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Ley Electoral: Impedir un derecho o penalizar el fracaso.


(Electoral Law: Preventing a right or penalize failure)

Pluralismo de colores

Si alguien quisiera cargarse las Olimpiadas bastaría que estableciese una dura condición de participación para aquellos que no hubiesen llegado a las finales en su anterior edición: el 0,1 % de las firmas de todos los atletas federados en su país de origen. Pues semejante disparate es el que aprobaron en enero nuestros diputados y senadores para incluirlo en el artículo 169, con la honrosa excepción del Señor Mur, senador por Aragón, que se opuso con voz y voto.

Nuestra maltrecha Constitución establece que las leyes orgánicas que regulen los derechos fundamentales deben respetar su contenido esencial. Pero la reforma aprobada no solo no lo respeta sino que va en contra del artículo 14 de la misma, al no exigir idéntico requisito para los partidos que ya tienen representación en las Cortes: Es un acto de discriminación con aquellas ideologías electorales, todavía no representadas en las cámaras.

Como comentamos anteriormente, en la justificación se hablaba de seriedad electoral, cuando en la realidad es una cuchufleta de mal gusto contra la democracia. Lo extraño de todo el asunto es que se hizo de tapadillo con cierta connivencia de los medios de comunicación. Hasta siete meses después de la reforma no comenzaron a salir en la prensa las trabas a las nuevas candidaturas. Parece ser que las intenciones electorales de un nuevo partido han llevado al ABC, a El Mundo, a El Confidencial y a algún otro, a publicar la insensata medida en la Red. Semanas antes ya había aparecido en Twitter por parte de otra formación política.

No es una medida contra los indignados, como dicen algunos de los medios, sino contra toda la sociedad española. Si se pretendía penalizar el fracaso debería aplicarse a todas las formaciones políticas, porque ninguna consigue que se elijan todos sus candidatos ni en todas las circunscripciones. Además, para no perjudicar directamente el pluralismo político se podría sustituir las firmas por una fianza por candidato equivalente a la mitad del Sueldo Mínimo Interprofesional, cantidad aceptable para cualquiera, que le sería devuelta según el número de personas electas. El resto del dinero iría para compensar el gasto electoral.

También llama la atención que la Junta Electoral Central no se plantee la posible inconstitucionalidad del artículo 169.3 y eleve consulta al TC. Si fuese declarado inconstitucional con posterioridad a las elecciones, ¿qué legitimidad tendrían los diputados y senadores elegidos?

El 15M callejero sigue con sus concentraciones, alborotos y sentadas al margen del veto electoral de los grandes partidos. Este derecho parece importarles menos que oponerse a la visita del Papa. Pero hay otro 15M más numeroso y sensato, como muestran las encuestas, que cree en el sistema electoral siempre que se deje presentar en los comicios a nuevos partidos y candidaturas. Y es que si una persona es demócrata de verdad ¿no está obligada a apoyar el derecho de sufragio en igualdad para todos?

Lo cierto es que hemos dejado atrás una ley electoral preconstitucional que era más democrática que la nueva aprobada en democracia. ¡Vivir para ver!

Pepe de Brantuas. Agosto  de 2011, en Barataria.

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Naziosos, neofascistas, tiranos, totalitarios…, ¿qué son?


Cuando Tocqueville escribía sobre las nuevas tiranías que vislumbraba en el porvenir reconocía que no podía darles nombre, porque no se parecerían a nada de lo anterior. Con el siglo XX llegaron los totalitarismos marxistas, el nazismo, el fascismo y los similares a ellos, pero aún siendo en la praxis comunes en sus consecuencias para la libertad de las personas y el empobrecimiento vital de la sociedad, mantenían y mantienen unos orígenes teóricos diferentes, o acaso divergentes. Por esa misma razón, aunque se puede asumir el término totalitario para designar tendencias o regímenes de hoy en día, no es fácil llamarles nazis, fascistas, stalinistas o maoístas, porque esas denominaciones son particulares de sistemas tiránicos específicos.

Mayor problema hay cuando se trata de ideologías que han ido perdiendo la esencia teórica y se manifiestan en la práctica contrarias al propio nombre de origen. Un caso claro es la socialdemocracia que fue perdiendo casi todo lo que tenía de social y en algunos lugares, como España, parece dispuesta a perder lo democrático. El Partido Socialista Obrero Español nada tiene ya de obrero, muy poco de español y casi nada de socialista. Hay que reconocer que nunca añadieron el adjetivo de democrático, a pesar de estar integrados en la socialdemocracia europea y, a lo mejor, por esa razón les cuesta menos actuar políticamente contra ese concepto.

Para poder calificar las acciones de este gobierno utilicé en otras ocasiones el término nazioso, con toda su carga peyorativa, pero separando lo teórico de los hechos concretos. Sin embargo, dado que el Fascismo fue, más que el Nazismo, un hijo tonto o degenerado del socialismo, creo que el término menos  inapropiado sería el de neofascismo. Porque no cabe duda que las restricciones para presentarse a unas elecciones son en esencia tan antidemocráticas como la ideología italiana, ya que pretenden consolidar a los partidos oficiales. Y eso es lo que aprobó el PSOE con el obtuso apoyo del PP, del PNV y de CIU. De poco vale decir que fue una amplia mayoría de las Cortes, porque en Alemania fue también el parlamento quien dio poderes absolutos a Hitler para acabar con la democracia.

Por si esto no fuera poco, con una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal se pretende restringir la libertad de prensa y la acción popular en los juicios penales. Sin la intervención de los medios de comunicación y sin esa acusación del pueblo la mayoría de los casos de corrupción política, el del chivatazo a ETA y el de terrorismo del Gal estarían hoy sin juzgar. Lo que se pretende pues es blindar a los que están en el poder, en sus desmanes y depravaciones varias. Evitar que los ciudadanos puedan impulsar la acción de la justicia, ante la inoperancia de las instituciones o ante su connivencia.

Poca importancia tiene que los promotores de esas leyes se ufanen en calificarlas de avanzadas. También los totalitarios del siglo XX estaban convencidos de ser un progreso para las sociedades que tiranizaron. Y en cierto modo lo fueron, porque nunca antes se habían cometido crímenes de tal magnitud.

Pepe de Brantuas. Julio  de 2011, en Barataria.

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