revolución es la lucha de clases, llevada a cabo por el proletariado. Y eso, a pesar de que los regímenes comunistas triunfaron en aquellas sociedades poco industriales y, por lo tanto, con pocos proletarios, o bien fueron impuestos por las armas extranjeras en países debilitados por la guerra. Tampoco negaría ningún comunista, de esos que como mucho han leído el Manifiesto, que ellos defienden a los obreros, cuando la esencia de su ideología necesita precisamente que las condiciones laborales sean las peores posibles. Sin embargo es histórica la afirmación de Engels de que no llegaron (Marx y él) al comunismo sino a través de la disolución de la especulación hegeliana, realizada por Feuerbach. Y añadía,  las condiciones de vida del proletariado nos son desconocidas.

Después de encontrar (a nivel teórico) al proletariado el intento siempre fue y es exasperar sus condiciones de vida reales para impulsarlo dialécticamente a la revolución. Cuestión distinta es si en el mundo real aquellos que utilizan como revolucionarios están en consonancia con sus presupuestos teóricos. El comunismo europeo, escondido bajo diversas siglas, trata siempre de conseguir adeptos entre las minorías marginales de la sociedad, sean estos inmigrantes, homosexuales, discapacitados, musulmanes, delincuentes o verdaderos obreros. Y eso porque hace tiempo que descubrieron que el concepto de proletario es maleable, ya que ni Marx ni Engels se van a levantar de la tumba para regañarles.  Y también, que el verdadero combustible de su revolución es el odio: no hay posibilidad alguna de realizarla por medio del bien y  de la justicia.

Claro que para que tenga éxito en Occidente se necesita además una ciudadanía indiferente a sus tácticas, una minoría colaboracionista, una prensa que sea afín o, al menos, que censure a sus oponentes, unos tontos útiles que colaboren con ellos y, como colofón, una sociedad manipulada. Y para que todo eso se produzca es imprescindible que el espacio de libertad de los ciudadanos se reduzca a lo mínimo, por acción u omisión de quienes gobiernan y son contrarios a cualquier régimen socialista.

El mejor antídoto contra las pretensiones revolucionarias de los marxistas de hoy, es que la libertad de los ciudadanos sea lo más real posible a todos los niveles, en lo material y en lo espiritual. Desarmar el odio (llámesele indignación si se quiere) está en la base de la verdadera democracia y solo libremente se puede amar al prójimo.

Pepe de Brantuas. Mayo de 2012, en España.

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Del Eurocomunismo a los contenedores de basura.


(Of Eurocommunism to the dumpters)

¿Hubo un comunismo democrático?

No sé si el título es correcto o debería decir que el Eurocomunismo se ha ido a la basura, pero lo cierto es que esa impresión tengo después de leer y escuchar en este tiempo a los lideres actuales. Acaso el problema sea la falta de fe en un proyecto que pretendía usar a la propia democracia para llegar al poder, al ver que no tenía éxito en ningún país europeo. La caída del muro de Berlín en 1989 y el hundimiento de la URSS supusieron la puntilla para una ideología que pretendía ser eterna. Rápidamente, los líderes trataron de ocultar la palabra comunista de sus formaciones políticas, creando coaliciones ad hoc como Izquierda Unida o buscándose otra denominación, sin alterar un ápice su estrategia o su ideología. Pero eso no les ganó la simpatía electoral.

Al margen de lo anterior, su denostado sistema capitalista se negaba a derrumbarse. Sin embargo, gracias a los socialdemócratas y a los socialistas, —que para los comunistas son sus tontos útiles— en medio de una presunta era neoliberal, tanto la UE como los diferentes gobiernos de este continente fueron adoptando métodos y maneras que poco o nada tienen de liberal. Y ahora, cuando ese monstruo híbrido parece que enferma de atragantamiento burocrático y de corrupciones varias, los comunistas parecen haber recibido el augurio esperado por varias generaciones de marxistas. El problema es que como en los tiempos del Oráculo de Delfos los vaticinios pueden ser interpretados de una forma y de la opuesta.

Lo que para ellos parece ser el presagio esperado viene del hartazgo ciudadano con la corrupción política, uno de cuyos síntomas fue el movimiento 15M. Eso y las algaradas callejeras que se formaron en torno a él les deben haber convencido de que pueden alcanzar sus fines políticos a través de la revuelta ciudadana. Lo de menos es si son los antisistema, piquetes sindicales o militantes de su partido. En su nuevo vocabulario todos son presos políticos, aunque hayan sido detenidos por destruir bienes públicos o por usarlos para agredir. Ya no son la hoz y el martillo las armas de la revolución sino los contenedores de basura. Acaso algún día los veamos ardiendo en su bandera, en vez de los instrumentos de trabajo.

Pepe de Brantuas. Abril de 2012, en España.

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Discursos y consignas a toro pasado.


 

(Speeches and slogans in retrospect.)

o la verborrea política...

Cuando uno lleva la iniciativa y la mantiene, tiene la mitad de la batalla ganada. Y eso vale para las guerras, para los partidos de futbol, para las empresas y para la política. Y en España, en los momentos iniciales del cambio, daba la impresión de que era la oposición quien mantenía el pulso y hacía que el Gobierno jugase a la contra; hasta hace bien poco. Socialistas, nacionalistas, comunistas, trazaban sus míticas rayas rojas que el Partido Popular no debería traspasar. En sus ensoñaciones, se creían sus propios cuentos sobre Mariano Rajoy y lanzaban retos sin descanso ante el silencio del presidente. Pero eso ha cambiado desde hace varias semanas y, tanto los sindicatos y partidos de la izquierda como la derecha nacionalista, se han encontrado con un aluvión de medidas que hace comprensible que uno de sus líderes haya calificado de viernes negros los días en los cuales se reúne el Consejo.

Sea por esa razón, porque no tienen una alternativa real a las medidas que se están tomando o porque se ven impotentes para torcer la voluntad gubernamental, lo cierto es que la izquierda recurre cada vez más a un lenguaje de frases hechas, de lugares comunes y de llamamientos a la desobediencia civil. Si se reforma la Sanidad Pública eso supone una agresión; si se trata de la Educación se convierte en una demolición controlada; si el organismo afectado es la TVE, entonces se trata de un golpe institucional o de meter los tanques por la puerta. Y eso por parte del PSOE que dice que los españoles hemos pasado del miedo a la angustia y del engaño al desengaño. Y le debe de dar pena el Gobierno porque se encontraría en soledad política, que dicen ellos tener voluntad de diálogo para recuperar consensos rotos. Que difícil debe ser dialogar con quien no usa nada más que frases hechas, refranes, tópicos o consignas.

Por otra parte, la extrema izquierda parlamentaria no tiene el menor interés en el diálogo cuando habla de absolutismo y opresión del Gobierno o arenga a sus leales para luchar contra el ejecutivo de Rajoy con resistencia activa. Y la derecha nacionalista, catalana y vasca, que retaba día sí, día no, al gobierno popular, sigue con su discurso en tono más bajo, a ver si consiguen más dinero o más prebendas políticas.

Y a todo esto, los ciudadanos no dejamos de asombrarnos de tanta verbosidad huera. Podríamos angustiarnos si llegásemos a considerar la posibilidad de que nos vuelvan a gobernar los que ya estaban, o los que siempre quieren, pero no pueden, y están en permanente marginalidad democrática. Porque, al fin y al cabo, este gobierno está haciendo todo lo que los anteriores no hicieron. Podemos discrepar de esta o aquella medida, pero seríamos realmente necios si pensáramos que la oposición ha recibido de repente ciencia infusa y sabe ahora lo que debería haber hecho y no hizo.

Y es que, hablar a toro pasado lo hace cualquiera.

Pepe de Brantuas. Abril de 2012, en España.

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