Reforma constitucional, ¿para qué?


No es ningún secreto que los políticos actuales no están al nivel de aquellos que pactaron y redactaron nuestra Constitución. Ni a nivel intelectual, con excepciones, ni de tolerancia. El maniqueísmo que hoy impera, que se pretende extender a la sociedad, hace poco creíble que sean capaces de ponerse de acuerdo en poco más que la boba abstracción de que ellos son los buenos y los otros los malvados. La ingenua pretensión de asignarse criterios de bondad que les hace sentirse superiores a los demás les incapacita, a la mayoría de los políticos, para poder sostener un debate sosegado con inteligencia y deseo de solucionar los problemas, si es que los hay. Desde el economicismo dogmático de unos al fanatismo filomarxista de otros, pasando por el idealismo nacionalista intransigente, los campos de posible negociación o discusión quedan reducidos a victorias o derrotas, sin posibilidad mayor que la rendición de unos y la imposición de otros. Y a los ciudadanos que nos zurzan.

¿Por qué no dicen la verdad?

¿Por qué no dicen la verdad?

En ese ambiente de controversia generalizada y tolerancia reducida, donde los puntos de posible pacto son casi inexistentes, plantear una reforma constitucional sólo puede explicarse si es el pueblo, la ciudadanía, el actor perjudicado, llegado el caso de que nuestros insignes próceres lleguen a algún acuerdo de reforma. Y ese acuerdo, viendo en el pasado las unanimidades y mayorías conseguidas, sólo puede conducir a subirnos los impuestos, aumentar el gasto llamado público, incluidas las remuneraciones de los políticos, recortar las libertades de todos y pagar la servidumbre estipulada a lo políticamente correcto, entiéndase ideología de genero, promoción de las minorías homosexuales, el aborto, la eutanasia y todo aquello que aún hoy es difícil encajar en nuestra Constitución por mucho que legislen o gobiernen como si no existiera: En resumen, convertirnos a todos en sus siervos de la gleba, obedientes, paganos y pagadores de sus caprichos.

No cabe duda de que a los ciudadanos nos van a presionar lo indecible, desde todos los ángulos, desde todos los campos del poder político y mediático, para que aceptemos o nos resignemos a una reforma que sólo responderá a intereses de minorías bien organizadas que están siempre dispuestas a convertir la democracia en una caricatura, en una comedia boba que contente ingenuamente a la mayoría de los españoles. Por mucho que digan algunos, nuestros dirigentes políticos, económicos y culturales no son una casta. Acaso lo hayan sido, pero cada vez más se comportan como una secta que se cree superior a el resto de la sociedad y con derecho a imponerle sus criterios.

No deberíamos dejarnos engañar.

Pepe de Brantuas. Mes de la Navidad de 2016, en España.

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