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Televisión barata y complicidad social


Si uno tiene la mala suerte de poner la televisión en verano (supongo que el resto del año también), puede encontrarse con demasiada facilidad una de esas numerosas series españolas que dicen cómicas, en su mayoría un verdadero envilecimiento de la comedia española. En ellas, actrices y actores, a gusto de guionistas, productores y directores, representan personajes chabacanos, bocazas, mentirosos, mangantes, sarasas, puteros, codiciosos, envidiosos, ruines, charlatanes, zafios, vociferantes, memos, majaderos, golfos, estafadores y demás géneros de mal vivir y peor pensar, que se diría antaño. Y lo más frecuente, encuadrados en lo que llaman clase media o clase baja. No hará falta que les enumere títulos porque se alargaría innecesariamente este escrito y, además, es difícil encontrar a alguien que haya encendido el televisor y no se haya topado con uno o varios de esos subproductos del casi monopolio televisivo y publicitario de Atresmedia y Mediaset.

¿Lavar cerebros o ensuciarlos?

Dejando a un lado que en todos los capítulos hablan a gritos, lo que me parece más ofensivo es tratar de representar a un sector tan amplio de la sociedad española con semejantes personajes y la excusa de la comicidad. No se trata ya de que pueda haber diferencias sustanciales en la forma de hablar y comportarse en esta variada España, sino que es difícil encontrar un número de personas, en los grupos sociales citados, que se comporte continuamente como se comportan los personajes de esas series. Me dirán que tienen mucha audiencia (el argumento del tesorero botarate), que hay muchos que se ríen y les viene bien para olvidar la dureza de sus vidas (psicología barata), o que son parte de nuestra cultura (el colmo de la ignorancia), pero la sola posibilidad de que alguna de esas tres cosas fuera cierta debería ponernos en guardia ante semejante producción realmente tóxica. Ponernos en guardia y tratar de mejorar nuestra sociedad.

No sé si es una fase de decadencia de nuestra cultura, una forma de manipular las mentes de los más incautos, una manera desaprensiva de forrarse a costa de la memez ajena o un método para quitar de la cabeza de la gente aquello que es verdadero e importante para su vida, fomentando las bobadas, la chabacanería, la risa tonta y la ignorancia, pero de hecho puede ser una de esas o todas ellas juntas y, cuando las aplaudimos o tan siquiera las vemos y soportamos, estamos siendo cómplices necesarios. Y mientras tanto, los goles nos los meten por vía político-parlamentaria sin que casi nos demos cuenta y convierten nuestra democracia en un asilo para para pardillos comodones y desnortados.

Pepe de Brantuas. Julio de 2017, en España.

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De lo prohibido a lo obligatorio.


(From what is forbidden to the obligatory.)

…o convertid la libertad en una sombra…

Dicen que fue Jardiel Poncela quien definió a la dictadura como sistema político en el que lo que no está prohibido es obligatorio. En un estado democrático de derecho, por lo tanto, lo no prohibido es opcional y debería ser libre sino fuese porque las diversas administraciones están empeñadas en expedir licencia para casi todo. Y esa no obligatoriedad es mayor para los ciudadanos que para los gobiernos, aunque estos disfruten de un margen de discrecionalidad amplio, que en demasiados casos sobrepasan.

Y la discrecionalidad del Gobierno lo es también para poner en libertad un terrorista antes de terminar su condena, siempre que éste cumpla los requisitos exigidos por la ley. En el último caso se requería que estuviese en fase terminal. A toro pasado, parece ser que no se cumple esa exigencia, a pesar de que el ministro de turno afirmó que sí. Pero, lejos de rectificar, se ha puesto en marcha una artillería dialéctica para justificar lo injustificable. Y en el colmo de la hipocresía desde el ejecutivo se afirma que estaban obligados por la ley a concederle el tercer grado penitenciario.

Del engaño del estado médico del etarra se pasa al engaño jurídico. Es la misma argucia que se emplea en aquellos casos en los cuales se justifica la pasividad del Gobierno con una pretendida espera a las decisiones de los tribunales. Si tuviesen razón los que defienden la medida como obligatoria estaríamos ante una dictadura encubierta que constreñiría la propia acción gubernamental, lo cual es poco creíble porque borraría de un plumazo su discrecionalidad.

En todo caso el Sr. Rajoy, sus ministros y los más afines de su partido deberían darse cuenta de que están convirtiendo a la libertad, con su patética argumentación, en una mera sombra. Si ellos no son libres, difícilmente lo seremos los ciudadanos. Claro que por ahora es una sombra viviente que no cesa en su intento por defenderse y, acaso, en las próximas elecciones muestre su hartazgo.

Pepe de Brantuas. Agosto de 2012, en España.


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