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De lo festivo y pacífico como argumento político.


Argumentos circenses...

Argumentos circenses…

Desde que empezó la mudanza del catalanismo político a secesionismo vulgar, por aquello de que si no me pagas me voy, hemos escuchado más de una vez a sus orates públicos, que no oradores, calificar de pacífica y festiva cualquier cosa que hiciesen con ánimo reivindicador, como si eso le diese aureola democrática y meta-jurídica por encima de lo defendido por sus oponentes. El argumento es bobo, pero ha tenido la consecuencia de hacer mella intelectual en quienes sí tienen la obligación de defender la ley y, por tanto, la única democracia verdadera que ha conocido España en toda su historia.

Ni que decir tiene que en nuestra patria hay cada año miles de actos pacíficos y festivos que no tienen consecuencias políticas ni legales, como tampoco añaden nada a la democracia ni se les puede calificar de democráticos porque también los hay similares en dictaduras, como muchos de ellos hubo en la nuestra. Sobran ejemplos de lo pacífico y festivo en cualquier tiranía de medio pelo, como en aquellos regímenes totalitarios por todos conocidos para ser tan necio de dar a esos adjetivos el carácter sustantivo que pretende el secesionismo catalanista.

Pacífica y festiva es la acción del hábil carterista que te hurta la cartera en una verbena, como la de esos corruptos que todos estamos conociendo que se gastaban en mariscadas el dinero para los parados o pagaban en burdeles con tarjetas opacas y con dinero público sus viajes de placer. La consecuencia jurídica de estas acciones no puede ser el aplaudirles la ganancia y darles más capital para que se lo gasten lúdica y serenamente, sino el de juzgarlos y condenarlos por haberse saltado la ley y haber robado a todos. Lo del 9N, pues igual, porque con dinero público y de forma ilegal organizaron su fiesta pacífica.

La Democracia, gracias a Dios, permite muchas más manifestaciones ciudadanas que las dictaduras y también tolera aquellas de que quienes son sus enemigos declarados u ocultos, siempre que se desarrollen dentro de la ley, pero eso no les concede ni un gramo de legitimidad democrática a esas acciones ni a las ideas de quienes las urden.

Qué aquellos —gobierno y oposición— que tienen la responsabilidad de defender las libertades y la ley se dejen influenciar por lo pacífico y festivo como si fuese un argumento válido para dar legitimidad a lo ilegal, ofreciendo el oro y el moro a los presuntos delincuentes, no deja de ser una muestra más de hipocresía, de falta de principios y de incapacidad para estar a la altura de los ciudadanos que les han elegido.

Pepe de Brantuas. Noviembre de 2014, en España.

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I – Alicia en el país de las tarabillas.


encallada

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Si hubiese que ubicar en alguna parte el dichoso país de las tarabillas bien podría ser en la España del nordeste (para quienes sufrieron la LOGSE, Cataluña), que acostumbrados nos tienen a la palabrería sin acierto ni concierto. Y, para no ser menos que el de Lewis Carroll, también tiene una Alicia más entrada en años, pero algo enredada por la compañía de tantos estrafalarios personajes con los que convive. Y eso es la única explicación caritativa que se me ocurre después de conocer sus últimas declaraciones: negociar para dar más dinero a los tarabillistas que gobiernan el territorio.

Que el problema está en creer que todo se soluciona con dinero, como vulgar negocio falto de capital, y que la unidad de España o la soberanía del pueblo están en subasta pública, que es negocio en el cual el que vende espera que los compradores suban y suban hasta que uno tire la toalla. Pero la política, si lo es de verdad, se asemeja más a un regateo en el que uno debe bajar su demanda y al otro le conviene subir la oferta para acercar posturas. Y si se da el caso, como parece ser el presente, en que el demandante no solo no baja sino que sube, tonto sería el ofertante si no baja la suya o deja de negociar, que es lo propio de personas inteligentes y no amilanadas.

La Alicia de nuestro cuento parece olvidar que el otro negociante ha ido subiendo su demanda, lustro a lustro, y cuanto más se le da más quiere. Eso debería bastar para que ella propusiera bajar cualquier oferta posible a lo mínimo legal imprescindible, que los tiempos son de rebajas para todos, no solo para los ciudadanos de a pie que tienen que soportar a tantos subasteros indignos y regateadores de medio pelo. Hasta el más simple de los mercaderes de feria sabe distinguir al interesado en negociar del que solo pretende estafarle. Claro que esta Alicia nuestra a lo mejor nunca fue a un mercadillo de barrio o a una feria rural.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2013, en España.

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