Cuando la Hispanidad se vuelve triste historia…


Debe ser tan insufrible, tan insoportable, que tantos españoles se empeñen en seguir siéndolo, que para algunos deviene en locura. No hay más que escuchar a pequeños rojos, mínimos nacionalistas, mediocres cultosos y desnortados indigenistas, parejos de envidiosos extranjeros, para darse cuenta de que la llegada del 12 de octubre produce en ellos parecido efecto alérgico que el polen en primavera para otros, con la agravante de que es mal intelectual difícil de curar o de medicar. Los síntomas son siempre lugares comunes sobre la presunta crueldad de los conquistadores celtibéricos, el manoseado genocidio que nunca existió —basta comprobar que sólo abundan indígenas donde España colonizó, y menudean, o no existen, donde los otros imperios europeos pusieron pica o tenderetes comerciales explotadores—, o la terrible imposición del catolicismo, según ellos,…

en la mente de algunos.

en la mente de algunos.

Ellos no lo saben, pero forman esa otra hispanidad triste y mediocre que es incapaz de saberse a sí misma, que preferiría una América llena de indios en taparrabos, con sus cultos idólatras, con sus sacrificios humanos, con sus propias tiranías salvajes a modo de incas y aztecas; una América de la cual se reirían si existiese y sobre ella elevarían sus cabezas de europeos pedantes, engreídos y, como mucho, indulgentes la ayudarían a mantenerse en la ignorancia precolombina y así poder apartarla con más facilidad de los destinos del mundo. Pero la hazaña de aquellos españoles —de quienes descienden la mayoría de los hispanoamericanos genéticamente y, casi la totalidad, intelectualmente—, fue recrear un mundo que ya es superior en muchos aspectos a la vieja Europa matriz. Si no lo es en todos, quizás no lo sea por culpa de quienes proceden de los otros europeos que casi exterminaron a los indios y procuran por todos los medios mantener su hegemonía económica y política en todo el continente.

Hispanidad y catolicismo dan una mezcla que no soportan; tratan de romperla, destruirla, minimizarla, pues no les basta con ignorarla. Pero su fobia muestra precisamente que esa unidad existe y persiste, que es fundamento de las naciones actuales de Hispanoamérica y que, si Dios lo quiere, jamás podrán acabar con ella. No bastan políticos vergonzantes ni unos guías ciegos para acabar con lo que se fraguó a lo largo de un siglo y se consolidó durante los cuatro que lo siguieron, por mucho que griten, infamen o revuelvan los que padecen la fobia contra todo lo hispano. El Sr. Trump —si es verdad lo que dicen de él—, no es más que una pobre caricatura comparado con los españoles e hispanos que padecen la lacra de no saber quienes son y se revuelven contra ellos mismos.

Celebren ellos su auto odio y triste españolismo si quieren, que los demás celebraremos la Hispanidad como un hecho histórico incontestable, político, religioso, cultural y, mal que les pese, glorioso y real.
Pepe de Brantuas. Octubre de 2016, en España.

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