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¿Globalización versus soberanismo?


Leía hoy en Internet a una persona que comentaba que otra señaló que 2017 sería el año de la confrontación entre globalización y soberanismo, o algo similar. La pugna es vieja, pero si por globalización entendemos el intento de algunos países y de organismos internacionales de imponer normas de corrección política a los pueblos, para implantar a nivel universal la ideología de género, la unión homosexual equiparada al matrimonio, el aborto, la eutanasia,  la eugenesia y el ecologismo radical, y por soberanismo la oposición de otras naciones a esa coacción totalitaria, ciertamente este año que acaba de comenzar va a ser importante y acaso decisivo.

Ser o no ser...

Ser o no ser…

Varias instituciones vinculadas a la ONU, así como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional están empeñados en conseguir como sea una implosión demográfica global, que defienden como única salida para la Humanidad, con un punto de vista pesimista y maltusiano sobre la capacidad de la sociedad humana para resolver los problemas que pudiera plantear un crecimiento de población que a ellos les parece excesivo. Sin duda hay también intereses en proteger la hegemonía de determinados pueblos, minorías o incluso razas, sobre el resto del planeta, y no van a cejar en su empeño. Ciegamente, porque el progreso de los pueblos siempre ha ido parejo de su crecimiento demográfico y además, el sistema de libertad económica y política, llamado capitalismo, depende de un crecimiento constante para poder sostenerse.

La vuelta al soberanismo, sería pues una reacción lógica contra esas ideologías, defendidas por minorías poderosas y contrarias al pensar y al sentir de muchos más millones de personas. No sé cual va a ser el papel de España en esa pugna, pero hoy en día poco se puede esperar de la mayoría de nuestros partidos políticos, rendidos ya a esas ideas aunque en más de un caso no se corresponden con lo que interesa a la mayoría de sus votantes, simpatizantes y militantes. La solución sería apoyar a formaciones que se opusieran a esa globalización perniciosa, pero por ahora las que hay están más preocupadas por otras propuestas políticas, menos importantes porque se circunscriben solamente a España, y no se dan cuenta de que nuestra patria sólo fue grande de verdad cuando dejó de pensar en sí misma, aunque parezca una paradoja.

Pepe de Brantuas. Enero de 2017, en España.

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40 millones de apátridas celtibéricos…


o ninguna parte...

o ninguna parte…

Si yo quisiera afirmar que el señor Mas es un cobarde, se lo llamaría a él, no diría que los catalanes son cobardes; y si desease comunicar que Homs es un idiota kantiano, tampoco se me ocurriría llamar imbécil a Cataluña o a su pueblo. Aunque estoy seguro que llegado el caso, ambos personajes afirmarían, hipócritamente ofendidos, que yo estaba insultando a los catalanes y a Cataluña.

Esa auto-identificación a lo Luis XIV que hacen los nacionalistas al revestirse con el pueblo de su territorio, cual birrete, toga o bufanda, como si solamente ellos lo fuesen; o la tonta manía de hablar de España o de Madrid cuando se refieren al Gobierno central, no son coherentes y tampoco obligatorias para el resto de los ciudadanos. Si lo fuesen, yo no sería español porque no pertenezco al Gobierno

De una forma injusta, el nacionalismo nos convierte en apátridas virtuales a la mayoría de los ciudadanos al desterrarnos de aquí o de allá según les convenga en su discurso, en su propaganda, en su estrategia xenófoba, y es bastante estúpido hacerles el juego en la prensa, en las Cortes o en cualquier otro foro, cuando hablamos o escribimos en parecidos términos de Cataluña y España, de catalanes y españoles, como si nos refiriéramos a Haití y a Japón, entidades difícilmente asimilables.

Porque, un americano ignorante, un borracho noruego o un memo sudafricano (por poner tres ejemplos posibles) pueden considerar a Cataluña y a España como conjuntos disjuntos, sin intersección ni inclusión posible, o pueden fingir estar convencidos de que ETA mantuvo una guerra de liberación contra España; pero sería del género bobo (ése del que nadie habla, pero tanto abunda) el que nosotros pensásemos lo mismo.

En esto del discurso las palabras son llaves y herramientas de acción política. Si empezamos a emplear su jerga de propaganda, con descuido y papanatismo les estamos facilitando la labor a los estrategas del odio y la segregación. Y los ciudadanos deberíamos tener cuidado con ese maleficio lingüístico, porque, al final, quienes avalan con sus vidas y con su dinero los experimentos majaderos de los políticos, somos nosotros, los cada vez más apátridas celtibéricos por las acciones u omisiones de quienes dicen representarnos.

Esta semana, entre el barullo armado por los caciques del nordeste, nos colaron una ley pro-gay (hasta el momento única en España) los bien pensantes del Partido Popular de Galicia y sus acólitos de la oposición. A lo mejor estos listillos pensaban que no nos íbamos a enterar con el ruido de la sardana. Ya puestos a hacer burradas, si pretendiesen solucionar el retroceso demográfico de Galicia, más les valdría haber legalizado las comunas que ese engendro de la unión homosexual que acaban de equiparar con la familia.

Pero, en fin, esa es la época que nos ha tocado vivir y solo podremos estar con la conciencia tranquila si identificamos sus falsos discursos y actuamos en consecuencia, porque para toda esta cohorte de políticos el bien común debe estar limitado a sus pasiones, a sus intereses y, por lo que parece, al mundillo de machiegos y mujeriegas que ellos miman.

Pepe de Brantuas. Abril 2014, en España.

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