¿Hacia un nuevo despotismo?


El Renacimiento, esa época europea tan elogiada, que disecó el arte clásico en un anodino blanco y negro, que aún sufrimos, y que volvió al Derecho Romano, a la preeminencia jurídica del hombre sobre la mujer, también provocó el auge del absolutismo monárquico en contra del anterior equilibrio de poderes. No negaré sus virtudes, pero muchas de ellas venían de la influencia medieval persistente y no de la grecorromana. La Inquisición, que había nacido para evitar que el poder civil pudiera enjuiciar asuntos religiosos, y evitar así que persiguiese con excusa de herejía a quienes los fueros y las leyes de la época no lo permitían, inició el camino que le llevaría a convertirse en un poder temible y temido, sobre todo si uno era rico y poderoso, pero había caído en desgracia ante el rey absoluto de turno o ante el pueblo enfurecido y convenientemente agitado, como en el caso de los judíos conversos.

¿O hacia dónde?

¿O hacia dónde?

La separación de poderes, el judicial, el ejecutivo y el legislativo, que trajo la modernidad democrática, trataba de combatir precisamente aquello que el espíritu renacentista introdujo con su influencia retrógrada: el poder absoluto. Poder, que ante una creciente división del cristianismo y su debilitación, se hizo más incontrolable que el de los antiguos emperadores romanos. La autoridad de la Iglesia había sido un freno necesario e imprescindible durante la Edad Media a todo tipo excesos de los monarcas y de sus servidores, pero había perdido poco a poco su influencia durante el absolutismo y ahora ya no servía en la modernidad con la separación radical entre religión y política. Era necesaria la sumisión a la Ley de todos los poderes y la mayor posible independencia entre cada uno de ellos, para luchar contra la injusticia y el peligro de una vuelta a la concentración de antaño.

A partir de ahí, si alguna vez se creaba una nueva inquisición ésta sería laica y acabaría por ser servil una vez más del poder político absoluto si el mecanismo de separación de poderes se pervertía. El siglo XX nos mostró el auge del marxismo y sus derivados y de aquellos que trataron de combatirlo con una imagen especular y también absoluta: el fascismo y el nazismo. Tanto unos como otros atacaron la división de poderes con maligna eficacia y convirtieron en un infierno a los países que dominaron. Pero el marxismo, además, intentó ocupar en el mundo laicista el hueco del que se había expulsado al cristianismo como referente moral de la humanidad. Los oponentes políticos ya no eran meros contrincantes por el poder, sino enemigos inmorales a los que combatir, a los que eliminar y exterminar si fuera posible: todo lo anterior, feudal, burgués o capitalista, debería ser aniquilado. Incluso en las versiones más benignas del socialismo y de la socialdemocracia persiste hoy esa presunta superioridad moral que trata de hacer que veamos cualquier otra postura política opuesta como inmoral o reprobable.

Por eso, en las democracias actuales sobrevive la mentalidad moralista del marxismo, en mayor o menor medida, incluso en partidos que dicen haber renunciado a él desde hace lustros. Si a eso unimos el progresivo aumento de la burocracia, del presupuesto económico de nuestras naciones y de una economía basada en el apoyo a oligopolios y multinacionales en detrimento de pequeñas y medianas empresas, así como al abandono de cualquier límite moral que pudiera tener origen en la religión cristiana, no nos deberían extrañar los excesos actuales. Excesos que han dado coartada para crear una administración fiscal, temida y temible, que cada vez recuerda más a la antigua inquisición por sus privilegios de procedimiento, por el aplauso popular a sus actuaciones cuando se dirigen a personas de alto nivel social, y por ser sospechosa en ocasiones de servir a intereses partidistas. Si a eso unimos la creciente corrupción política que hace dudar de la independencia real del aparato judicial y policial, por sus disparejas actuaciones, el espectáculo parece conducirnos a un nuevo absolutismo que, aunque parezca que sólo afecta a los más ricos, nos atañe a todos los ciudadanos directa o indirectamente. Y eso sin mencionar el nuevo terrorismo islamista que ha provocado un mayor control sobre la vida de todos y, en consecuencia, una menor libertad.

No soy capaz de ver a donde nos conduce todo esto, pero o volvemos a buscar el bien común, una verdadera honestidad pública, dejando de lado la falsa moralidad de clase, y una verdadera separación de poderes o acabaremos en algún nuevo despotismo.

Y por supuesto, debemos empezar por cambiar nosotros mismos, los ciudadanos de a pie.

Pepe de Brantuas. Abril de 2016, en España.

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