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Galicia: Razonar o “racionalizar”…


Razonar es lo normal que se espera de los seres humanos y no es imprescindible hacerlo siempre bien, acertar, porque entonces sería inhumano. Racionalizar es otra cosa, es el exceso presuntuoso del racionalismo, que parte de la premisa infundada de que la mente humana es capaz de alcanzarlo todo siempre que siga un método, un sistema, una lógica inexorable. El culpable de este último no es Hércules Poirot con sus células grises, sino Descartes y la implacable escuela filosófica que devino de él. De ella se han creado sistemas casi perfectos como el hegeliano o su versión materialista, el marxismo, pero con la tara inevitable de estar lejos de la realidad, de ser construcciones mentales que tratan de obligar al mundo y a la naturaleza a adaptarse a las ideas de sus creadores, sea esto posible o irremediablemente imposible.

¿O no?

¿O no?

Viene esto a cuento de la pataleta generalizada en la izquierda española, culta, cateta o ignorante, por la asombrosa victoria electoral del señor Feijoo. Yo les aseguro que no soy culpable, pero tampoco estoy molesto ni contento, acaso escandalizado, por el número de votos conseguido. La mayoría de los gallegos razonamos mucho, bien o mal, casi diría que demasiado, pero no somos racionalistas. Nuestra forma de razonar da mucha importancia a la experiencia, propia y ajena, que no a la experimentación, a tener los pies en la tierra, y a juzgar a la gente por lo que de verdad hace y no por lo que dice, sobre todo si el que habla viene de fuera, sobrado y despreciando al común de los mortales. Somos cautos, aunque a mucho payaso idiota le parezca cobardía, y no suelen irnos demasiado las reformas alocadas y a bote pronto. Acaso eso explique algo el resultado electoral.

Lo de los insultos de la izquierda, propia y ajena, nacionalista o no, necesita otra explicación cual es que viven en un mundo imaginario de filosofías políticas racionalistas que no encajan con nuestra realidad social y territorial, o con la de ningún otro lugar. Pero viven en ellas como los niños mimados en sus pueriles caprichos: quieren que la sociedad gallega se adapte a sus ideas porque, según ellos, son las buenas, las modernas, las progresistas, las honradas, las capaces, casi mágicamente, de solucionar todos los males, cuando en realidad huelen a viejo, cuando no a podrido. Y al no cumplirse sus deseos patalean como infantes contrariados.

Como no parece que sean capaces de hacer un examen serio de su derrota ni una vulgar autocrítica, el pueblo gallego seguirá dándoles la espalda y consolidando en la presidencia a personas como el señor Feijoo (sin que yo con esto pretenda quitarle ningún mérito a él ni a su partido), que ha legislado y gobernado demasiadas veces con ideas propias de la izquierda, introduciéndolas poco a poco, casi solapadamente, sin que la mayoría de la ciudadanía gallega se haya enterado. Dicho de otra manera, les ha robado las ideas prácticas (aunque algunas sean realmente nefastas) y les ha dejado sólo el discurso estéril, jactancioso e insultante, ahora, ante el descalabro, de rabieta infantil.

Pepe de Brantuas. Septiembre 2016, en España.

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La vida como esperanza para la libertad.


la nueva vida es esperanza

la nueva vida es esperanza

Cuando Hannah Arendt escribió su libro Los orígenes del totalitarismo habían pasado pocos años desde la derrota del nazismo y otros regímenes de ese estilo seguían vigentes: Rusia y China. En su obra muestra como ese tipo de gobierno (si se le puede llamar así) es algo nuevo en la historia de la humanidad y, a pesar de ser derrotado, añadía al final de su obra que era posible que permaneciese en el mundo como otros tipos de sistemas, (monarquía, república, dictadura, despotismo, tiranía) que habían aparecido en diferentes momentos históricos. Y así ha sido.

No obstante lo anterior, deja un resquicio a la esperanza pues dice que con cada final en la Historia hay un nuevo comienzo. Nuevo comienzo que, antes de convertirse en acontecimiento histórico, es la suprema capacidad del ser humano; políticamente, se identifica con la libertad del hombre. Y además, éste es garantizado por cada nuevo nacimiento; este comienzo es, desde luego, cada hombre. Cada persona que nace (independientemente de la sociedad en que lo hace) nace libre y es la esperanza de un futuro mejor.

Desde ese punto de vista, limitar los nacimientos o eliminar a los que ya han sido concebidos, es un atentado contra libertad, depravado y perverso. La planificación de la natalidad y el aborto son hoy en día los mejores aliados de los enemigos de la libertad; de aquellos que pretenden dominar a toda costa a los demás seres humanos; de quienes por su conservadurismo aberrante, egoísta y fanático, desean retener sus propiedades, su estilo de vida y su hegemonía sobre todo el género humano.

Por eso (y por muchas otras razones) suenan tan vacías y sin sentido esas frases de aquellos que defienden la permanencia del aborto libre y hablan de libertad, de derechos o de adecuarse al entorno europeo o a la sociedad plural de hoy. Que hoy provengan tan significadas desde el bando de la derecha no es una actitud progresista, sino que muestra la radicalidad de su conservadurismo, aliado de la muerte para mantener su posición y sus privilegios. Pues eso es, en última instancia, el control de la natalidad y el aborto: mantener a las sociedades envejecidas y conservadoras, más amantes de la seguridad que de la libertad, más proclives a la dictadura que a la democracia.

Pepe de Brantuas. Febrero de 2014, en España.

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