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El equívoco de la tolerancia.


(The ambiguity of tolerance.)

…o la tiranía de la minoría…

Solo es posible tolerar aquello que se rechaza. O, mejor aún, solo podemos tolerar a aquellas personas que defienden aquello que es opuesto a nuestra manera de ser, de pensar o de vivir. Si defendemos lo mismo que ellos, sobra la tolerancia. Esto, que es algo sencillo de comprender, dista mucho de ser entendido y aceptado. Hay quien pretende que no hay nada bueno ni malo, que todo tiene el mismo valor, la misma calidad, las mismas consecuencias, y de ahí saca la conclusión de que solo le toleras si aceptas plenamente como válido lo que haga, piense o viva. En realidad no buscan que se les tolere, sino la sumisión intelectual de los demás. Y eso, guste o no, es intolerancia.

La primera consecuencia de quienes acaban por aceptar que todo es relativo y que asumir esa relatividad es la única forma de ser tolerante, es la falta de criterio. Y esa falta de criterio les lleva a no saber defender, a ellos y a la sociedad, de multitud de falsas ideas que, por su propia falsedad, son destructivas y, en demasiadas ocasiones, profundamente antidemocráticas, porque procediendo de minorías se imponen a las de la mayoría. En ocasiones tratan de destruir las convicciones mayoritarias y convertir las suyas en  dogmas políticos, sociales o culturales.

Tocqueville escribió sobre el peligro de la tiranía de la mayoría en las sociedades democráticas, pero hoy nos encontramos ante el caso opuesto: la tiranía de las minorías. La equiparación del matrimonio a las uniones entre homosexuales, la pretensión de que todo el mundo tenga que aceptar que esas relaciones son buenas —para quienes las tengan o para la sociedad— y que no hay ningún tipo de homosexualidad que sea sicológicamente reversible —es decir, curable—, son posiciones dogmáticas que los grupos de presión gays y otros tratan de imponer de una forma que muestra su gran fanatismo.

El blanco de esos fanáticos puede ser un siquiatra que discrepe, un obispo que se exprese en una homilía, el dueño de una cadena de comida rápida que defienda el matrimonio según la Biblia, un político católico o una ciudadana que haga un mero comentario en Twitter que sea considerado ofensivo por los nuevos censores del integrismo homosexual. Y es que, como dijo Unamuno (nada sospechoso de ser católico fanático), los verdaderamente convencidos suelen ser los más tolerantes, los más tranquilos, los más caritativos. La intransigencia proviene de barbarie y falta de educación y pulimento, o de soberbia y bajas pasiones, no de firmeza de fe.

Pepe de Brantuas. Noviembre de 2012, en España.


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¿Enseñanza mixta? Qué no te den gato por liebre.


(Coeducation? Do not you pig in a poke.)

Derecho a elegir...

Derecho a elegir…

Se le puede llamar con el eufemismo de integradora para poder así denigrar a la enseñanza diferenciada con el calificativo de segregada, pero en el fondo nada prueba que la primera sea mejor, sino que en muchos países y desde sectores progresistas se empieza a sospechar que para las chicas y los chicos podría serlo la segunda. Además, defender la mixta como única legítima para recibir fondos públicos esconde el deseo de poder convertirla en la única legal.

Sin ir más lejos la Convención de la UNESCO en su artículo segundo aclara que no puede ser considerada discriminatoria la enseñanza diferenciada, solo por esa razón. Pero además es que es de sentido común. Negar a alguien la pertenencia a un centro por razón de sexo no es discriminación si éste no es el único centro que existe de esas características. Por la misma razón que no es discriminación por razón de nacimiento que se rechace la pertenencia a una peña de nacidos en 1954 a quien no nació ese año, ni es discriminación por razón de opinión el hecho de no admitir en un grupo parlamentario a los de opuestas ideas políticas.

En el fondo ambas formas no tienen por que ser incompatibles como tampoco lo son la enseñanza privada y la pública. Solo desde una mentalidad totalitaria tendría sentido defender la pública o la mixta como superiores a la privada o a la diferenciada. La enseñanza de una religión o de una filosofía de vida en un centro es una prolongación de la competencia familiar en esa materia, reconocida por la Constitución y los acuerdos internacionales asumidos por España. Siempre que los padres hayan elegido libremente.

Cuando los poderes públicos pretenden educar a los ciudadanos, sean estos menores o no, estamos ante el adoctrinamiento. Y eso sucede siempre que se abusa del término educación cuando se debería usar el de enseñanza. Con independencia de que estén ambas relacionadas, si desde la escuela, pública o privada, se pretende educar al margen de los padres se comete una intromisión en la competencia familiar y, en la mayoría de los casos, de forma ineficaz. Con el mal añadido de que el tiempo perdido en ese adoctrinamiento escolar, ya sea en la asignatura de EPC o con el mal uso de la libertad de cátedra, merma el empleado para enseñar las materias que en su casa no puede aprender el alumno.

Como dice en su blog un ilustre político La educación es más que el rendimiento escolar, y el aprendizaje y asimilación de la diferencia sexual es tan importante, o más para determinados supuestos, que la media de notas de un grupo en matemáticas o lengua. Así va por los suelos la enseñanza en España. Con esas preferencias no hay posibilidad de equipararse a otros países con más rendimiento escolar. Y lo peor es que él mismo reconoce que la educación es algo más que la enseñanza. Pero ese algo más no es función del Estado ni de ninguna administración, sino de los padres.

Todas las personas, ciudadanas del estado español, pagamos impuestos, directos o indirectos, las 24 horas del día y todos los días de la semana. Por esa razón, el dinero público no es del Estado, ni de la Comunidad Autónoma, ni de las Diputaciones ni de los Municipios. Es nuestro y todos tenemos derecho a él. Si por razón de opinión o de creencias se nos discrimina en el uso de ese dinero se va contra el propio artículo 14 de la Constitución que tanto invocan los contrarios a la educación diferenciada.

El señor Gorriarán, en su blog trata de hacer una distinción semántica entre la convicción privada y la convicción pública, con poco acierto: El problema no radica en la convicción privada, que puede responder a muchos argumentos o preferencias, sino en cuando la convicción privada se convierte en asunto público. Pero el problema es que defender la enseñanza mixta como única es también una convicción privada, al menos de tipo filosófico, que se convierte en asunto público. Y además se convierte en asunto público de carácter represivo, cuando se intenta impedir la opción opuesta, ya sea con la prohibición legal directa o, como defiende este político de UPyD, de manera indirecta negando los fondos procedentes del dinero de todos para esta forma de enseñanza.

Para que los niños ciegos tengan igualdad de oportunidades con los que pueden ver, reciben una educación diferenciada adecuada en España a través de la ONCE. Y eso les permite una mayor libertad de elegir el resto de su vida. Igualdad y libertad que parece defender el Sr. Gorriarán, pero que en realidad se la niega a los padres que desean para sus hijos una enseñanza que es mejor según sus ideas.

Otros aspectos del artículo de este ilustre político nos muestran claramente la falta de argumentos para defender su tesis: Identificación de esta educación con el franquismo, reducción del ideario religioso a una mera educación de tipo sexual, etc. Lugares comunes de una izquierda trasnochada que está muy lejos del impulso que le ha dado el presidente Obama en USA o de la socialdemocracia alemana y del partido de los verdes que apuestan precisamente por el tipo de enseñanza que al Sr. Gorriarán y a sus colegas de la izquierda española les parece tan retrograda.

Pepe de Brantuas. Agosto de 2012, en España.


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Galería de tiranos.


(Gallery tyrants.)

…napoleón,maharajá,kaiser y demás…

El primigenio Napoleón no era precisamente un devoto católico, por mucho que después se hiciese coronar al modo de los emperadores cristianos y dijo (por propia experiencia, sin duda) que a la mayor parte de los que no quieren ser oprimidos no les disgustaría ser opresores. Y acaso eso les pase a nuestros personajes hispanos que bien hablan o actúan más como los segundos que como los primeros.

Nuestro Napoleón de Parla sugiere que se debería hacer una ley para que los socios y asociadas del Opus Dei no puedan acceder a ningún cargo público. Nada dice de como hacer encajar tal cosa en la constitución española. Y acaso sea porque ésta le trae sin cuidado, pero llama la atención de que esa intención se parezca tanto a algo que durante siglos estuvo presente en la Gran Bretaña, en lo que a los católicos se refiere. Gran avance el del progresista señor Gómez.

El Kaiser de Marinaleda dicta leyes por sí mismo para ejecutarlas sobre la marcha. Sus deseos son seguidos por el SAT a modo de unas disciplinadas tropas de las SA. Aquí no es un comercio judío (que ya le gustaría al señor Gordillo con su pañuelo palestino), pero la intimidación violenta es similar con las empleadas del establecimiento. Puede hablarnos de forma cursi de la no violencia activa, pero si alguien tuviese dudas ahora ya sabría a lo que se refiere el amigo de Chavez y Fidel. Y además escurre el bulto como ellos.

Y, como no hay dos sin tres, aparece el Maharajá de Logroño. De las intenciones del de Parla nada dijo, pero se nos antoja pensar que no discrepa en absoluto. Pero si defiende el robo de sus camaradas justificándolo como simbólico. Y nadie negará que es un símbolo de lo que ellos son. Pero, por si fuera poco, añade que el Código Penal lo permite. Claro que no sabemos si se refiere al de Cuba o al de Venezuela, que vaya usted a saber lo que prescriben.

Con pretendidos aires progresistas van los tres en sus andares y decires, que nada sabemos si, de lo mucho que ganan, dan algo a las ONG beneficiadas del hurto simbólico. Pero yo me los imagino como en los retratos del encabezamiento. Señores de reinos e imperios hechos a medida de sus sueños e inclinaciones tiránicas. Porque para ser demócrata no basta con largos discursos, sino que hay que demostrarlo con el ejemplo.

Pepe de Brantuas. Agosto de 2012, en España.


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La Iglesia y esa cosa llamada Estado.


(The Church and this thing called the State.)

… a mayor gloria de Dios…

No cabe duda de que hay países democráticos donde el sostenimiento de la Iglesia Católica y de las otras confesiones religiosas no recibe nada de los impuestos, como es el caso de los Estados Unidos, aunque si tengan exenciones fiscales. En otros, como Alemania, recibe aquella parte que se corresponde con la de aquellos fieles que marcan la casilla correspondiente en su declaración de la renta. Pero en todos, como en España, la mayor parte del dinero recibido procede directamente de los católicos. Y eso es así porque ha sido siempre a lo largo de los siglos.

Con honrosas excepciones, las aportaciones para construir templos, para su preservación, para el culto, para la infinidad de obras sociales y de caridad, para el mantenimiento de órdenes religiosas, de sacerdotes, de obispos y del Papa, han procedido y proceden de la generosidad de los fieles. No de un genérico pueblo que tanto les gusta mencionar a ciertos políticos, sino de los fieles. Creyentes de todos los niveles sociales, mal que le pese a alguna izquierda, son y fueron los que permitieron a lo largo del tiempo que existiesen las obras de arte que se reparten por todo el mundo, fruto de su devoción, de su fe y de su dinero. En algunos casos destruidas después por el fanatismo anticlerical o anticatólico.

El Estado ha sido, es y será siempre un artificio legal cuyo fin es el bien común. No tiene capital aunque tenga unas reservas de oro o de divisas inmensas. Y no lo tiene porque solo administra lo que es nuestro, de católicos y de no católicos. Y si lo hace bien debe ser respetado. No es pues ninguna dádiva el que parte del dinero que recibe, el de los católicos, vaya a la Iglesia, sobre todo porque con el dinero de éstos se financian otras cosas que son directamente contrarias a su religión.

Por otra parte, es natural que existan quienes quieren acabar, no con sus supuestos privilegios, sino con la Iglesia misma. Lo será hasta el fin de los tiempos porque en su oposición se encuentra la certidumbre de que ella sigue los pasos de Jesús. Si fuese alabada por todos podríamos sospechar, con fundamento, que se había alejado del verdadero camino y de la voluntad de Dios.

El fanatismo anticatólico no cumple nada más que el fin de ser el contraste necesario para saber si vamos por el buen camino. Lo que no quiere decir que tengamos que darles la razón o callarnos.

Pepe de Brantuas. Junio de 2012, en España.


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