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De Henri Pirenne


La primera necesidad a la que había que enfrentarse era la de la defensa, tanto contra los sarracenos o los normandos como contra los príncipes vecinos. Así podemos ver, a partir del siglo IX, como cada territorio se cubre de fortalezas. Los textos coetáneos les dan los nombres más diversos: «castellum», «castrum», «oppidum», «urbs», «municipium»; la más corriente y, en todo caso, la más técnica de todas estas denominaciones es la de «burgus», palabra tomada de los germanos por el latín del Bajo Imperio y que se conserva en todas las lenguas modernas («burgo»,«burg»,«borough»,«bourg»,«borgo»).

Henri Pirenne. Las ciudades de la Edad Media. Alianza Editorial S. A., Madrid, 1985.
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2 diciembre, 2016 · 11:30

A Dios rogando y con el mazo dando…


Escribió Chesterton que el mundo europeo, cuando empezaban a forjarse las primeras naciones tras la caída de Roma, se vio súbitamente invadido y casi dominado por el Islam, de tal modo que no se pudo pensar en otra cosa que en lanzas y en espadas durante cerca de mil años. Ciertamente fue así, además de las cada vez más poderosas incursiones de los vikingos que, con el transcurso del tiempo, se consolidarían ya cristianizados en Francia, Inglaterra y Rusia. Islámicos y paganos nórdicos (tan idolatrados por las decadentes corrientes culturales de hoy) fueron la negación de la cultura primigenia de Europa y a punto estuvieron de truncarla en sus orígenes. Fue el cristianismo quien nos salvó en aquellos tiempos; oración y lucha o, como diría un español, a Dios rogando y con el mazo dando.

¿vuelta a los orígenes?

¿vuelta a los orígenes?

Ahora parece que volvemos a tener los mismos enemigos: el paganismo y el fanatismo islámico. Y digo parece porque la historia nunca se repite y ni uno ni el otro son lo mismo que antaño. Pero la solución, la de la guerra, que trata de mostrarse como la única, no puede ser para nosotros los cristianos una mera venganza que esté ausente de nuestras oraciones y de Dios. Acaso no quede más remedio que combatir, pero habrá que orar y pedir luces, para nosotros y para los que se muestran como nuestros enemigos. No podemos encerrarlos en sus países y que se maten entre ellos hasta que recuperen la cordura, entre otras muchas razones porque el mundo es ya global, guste o no, y además es imposible.

No deja de ser curioso que los antiguos vikingos usasen como metáfora de la batalla la asamblea de las espadas, y que los árabes originarios tuvieran una canción de la espada que tanto se parece, según cuentan, a lo que el Génesis pone en boca de Lamec, descendiente de Caín: Ada y Sela oíd mi voz; mujeres de Lamec, dad oídos a mis palabras. Por una herida mataré a un hombre. Y a un joven por un cardenal. Aparte, por supuesto, del paraíso, de las walquirias, para unos, y el de las huríes, para otros, eternas vírgenes. El premio a los que morían matando, en ambos casos tan lejano y contrario a lo nuestro, aunque a algunos no se lo parezca.

No duden que entre nosotros todavía hay vikingos con traje de seda y suculenta cuenta corriente, sólo que no creen en nada y la única solución que ven es la dominación del contrario, por el dinero o por las armas. Su solución no puede ser la nuestra, como no lo fue en el pasado, aunque hubo que luchar, eso sí, contra ésos y contra los otros. Y por supuesto la oración, sin ella es que no somos cristianos. Una cosa no puede ir sin la otra, porque nos enfrentamos a quienes no creen en la libertad y nada les importa nuestra tradición política moderna ni el pacifismo democrático que inspira.

Pepe de Brantuas. Mes de Difuntos de 2015, en España.

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