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La coherencia del Centro Político


El Centro Político, fue en origen una postura democristiana que pretendía mantenerse alejada del capitalismo, entendido como La Derecha, y del socialismo, esencia de La Izquierda. Tras la derrota de los fascismos, que también presumían de no ser derecha ni izquierda, evolucionó desde la II GM hacia un ejercicio o apología de la inconsistencia política. Que no es incoherencia, sino una coherencia con lo difuso, con la carencia de principios y, con la amoralidad práctica. Por eso no debería extrañarnos que partidos que presumen de centristas no sean nada cristianos y que, además, puedan pactar con cualquiera del espectro político.

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¿Un epitafio?


Cuando los historiadores galaicos Orosio e Hidacio escribieron sobre la época de las invasiones germánicas, su punto de vista era bastante opuesto. Para el primero eran casi de justicia contra un imperio, el romano, que había avasallado a innumerables pueblos, y además él encontraba en la simplicidad de los suevos una esperanza para el futuro. La opinión de Hidacio era catastrófica, apocalíptica podríamos decir, y sólo veía negrura y obscuridad para el futuro. El optimista y el pesimista, dirían algunos, pero en el fondo era la incapacidad para encontrar algo bueno entre tanto desastre que atenazaba a Hidacio, al revés que a su coetáneo que vislumbraba un renacer de la Fe y unos nuevos pueblos por evangelizar, como así ocurrió después. Aquello fue un gran parto, con sus dolores consecuentes, pero fue en la época que siguió cuando nació una nueva civilización y, específicamente la europea, con una identidad tan fuerte, a pesar de su división en pequeños reinos, que sembró en nuestros días el germen de la Unión Europea.

epitafio

Ese optimismo es el que parecen no tener Bernard-Henri Levy y los intelectuales firmantes de su manifiesto La Casa Europea en llamas. Más parece un epitafio de Europa con sus deudos distinguidos firmando la lápida, que algo intelectualmente elaborado. Parecen decir: sigan votando Vds. a los romanos porque los bárbaros nos van a destruir. Y todo podría venir de un espejismo muy propio de cierto liberalismo que no ve más glorias europeas que las de después del Renacimiento. Hasta puede que crean que Europa fue más Europa, con Felipe II y su Imperio hispano-portugués, con la Inglaterra Imperial de la reina Victoria o, acaso, con el intento fallido del imperio napoleónico; no lo sé y, si así fuese, dudo que lo reconociesen públicamente. Pero su incapacidad para ver la génesis en la Edad del Feudalismo Cristiano de todo lo bueno que aún se vive y se respira en nuestra Europa, una Era tan penetrada del providencialismo que ellos desprecian, les hace caer en un pesimismo nefasto, pernicioso y poco atractivo para movilizar a las masas a la acción que ellos pretenden.

No puedo decir que los firmantes sean cómplices de lo que está sucediendo, porque no los conozco a todos en profundidad. Pero estoy seguro de que lo han sido con su silencio cuando se pretendió que Europa aceptase una Constitución elaborada en gabinetes poco transparentes, que pretendía -y aún pretende- crear una cultura europea amorfa, negadora de las diferencias, del pasado histórico cristiano, y tratando de machacar todo lo que todavía es europeo de verdad porque es particular y propio de cada uno de los pueblos que forman La Unión, con excusas de lo más variopinto. Y estoy seguro, también, que lo han sido cuando se degeneró en este monstruo burocrático de tres cabezas, Parlamento, Consejo y Comisión, que tratan de obligar al cambio cultural, religioso o no, por la fuerza de las decisiones legales de cada una de esas testas, cada vez con mayor intromisión en las pequeñas sociedades y en la vida privada de los individuos.

Podría seguir añadiendo más cosas como su presunta neutralidad -o beligerancia hostil- ante los ataques a las vidas humanas más indefensas, ante la falta de respeto a la libertades de pensamiento y de expresión que suponen ideologías como la de género, la animalista radical, etc. que se pretenden imponer ya, sin miramientos, por la fuerza. Podría, pero no creo que fuesen capaces de entender que lo que ello llaman populismos están abonados en el sentimiento de impotencia del pueblo ante tanta majadería impuesta por una pedagogía ideológica y política que lo único que pretende es destruir la sociedad desde sus raíces: las familias y las pequeñas comunidades políticas, nacionales o no.

Mientras que no sean capaces de entender las verdaderas causas, manifiestos como éste no podrán ir más allá que un cuesco al viento.

Pepe de Brantuas. Enero de 2019, en España.

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