El racismo “científico”, esa cosa que va y viene.


Un siglo antes de Hitler, más o menos, todo el occidente anglosajón, germano, francés o, incluso, de la libre América, se debatía en justificar la superioridad de la raza blanca sobre los otros pueblos del planeta. Desde masones, como Antoine Fabre d´Olivet, teóricos de la política, como Thomas Carlyle y J. Arthur Gobineau, antropólogos, como Robert Knox, pensadores, como Herbert Spencer, políticos, como Chamberlain, artistas, como Wagner, filósofos, como Nietzsche, y una legión indefinida de bien-pensantes que, presumiendo de su autoridad científica, legitimaban el racismo imperante de los blancos sobre los demás, en especial de los nórdicos o de los arios sobre todos. Lejos estaban de suponer que toda su intelectualidad fraudulenta desembocaría como una lluvia tormentosa en el aluvión pútrido del nazismo.

de estas lluvias pueden venir pútridos lodos...

de estas lluvias pueden venir pútridos lodos…

No era sólo Alemania, sino también Norteamérica, Francia, Holanda, Gran Bretaña, etc., las patrias del protestantismo, de la tolerancia, del gobierno representativo, de la democracia y las libertades civiles, quienes engendraron el monstruo en su soberbia racionalista, en su imperialismo racista, en su colonialismo economicista, en su protestantismo cada vez más agnóstico y ateo. No nació en las sacristías de las iglesias católicas, ni en los claustros de los conventos, sino en las logias masónicas, en las sociedades científicas, en las academias y universidades presuntamente liberales, y los imitaron, como eco funesto, muchos de los llamados libertadores de Sudamérica, que maltrataron a los indios y a los mestizos, a los negros y a los mulatos, con su presunta superioridad criolla.

Pero no se crean que aquellos hayan desaparecido hoy. Después de la Shoá, vulgarmente conocida como el Holocausto, con su patente horror, los teóricos del racismo se refugiaron en el tercer mundo o mantuvieron discreción o silencio, pero siguen estando en la generación de ideologías que ahora empiezan a estar en boga. Tanto el Animalismo, como la promoción del control de la natalidad y del Aborto en todo el mundo, sobre todo entre pueblos y etnias que no sean wasp (Blancos, anglosajones y protestantes), la imposición de las ideologías de género, gay y transexual e, incluso, el intento de dar derechos humanos a lo que se llama inteligencia artificial, tienen como una de sus raíces principales a esa minoría que defiende a toda costa la supremacía blanca, que pretende seguir siendo la dominadora del mundo a toda costa. Eso sí, con la apariencia de ciencia, libertades y derechos, hasta que toda la sociedad humana esté controlada por ellos definitivamente y no sea necesario fingir.

Y mientras tanto nosotros les ayudamos sin saber que estamos propiciando otra catástrofe, acaso mucho mayor de la que fundamentaron los teóricos blancos racistas de los siglos XVII y XIX.

Pepe de Brantuas. Junio de 2016, en España.

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