¿Líderes o “viriatos”? ¿A quien votar?


Más de una vez me lo he preguntado, cuando escuchaba las presuntas razones de muchos de mis conciudadanos para votar a determinados candidatos. Que una sociedad sea sana se ve en gran parte en su respeto por el liderazgo, por el reconocimiento del buen hacer y de la excelencia ajena; pero eso no suele ser una de las principales bondades de nuestra patria, donde tanto prolifera la envidia, hasta la inquina, hacia quienes nos superan sobradamente en muchos conocimientos, valores y virtudes. Si creyera en aquello del alma colectiva de los pueblos, en la supuesta idiosincrasia patria o en las identidades nacionales, podría sospechar que el virus del caudillaje tendría que ver con esas entelequias; pero no, sospecho que el problema sea más parejo de la comodidad y de las pocas ganas de razonarlo todo que de cualquier otra circunstancia. Admirar a un líder exige razonamiento crítico; para seguir a un caudillo basta esa especie de enajenación sentimental (que tanto se parece al verdadero enamoramiento), que sólo resalta sus bondades y oculta sus peligros, y no parece dejar indiferente a ningún escalafón social: desde un analfabeto funcional a un director de periódico; desde un honrado pescador de ribera a un alto directivo de banca.

Entre las brumas celtibéricas...

Entre las brumas celtibéricas…

Donde hay pasión de enamorados también se puede generar la contraria: el odio violento. Ayer le pegaron un puñetazo al Presidente del Gobierno y candidato (que no parece de esos que se puede seguir irracionalmente, por mucha mayoría que tuviera hace 4 años). Fueron muchas las condenas, pero yo no sabría decir cuántas fueron sinceras o acaso mera hipocresía circunstancial. Cuántos disfrutaron, sin reconocerlo, o habrían deseado que la agresión la hubiera sufrido otro político. Y no es la única de la campaña, porque las hubo de factura caciquil, infinidad de tretas y artimañas de cultura electoral barriobajera; pequeñas gamberradas, como arrancar carteles de otros o no tan menores, como rayar el coche de una política. Y llegando a la cumbre de todas, el secuestro ilegal, hecho por Correos en complicidad con la Junta Electoral, de la propaganda de Vox, que no fue criticado por las otras fuerzas políticas, aunque su gravedad casi alcance al puñetazo al Presidente. Salió al rescate de las libertades el Tribunal Supremo, pero es todo un síntoma nefasto que una barbaridad semejante llegue a ocurrir y que la mayoría de políticos callen, con complicidad, si no les perjudica a ellos…

El caudillaje es lo que tiene: presupone batallas, luchas, guerras, violencias, que es para lo que vale un caudillo, no para la paz y el buen gobierno. Sino recuerden aquel Viriato, que dicen que de pastor de ovejas llegó a dirigir ejércitos victoriosos, pero murió traicionado, quizá por incapacidad para el buen gobierno de los suyos. Sin embargo, a falta de considerar el heroísmo como algo civil y cotidiano, como el esmerado cumplimiento de la función que a cada uno nos ha dado Dios, a pesar del mal ambiente que nos rodea, parece que es mayoritaria la postura de buscar al jefe que todo lo solucione, independientemente de nuestra mediocridad, de nuestra vagancia o de nuestra culpable ignorancia. Eso sería, precisamente, el motivo de que se puedan crear líderes mediáticos (basados en los intereses de vaya a saber Vd. quien), que por su palabra fácil, por la orfandad intelectual de quienes les escuchan, o por el mimetismo gregario que está presente en toda sociedad, pueden dar un gran rédito electoral y, si suena la flauta, hasta político.

Nuestro sistema electoral permite eso gracias a las listas cerradas y a la obsesión constitucional por los distritos provinciales. Pero sí hay un sencillo antídoto, aunque no fácil ni cómodo porque exige esfuerzo mental y físico, cual es el de conocer de verdad o, en su defecto, lo más profundamente posible a los candidatos a los que realmente puedes votar. Porque al presunto líder, al caudillo de turno, lo eligen otros, minoritariamente, antes de las elecciones, y lo refrendan con posterioridad a ellas aquellos, entre muchos, a los que tú votaste, pero que no te has molestado en saber si son fiables, si son serviles ante la ejecutiva del partido o si de verdad te representarán en aquello que prometieron hacer. Y si en serio nos empeñáramos en eso, en votar consciente y racionalmente, de poca importancia tendrían las encuestas electorales o la posibilidad de un mal resultado para aquellos a quienes hubiésemos decidido votar, aunque les faltase poco para salir elegidos. Y no tendría importancia porque nuestro sufragio seguro que no iría para los que nos traicionan al día siguiente de las elecciones, como demasiadas veces sucede.

Pero esto requiere esfuerzo pensante y activo: es el precio a pagar por seguir siendo libres de verdad.

Pepe de Brantuas. Mes de Navidad de 2015.

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