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La ira y el afán de prohibir o castigar.


No sé si en este país hay muchas personas que fueron educadas por sus padres a palos, pero sí que hay demasiadas que no cesan de pedir que se prohiban unas cosas o que se penalicen otras: ¡Prohibir y castigar parecen ser las únicas ideas que contienen sus cabezas! De lo que no se dan cuenta es de que cuanto más se prohiba y se castigue penalmente, tanto más pronto se acabarán la libertad y la democracia. Los enemigos de ambas lo saben y también que la ira guía esas peticiones, por eso la fomentan cuando puede facilitarles su tarea.

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El motor de la revolución.


(The engine of the revolution.)

…y el odio como combustible…

Ningún marxista negaría que el motor de su revolución es la lucha de clases, llevada a cabo por el proletariado. Y eso, a pesar de que los regímenes comunistas triunfaron en aquellas sociedades poco industriales y, por lo tanto, con pocos proletarios, o bien fueron impuestos por las armas extranjeras en países debilitados por la guerra. Tampoco negaría ningún comunista, de esos que como mucho han leído el Manifiesto, que ellos defienden a los obreros, cuando la esencia de su ideología necesita precisamente que las condiciones laborales sean las peores posibles. Sin embargo es histórica la afirmación de Engels de que no llegaron (Marx y él) al comunismo sino a través de la disolución de la especulación hegeliana, realizada por Feuerbach. Y añadía,  las condiciones de vida del proletariado nos son desconocidas.

Después de encontrar (a nivel teórico) al proletariado el intento siempre fue y es exasperar sus condiciones de vida reales para impulsarlo dialécticamente a la revolución. Cuestión distinta es si en el mundo real aquellos que utilizan como revolucionarios están en consonancia con sus presupuestos teóricos. El comunismo europeo, escondido bajo diversas siglas, trata siempre de conseguir adeptos entre las minorías marginales de la sociedad, sean estos inmigrantes, homosexuales, discapacitados, musulmanes, delincuentes o verdaderos obreros. Y eso porque hace tiempo que descubrieron que el concepto de proletario es maleable, ya que ni Marx ni Engels se van a levantar de la tumba para regañarles.  Y también, que el verdadero combustible de su revolución es el odio: no hay posibilidad alguna de realizarla por medio del bien y  de la justicia.

Claro que para que tenga éxito en Occidente se necesita además una ciudadanía indiferente a sus tácticas, una minoría colaboracionista, una prensa que sea afín o, al menos, que censure a sus oponentes, unos tontos útiles que colaboren con ellos y, como colofón, una sociedad manipulada. Y para que todo eso se produzca es imprescindible que el espacio de libertad de los ciudadanos se reduzca a lo mínimo, por acción u omisión de quienes gobiernan y son contrarios a cualquier régimen socialista.

El mejor antídoto contra las pretensiones revolucionarias de los marxistas de hoy, es que la libertad de los ciudadanos sea lo más real posible a todos los niveles, en lo material y en lo espiritual. Desarmar el odio (llámesele indignación si se quiere) está en la base de la verdadera democracia y solo libremente se puede amar al prójimo.

Pepe de Brantuas. Mayo de 2012, en España.

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