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Nemesiarcas, dactilócratas, multidoxos y otras especies.


Para los antiguos griegos Némesis era algo así como la representación de la venganza divina, pero también de la conciencia pública, y es que los seres humanos reunidos en manada a veces linchamos sin piedad y después tratamos de revestir la salvajada con justificación divina. Ahora, huérfanos de la divinidad, lo que idolatramos son personajillos que se arrogan el poder de la deidad nocturna para pedir que caiga el rayo justiciero sobre éste o aquél, en quienes personifican la maldad suprema. Seguro que si se le pudiera adjudicar un color a la diosa sería el rojo sangre o el morado, porque son los que más les gustan a los nuevos nemesiarcas.

o el disparate nacional...

o el disparate nacional…

El dedo acusador deja paso en otros al dedo elector o decisivo. Estos callan normalmente, pero cuando llega el momento oportuno señalan con su índice y mandan al cielo o al infierno al compañero de turno, según fuese servil o díscolo en la mente y los deseos del dactilócrata. Endémico personaje de nuestra partitocracia que nunca muere, como la mala hierba, y que anida en todos los vericuetos del poder, pero sobre todo en los de más arriba. Y así engrosan, por señalamiento, las listas de beneficiados, candidatos a mejor vida o a mantener la presente. A éstos no les busquen colores que de todos hay, que si no abrazan el Arco Iris será porque ya lo llevan envolviendo las partes íntimas.

Y, para cerrar el trípode, tenemos a toda esa fauna de opinantes en cualquier materia que les pete y les paguen por ella en tertulia televisada o programa basura de turno, sean indoctos o sofistas ocasionales, que tanto les importa un tema como otro, un ángel que un diablo o una ciencia como su ignorancia. Estos multidoxos son la comparsa efímera de movimientos políticos y sociales, cuando no la tribu fanática de los dos especímenes anteriores. No hay materia que escape a su heterodoxia ramplona ni santo que no apeen de la tarima. Y hasta son capaces de ponerse pleitos entre ellos por un quítame allá esas pajas, o por flor de cantueso que brota de su erudición.

Y el pueblo soberano, ¡ay!, con necesidad de formarse una idea que se aleje de lo turbio para ejercer, casi lo único que le dejan, para el mes que viene. ¡Hermenéutica difícil entre tanto alboroto barato! No hay consuelo, porque aquello de que buen vasallo si hubiera buen señor estaba bien cuando el vasallaje no podía casi nunca elegir a quien servir, pero no ahora que los señores de nuestras filas salen y con nuestro voto se encaraman en el estrado. Culpa nuestra y sangre de nuestra sangre, mal que nos pese, que muchos ya eran pequeños maleantes antes de que los encumbráramos y es que acaso no ponemos mucho empeño en rechazar entre nosotros lo que de ellos repudiamos. Y sino fíjense en los gárrulos del Nordeste que tan bien han burlado a los suyos.

Esta España nuestra parece almacén que liquida todo, pero no sé si es que ya no hay calidad que valga o lo poco que merece se trata de eliminar por cuatro perras.

¡Menos mal que diciembre es el mes de la Navidad!

Pepe de Brantuas. Mes de Difuntos de 2015, en España.

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La mágia de las palabras y los números.


Me resisto a la monotemática política, pero vuelve sobre mí aunque no quiera. Soy tolerante con los que creen en las magias numéricas o en las de las letras y palabras, sí por tolerante se entiende que los respete a ellos sin darle ni un gramo de credibilidad a sus creencias y disciplinas. Pero he de reconocer que, tras unas elecciones, todo parece volverse discurso de augures y pitias que dan su versión, a cual más loca, de los resultados finales, con una evidente falta de respeto a las verdaderas razones por las cuales cada persona votó de determinada manera; que siempre presumen conocer no sólo individualmente, sino a grosso modo por facciones y banderías.

o la frivolidad política

o la frivolidad política

Y lo digo con cierto desprecio para los exegetas, porque cada persona toma de lo que los políticos quieren aquello que le mueve a votar, y a veces eso procede del contrincante de aquel a quien benefician con su sufragio, de su aspecto o de alguna desafortunada declaración. Con más razón, en las del día 27, tan falsamente plebiscitarias como absurdamente políticas, porque no atienden a los problemas ciudadanos para cuya resolución las aprobaron los legisladores. No basta publicar a los cuatro vientos que se es demócrata, o que tal o cual posición responde a ese ideal, o incluso justificar el discurso propio en tal forma, si lo que se está haciendo en realidad es desvirtuar la ley, pervertir el sistema, para conseguir objetivos que trascienden o destruyen a ambos.

La Democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, pero requiere que aquellos que la lideran crean en ella, en sus leyes y en sus métodos o sus mecanismos. Si no es así, aunque las apariencias exteriores engañen a la mayoría, no son más que puro teatro, comedia, drama o tragedia, según el caso, y a medio plazo se derrumban como la cáscara de un huevo vacío arrastrado por el viento. Fondo y forma son inseparables, pero es en el arte político democrático donde más se nos muestra esa unión, porque administra la voluntad de las mayorías, o de las minorías mayoritarias, no el mero capricho y la arbitrariedad de una camarilla o de un tirano como sucede en los demás regímenes, sea cual sea el aspecto, moderno o tradicional, con el que se vista la dictadura.

De Cataluña se pueden decir muchas cosas, buenas y malas, pero de estas elecciones nada bueno se puede decir porque son una perversión interesada del sistema, una burla cínica de la propia ley, y hablar de ganadores y perdedores, si a los políticos se refiere, es pura especulación de augures y agoreros, sean del bando que sean, se basen en números o en palabras vanas. El pueblo una vez más ha perdido, no por el resultado, sino por el planteamiento burlesco y falsario, y porque será quien pague los cristales rotos y la frivolidad intolerante de los organizadores. Como siempre.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2015, en España.

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Reflexión.


Y digo yo, por qué no; si es el día, reflexionemos.

o lo lamentarás...

o lo lamentarás…

Reflexionar no es volver a hacer flexiones, ni intentar muchas veces flexionar una cosa a ver si se rompe —aunque esto a algunos les gustaría—, ni orinar sobre el flexo de la mesita de noche, que para eso están las bacinillas. Es, si la Academia no se reunió de repente y decidió mudar el significado, dadas las curiosas costumbres ciudadanas en tales días como el presente, es volver a pensar un asunto o retomar de nuevo su estudio. Es ejercicio, aunque a muchos no se lo parezca, que conlleva esfuerzo y consume azúcares, el alimento del cerebro. Tanto que si pensáramos más a menudo no tendríamos que hacer tanta bici o correr por las calles con pinta de payasos y sufriendo como enanos. Claro que los políticos en general prefieren que gastemos calorías con una gimnasia casi militar, a que pongamos en funcionamiento nuestras neuronas con método y tenacidad, porque lo primero produce relajación, algo tontuna, y gasta nuestras energías sobrantes, que necesitaríamos si hiciésemos lo segundo y descubriéramos sus tejemanejes poniendo fuerte empeño en corregirlos eficazmente.

Supongo que, por la misma razón, las elecciones son los domingos y el día de pensar el sábado. Trasnochar el viernes, comida familiar al día siguiente, resacas, somnolencias, llega el domingo y como no vayas a misa por la razón que sea, que siempre despeja la mente, te encuentras metiendo un sobre en una urna sin saber muy bien por qué no votaste a otros esta vez o, lo que es peor, despiertas de la siesta justo después del cierre de los colegios electorales, y más allá es lunes, vuelta al trabajo, o a buscarlo, con el efecto añadido de haberte comportado como un idiota el fin de semana; y esto último se encargarán los políticos de que te quede bien claro durante años; aunque en Cataluña puede que meses, pues vistos los precedentes las elecciones pueden acabar siendo semestrales.

Si reflexionas te darás cuenta de que los sentires no son muy racionales, vienen más bien de las tripas, o de más abajo —de allí a los pies hay trecho—, por eso es mejor no entrar en trapos ajenos que pueden estar llenos de mocos. Procede más hablar de considerar-se o de saber-se, que exigen algo de conocimiento de sí mismo, de uso de las neuronas, de verse intelectualmente en un espejo o en un selfie, que parece más moderno. Y no sólo de saberse ahora, sino también como éramos o lo que éramos, nosotros y los demás, y de pensar si dejamos de ser lo que fuimos o lo seguimos siendo, por muchas arrugas que salgan en el retrato, si hemos perdido la identidad o todavía la mantenemos; la identidad personal, por supuesto, no esa que llaman colectiva, que no se sabe muy bien donde mora como no sea en la imaginación de algunos políticos. Y podría ser que nos diésemos cuenta de que seguimos siendo fulanito de tal o menganita de cual, con sus derechos y obligaciones, que las hay, lo mismo que nuestros familiares y vecinos, y el primo de Andorra y la tía de Almería, y que esa niebla viscosa que nos ha enturbiado la vista estos meses o años, vía política o social, empezase a despejarse.

Más que nada es necesario pensar para descubrir que las personas no dejamos de ser lo que somos por capricho de un mandatario, de un grupo de iluminados o de una tribu de facciosos aduladores que están empeñados en que nos creamos superhombres o supermujeres. Es necesario para entender su empeño, para adivinar los intereses que ocultan, que trapisondas pretenden, porque podría ser que eso a lo que aspiran, o lo que anhelan, fuese tu perdición, tu ruina, el hundimiento de todo por lo que has luchado en la vida, o una simple y onerosa tomadura de pelo.

Lo dicho, hay que reflexionar hoy e ir a misa mañana, aunque no te acuerdes la última vez que fuiste y el cura se empeñe en decirte lo que debes votar, que alguno habrá, y después, no te quepa duda, hay que actuar.

Ahora ya me puedo tomar unos azucarillos…

Pepe de Brantuas. 26 de septiembre de 2015, en España.

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Una mala película en un mal cine de barrio…


La verdad que no presto demasiada atención a las elecciones catalanas. No es que no me importen, sino que tengo la impresión de estar ante una pésima representación, con guion mediocre y malos actores. Una de tantas que financiamos todos los españoles para que después se rían en nuestra cara los presuntos intelectuales que las dirigen o las representan; los truebas de turno. Además, por mucho que parezca novedad, no es más que un sombrío episodio de una larga serie con final incierto, porque carece del mínimo de lógica para ser coherente.

En blanco y negro, todo es falso...

En blanco y negro, todo es falso…

La postal es de 1938 y fue enviada poco después de ser ocupado el Valle de Arán por las tropas de Franco. Tiene la ternura de las fotos antiguas, pero no cabe duda de que la vida en el valle, como en toda Cataluña, padecía la incomprensión violenta de los dos bandos, pues uno la había ejercido y después comenzaba el otro con no menos tétrico esmero. Y a esa situación se habría llegado en pocos años de ideologías opresoras, nada tolerantes con quien discrepara, aunque solo fuese en apariencia, con la dominadora del momento.

No creo en las repeticiones de la Historia ni en sus vaivenes cíclicos, entre muchas razones porque son imposibles. Cambian las personas y cambian las situaciones sociales, que son lo fundamental, y por tanto muda la Historia. Pero sí creo en las pasiones humanas, en sus más honrosas aspiraciones y sus más abyectas inclinaciones. Y si predominan las segundas no negaré que puedan cometerse crímenes que se parezcan a los del pasado. Las sociedades soportan mal los cambios bruscos que desestabilizan momentos prósperos y tranquilos, y la nuestra no es ninguna excepción.

Cierto que la democracia permite a los pueblos que elijan a sus gobernantes y también, por eso, lleva a suicidios colectivos, como los del siglo pasado, y a algunos del presente en otras latitudes no europeas. Pero, en casi todos esos casos, lo más perjudicial ha sido la pereza intelectual de muchos que permanecieron al margen por una inercia acomodaticia, que no les dejó ir a votar porque se sentían desafectos a cualquier ideología; mucho más perjudicial que quienes votaron efectivamente a los tiranos o a los demagogos de turno.

En la propaganda demagógica siempre hay una vertiente que intenta desmotivar o desmoralizar a quien no le conviene que intervenga. A quien desean que permanezca en casa, al margen de todo el proceso, intentando convencerlo de que nada va a cambiar o que, si lo hace, le favorecerá seguramente. Cuando se controlan muchos medios de comunicación, por servilismo o militancia de sus miembros, no cuesta demasiado difundir esa impresión, llegando incluso a conseguir que algunos de sus oponentes más pertinaces comiencen a pensar que no tienen ninguna posibilidad de cambiar las cosas.

Por supuesto, todo es un espejismo inducido y nada es eterno (el nacionalismo tampoco) si el sentido común de los ciudadanos se sobrepone a la demagogia y a la mediocridad de los políticos. Sentido común del que siempre presumieron los catalanes y que yo deseo que no sea una mera presunción.

Pepe de Brantuas. Septiembre de 2015, en España.

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