La filial del infierno en la Tierra.

Joseph Roth, austríaco de origen judío, fue uno de los grandes escritores del siglo XX en lengua alemana. En este libro se recogen una serie de artículos suyos después de su exilio obligado en Francia, así como varias cartas a su amigo, también escritor, Stefan Zweig.

Roth relata el ambiente asfixiante del llamado Tercer Reich para los escritores de lengua alemana, tanto para los que se habían marchado como para los que se quedaron allí pensando que podrían sobrevivir. Figuran también algunos otros que renunciaron a sus ideas, al menos en apariencia, para recibir al nuevo régimen con los brazos abiertos.

Pero su aguda mirada no se detiene solo en los profesionales de la pluma, sino también en políticos y en los ciudadanos de aquella época. Su esperanza inicial en que su amada Austria resistiese la anexión alemana se vino abajo cuando los nazis ocuparon el poder allí.

La elección de los artículos es buena, pero destacan algunos a mi entender. El primero, el que da el nombre al libro: La filial del infierno en la Tierra. Después, uno que debería ser de  obligatoria lectura en la enseñanza cuando se tratase el tema del totalitarismo, fuese éste el nazismo, el estalinismo, el maoísmo o, incluso, el terrorismo de tipo islámico o nacionalista: El enemigo de todos los pueblos.

En el segundo, Roth pone de manifiesto la culpabilidad de los indiferentes. Aquellos que veían y sabían lo que estaba sucediendo y, tanto en Alemania como el extranjero, miraban para otra parte. Su afirmación de que los indiferentes siempre han contribuido a que el mal triunfe, es tan válida en su época como hoy en día.  No nos extrañe pues que termine el artículo diciendo que la indiferencia es el enemigo de todos los pueblos.

Roth se convirtió al catolicismo algún tiempo antes de su muerte en 1939. Se ha afirmado que lo hizo sólo por su lealtad a la casa de Augsburgo, la familia imperial de Austria, pero en una de sus cartas a Zweig, en agosto de 1935, le explica su postura: no veo otra cosa que la fe cristiana  —ninguna literatura—, y no creo en este mundo, como tampoco que se pueda influir sobre él. Si Dios quiere, una escoba dispara, y si Él no quiere no dispara ni un cañón.

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