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Víctimas del terrorismo: ¿pasado o futuro?


(Victims of Terrorism: past or future?)

Víctimas del terrorismo

La actitud de muchos políticos en estos días pasa de los insultos a las víctimas de ETA por parte del estercolero del nacionalismo vasco a los consejos del señor Durán para que éstas renuncien a la justicia, comparándola con la venganza. Entre ambas posturas hay quienes les restan legitimidad para intervenir en cualquier decisión política que afecte a los terroristas o al País Vasco, unos con el argumento necio de que no se presentan a las elecciones, otros con la pretensión absurda de ser ellos los elegidos para decidir y los de más allá con el penoso intento de equipararlas a los criminales presos o a sus cómplices muertos.

Lo que en principio muestra todo este hatajo de opiniones y majaderías es que el conjunto de las víctimas y sus asociaciones estorban a los interesados y cómplices de ese pacifismo barato. La situación no es nueva. Desde la transición a la democracia, los afectados por los atentados terroristas han sufrido el ostracismo social y político de la mayoría de la sociedad española. Se tardaron muchos años y muchas víctimas en reconocer su sufrimiento. Y ese retraso ha sido, sin lugar a dudas, uno de los factores que permitieron a la banda terrorista prorrogar en el tiempo su final.

Dejando a un lado a quienes por cobardía o por equivocada conveniencia política guardaron silencio, miraron para otro lado o se dejaron llevar por una postura falsamente neutral con los muertos y sus familiares, debemos hacer hincapié en quienes se beneficiaron de su postura. Para todos aquellos que el marco constitucional español no era más que una solución temporal de compromiso, la actividad de ETA era un agente interesante para debilitar el sistema, aunque no lo reconocieran públicamente. La parábola del árbol y las nueces sería aplicable no sólo a quien la dijo, sino a otros como se ha visto después.

Hoy nos encontramos una vez más en una encrucijada importante para España. La de ETA no sería nada más que una pequeña parte si no fuese porque se intenta otra vez dejar a las víctimas y sus asociaciones en un segundo o tercer plano como si fuesen ya algo del pasado. Y se intenta, precisamente, porque son imprescindibles para reafirmar el Estado de Derecho, la democracia, la libertad y la igualdad en España. Quizás ellas no lo sepan, pero son fundamentales para oponerse a los que pretenden modificar nuestra sociedad y nuestra patria por vías antidemocráticas, contrarias a la Constitución y a las leyes.

Las víctimas y sus asociaciones son presente, y serán futuro si la mayoría de los españoles impedimos que sean una vez más marginadas del lugar que les corresponde. Lugar destacado en la doble vertiente de ser defensoras de los afectados y, también, de ser un obstáculo real para quienes desean acabar con el sistema democrático que todavía tenemos.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2011, en España.

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El pacto de Estado y la caverna


Uno de los muchos hartazgos a los que llegamos los ciudadanos durante las campañas electorales es por tener que desayunar a menudo con pactos de Estado. Y no necesariamente con cualquier asunto, sino con aquel que las dos grandes formaciones políticas, PP y PSOE, han decidido que no debe ser tema electoral por ser de interés general. Pero en el fondo, con la hipócrita intención de acusar al contrario de usarlo de forma partidista durante ese período previo a las urnas. Si los principales líderes parecen mantener el trato, el tema se arrastra por los más bajos tugurios mitineros y por los publicistas sectarios de cada una de las facciones.

Y eso es lo que está pasando en este momento desde que la demócida banda armada, ETA, nos regaló uno de sus panfletos con promesas, futuribles y exigencias varias. Era un convencimiento general que el PSOE en su zozobra política iría a agarrarse al folleto de los terroristas, si se publicase antes del 20N, como si fuera una lancha fueraborda. Pero nadie podría sospechar, salvo los siempre bien informados, que el PP fuese a hacer tan pobre papel de hematonauta advenedizo.

El problema de esta especie de pacto de sangre es que todos los similares son contra alguien. No es un contrato de mutuo beneficio, sino de no agresión entre iguales con perjuicio de terceros. Y como los terceros no pueden ser los del akelarre macabro de los nacionalistas vascos, levoterios y dextroterios, que usufructúan el aparente cadáver de una ETA putrefacta, no quedan más que quienes no se creen la bondad de la buena nueva ni aceptan sus evidentes consecuencias prácticas para España: las asociaciones de víctimas y una parte de la población española, quienes aún conservan útiles sus cabezas.

Enfrente de estos últimos, toda una legión de candorosos ciudadanos, ilustres zoquetes, politicastros con alma de descuidero, sórdidos gacetilleros, facciosos de sentido único, petimetres del pensamiento débil, faranduleros devenidos en augures y sus versiones femeninas correspondientes, se han instalado en las murallas de lo cómodo y presunto, y disparan contra todo lo que afuera se mueve, como si el enemigo estuviese allí y no entre ellos, en el caballo de Troya de su miedo, de su conformidad, de su negligencia o de su complicidad.

Hay que reconocer en este caso que están arropados por cosmopolitas individualidades. Desde las entrañas del Financial Times hasta las zahurdas de Londres, desde los gansos de Noruega a la escoria de las minas de África, no les faltan voces que les empujen, pero todos soplan en el mismo sentido y eso bastaría para sospechar de su sinceridad. No hay discrepancias en esa elite advenediza que señala con su dedo hacia el mismo sitio.

Por ahora todos esos agoreros garantes de la paz y del olvido parecen ser mayoría, pero acaso todo cambie si su verdad altisonante se nos descubre como embuste maquillado por connivencias nauseabundas. Mientras tanto habrá que resistir incluso desde esa caverna en la cual los bienpensantes creen habernos recluido, pero que es palacio honroso para quienes defienden la vida, la libertad, la justicia y el Estado de Derecho.

Pepe de Brantuas.  Octubre de 2011, en España.

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