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El fabuloso mundo del…


¿Se imaginan Vds. que los premios Nobel, los Oscar, o de cualquier otro certamen de prestigio, se los dieran todos los años a los mismos? Pues ya ven, media España preocupada por quien recibía el Balón de Oro de éste año, si el moro o el cristiano; porque la otra media pasa del asunto con buen criterio y, además de ocuparse de sobrevivir, mira hacia el porvenir con cierto recelo. Y eso porque los postes y la carpa de un nuevo circo se están levantando en el Noreste. El espectáculo está asegurado, aunque no haya más que animales bípedos bajo su lona, excepto el cojo mantecas de turno, pero nadie parece saber en qué va a terminar la función y se supone que nos va a salir todo por un ojo de la cara, a los ciudadanos, para variar, y puede que llevemos parte de los latigazos, que son algunos de ellos muy animalistas.

¡¡¡Circo!!!

¡¡¡Circo!!!

Los etnicistas de hecho, de derecho y algunos vergonzantes, por no decir sinvergüenzas, quieren ser principales actores en la representación que se avecina, como si se pudiera arreglar todo con las normas de reparto del botín que eran de antigua usanza en el Caribe. Los que están seguros de que el Tesoro Español lo seguirá siendo mientras siga unido no parecen ser mayoría, ya que algunos parecen estar inclinados a la codicia de llevarse un cacho, aunque sea póstumo. A cuartas, medias y terceras partes, parece que por ahora se conforman con tener su lote en las Cortes, mientras no se decide de una vez quien va a gobernar los próximos dos años; porque decir cuatro acaso sea mucho presumir. Todas las entelequias electorales han devenido en imposibles por falta de quorum imprescindible, pero siguen dando vueltas en las cabezas de muchos elegidos, como si todos ellos tuviesen la mayoría absoluta y parte de la minoría opositora, y no caen en la cuenta de la precariedad real.

Si la política es el arte de lo posible en los meses venideros va a tener que haber mucho arte o no habrá política que valga. La esperanza es lo último que se pierde, sobre todo porque los ciudadanos somos espectadores obligatorios encadenados a los palcos, las butacas o los escaños del gallinero, y poco podemos hacer como no sea patalear, aplaudir o silbar, según se desarrolle la trama, los actores desempeñen sus papeles y a los que quieren quemar el corralillo se les mantenga a raya. Pero yo me apuntaría, si alguien estuviera dispuesto a convocar un referéndum, a prohibirles toda cosa que no fuese pan y agua, y cualquier tipo de fornicio; nada de drogas, medicinales o no, hasta que saquen adelante un gobierno, que es para lo que les hemos votado la mayoría.

Pepe de Brantuas. Enero de 2016, en España.

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Dialogar, negociar, ceder, rendir,…


No son sinónimos, aunque a muchos se lo puede parecer. Rendir siempre se rinde algo, se cede, negociadamente o no, pero con un mínimo de diálogo, aunque solo sea el mismo que hay entre quien manda y obedece. Pero si nos damos una vuelta por los diccionarios veremos que bien se puede decir que dialogar es discutir o tratar en busca de avenencia. Negociar, tratar asuntos públicos o privados buscando su mejor logro para el que negocia. Ceder es dar, transferir, traspasar a otro una cosa, acción o derecho. Y rendir, también es dar o entregar, pero acaso sin condición ni vuelta a atrás.

Demasiado molino para tan malos quijotes...

Demasiado molino para tan malos quijotes…

Siempre es bueno dialogar aunque solo sea para hablar del tiempo, porque es lo que nos hace humanos. Y por mucho que se diga que con en diablo no se negocia, dar tal categoría a un bipedo pensante acaso sea exagerado, por eso se debe intentar, salvo que mentiras y traiciones reiteradas nos muestren que es inútil. A veces lo necesitamos para negociar buscando puntos comunes de acuerdo o para eliminar desacuerdos soslayables, pero es ya un arte mayor del toma y daca, de ceder y amarrar allí donde no se puede conceder, pero debe hacerse entre iguales en reglas e intenciones.

Todo tiene sus tiempos y su momento y, pasados éstos, deviene en imposible cualquier intento de negocio que no sea una mera cesión unilateral; y si la cesión es grande y sin contrapartidas, es rendición. Y sucede en la vida real a los ciudadanos por múltiples causas y circunstancias. También, lo hemos visto durante varios lustros entre políticos, esos que teóricamente nos representan, que de tanto dialogar han cedido mucho y acaso hayan rendido lo que restaba. Lo vimos con el terrorismo nacionalista de ETA y lo empezamos a atisbar con el golpe soberanista de los secesionistas catalanes. De viejos diálogos, que decían no ser negociaciones, devinieron cesiones que están a las puertas de ser rendición incondicinal.

A muchos, cada vez a mayor número, nos parece que los tiempos de dialogar y negociar ya han pasado. Y todo lo que se nos pretende vender con ese nombre no son más que cesiones incondicionales a cambio de una especie de efímero armisticio, que durará hasta que los de siempre decidan pedir más y poner de nuevo a toda la sociedad en la picota o en el peligro de caer, una vez más, en el mimetismo destructivo. Mimetismo, sí: ¿Acaso piensan que hemos olvidado que la última reforma del Estatuto Catalán llevó a los, hasta hora, principales partidos de España a llevar adelante las suyas en las respectivas taifas de Andalucía y Valencia, con la agravante de que no pasaron por el tamiz del Tribunal Constitucional?

Más nos valdría a todos que nos gobernase Monipodio, que no los viejos y los nuevos que hablan de reformas, diálogos y negociaciones, ante el enésimo desafío de facciosos territoriales, vulgo nacionalistas. ¡Ahorraríamos gastos y dispendios!

Pepe de Brantuas. Mes de Difuntos de 2015, en España.

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Dilema: España y los españoles o el Estado Autonómico.


El tener cierta edad y haber sido testigo consciente –que los hay que no- de los avatares políticos de tu patria tiene la gran ventaja de pillar los gazapos y despropósitos que nos tratan de colar los políticos y aquellos que viven en sus arrabales del interés; mantenidos les llamarían antaño. Cuando una gran mayoría de españoles votamos por la Constitución en 1978, votamos un texto legal que parecía ser un mecanismo eficaz para defender nuestros derechos (humanos) y que proponía otros dispositivos para enmendar problemas históricos de una nación plural como la nuestra. Pero no se sabía cuál sería el desarrollo posterior de algunos de ellos, entre otras razones, porque el nivel de juristas y políticos era muy alto (ya quisiéramos ahora que fuese igual), pero no había augures ni adivinas entre los constituyentes.

Esa es la cuestión...

Esa es la cuestión…

Ahora resulta, con la sublevación catalana en danza, que el presidente gallego, el Sr. Feijoo, ha hecho una declaración institucional de apoyo a la legalidad vigente. Nada tendría que objetar si no hiciera demasiado hincapié en que esa rebelión constituye un desafío al conjunto del Estado de las Autonomías. Porque, en realidad, es un desafío a la Ley, a todos los ciudadanos españoles (gallegos y catalanes incluidos) y a España como patria común de todos. Sí señores, esa España de las Autonomías, que ya era una nación plural antes de que se desarrollase el Título VIII y todo aquello que permitiría, pero que en aquel momento se ignoraba hasta donde llegaría. Tanto se ignoraba que, ante la posibilidad de que sólo se constituyesen en Comunidades Autónomas las llamadas nacionalidades históricas, que ya tenían un estatuto aprobado por las cortes republicanas, se mantuvieron las Diputaciones Provinciales herederas del centralismo decimonónico.

Si algo ha mostrado a estas alturas el Estado Autonómico es que necesita una reforma racionalizadora que clarifique el límite de las competencias autonómicas y el de aquellas que jamás debieron ni deben –a mi entender- ser transferidas a nivel territorial. Entre otras razones, porque son las grandes causantes de la deuda de las Comunidades y de la desigualdad entre todos los españoles. Una España descentralizada es posible más allá, o más acá, del cacareado Estado Autonómico, llámesele como se le llame, sin poner en peligro la estabilidad económica ni el mínimo de cohesión que debe tener una nación plural como la nuestra. A eso se debería emplear con ahínco cualquier gobernante que crea en España, además de defender la lengua, la cultura y la historia de la comunidad que gobierna. Lo demás es palabrería o interés en perpetuar a tribus de mantenidos a costa de todos los ciudadanos.

La mayoría de los que apoyamos a la naciente organización autonómica lo hicimos en su momento porque pensábamos que era un derecho que teníamos como ciudadanos, con nuestra lengua, historia y cultura específicas que tanto habían sido maltratadas o desatendidas en los siglos anteriores. No se buscaba la imposición, sino el libre ejercicio; no se deseaba un microestado, sino un adecuado reparto del poder como en cualquier democracia liberal y de derecho; no queríamos una suerte de cabezas de ratón inflando cada vez más los propios presupuestos para mayor gloria de mentes mezquinas y totalitarias, sino unos gobernantes más fáciles de controlar por nosotros. Si aquello devino en esto de ahora, es necesario cambiarlo.

Puede que el Sr. Feijoo tenga encuestas que le muestren como la bravuconada catalanista está produciendo un desapego importante de los españoles hacia su querido Estado Autonómico, no lo sé, pero si eso consigue de una vez por todas que se reforme esa estructura (que cada vez parece más monstruosa) de forma racional y eficiente, para algo habrá valido.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2015, en España.

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La mágia de las palabras y los números.


Me resisto a la monotemática política, pero vuelve sobre mí aunque no quiera. Soy tolerante con los que creen en las magias numéricas o en las de las letras y palabras, sí por tolerante se entiende que los respete a ellos sin darle ni un gramo de credibilidad a sus creencias y disciplinas. Pero he de reconocer que, tras unas elecciones, todo parece volverse discurso de augures y pitias que dan su versión, a cual más loca, de los resultados finales, con una evidente falta de respeto a las verdaderas razones por las cuales cada persona votó de determinada manera; que siempre presumen conocer no sólo individualmente, sino a grosso modo por facciones y banderías.

o la frivolidad política

o la frivolidad política

Y lo digo con cierto desprecio para los exegetas, porque cada persona toma de lo que los políticos quieren aquello que le mueve a votar, y a veces eso procede del contrincante de aquel a quien benefician con su sufragio, de su aspecto o de alguna desafortunada declaración. Con más razón, en las del día 27, tan falsamente plebiscitarias como absurdamente políticas, porque no atienden a los problemas ciudadanos para cuya resolución las aprobaron los legisladores. No basta publicar a los cuatro vientos que se es demócrata, o que tal o cual posición responde a ese ideal, o incluso justificar el discurso propio en tal forma, si lo que se está haciendo en realidad es desvirtuar la ley, pervertir el sistema, para conseguir objetivos que trascienden o destruyen a ambos.

La Democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos, pero requiere que aquellos que la lideran crean en ella, en sus leyes y en sus métodos o sus mecanismos. Si no es así, aunque las apariencias exteriores engañen a la mayoría, no son más que puro teatro, comedia, drama o tragedia, según el caso, y a medio plazo se derrumban como la cáscara de un huevo vacío arrastrado por el viento. Fondo y forma son inseparables, pero es en el arte político democrático donde más se nos muestra esa unión, porque administra la voluntad de las mayorías, o de las minorías mayoritarias, no el mero capricho y la arbitrariedad de una camarilla o de un tirano como sucede en los demás regímenes, sea cual sea el aspecto, moderno o tradicional, con el que se vista la dictadura.

De Cataluña se pueden decir muchas cosas, buenas y malas, pero de estas elecciones nada bueno se puede decir porque son una perversión interesada del sistema, una burla cínica de la propia ley, y hablar de ganadores y perdedores, si a los políticos se refiere, es pura especulación de augures y agoreros, sean del bando que sean, se basen en números o en palabras vanas. El pueblo una vez más ha perdido, no por el resultado, sino por el planteamiento burlesco y falsario, y porque será quien pague los cristales rotos y la frivolidad intolerante de los organizadores. Como siempre.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2015, en España.

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