De Hipócrates a la hipocresía médico-política.


Pocas cosas había claras en la medicina de antaño como no fuera que el juramento hipocrático excluía tanto el aborto provocado como forzar la muerte del doliente, por acción u omisión. Pero los tiempos cambian y las clínicas abortistas son un lucrativo negocio, como aquellas que ya se han creado en otros países para acabar con la vida de ancianos y enfermos terminales. Desgraciadamente podemos conocer en qué tipo de carnicería y venta de órganos se han convertido las de Estados Unidos, acaso también en otras partes que desconocemos. Y no sé si las dedicadas a la eutanasia acabarán también por absorber a los negocios de pompas fúnebres, para aumentar sus ingresos.

¿Medicina?

¿Medicina?

Los Colegios Médicos han ido abandonando la ética de la vida y ya justifican cualquier cosa con la ayuda de leyes impresentables y torticeras. No hay más que ver el caso de Andrea, a quien se le quitará la alimentación y, supongo, que se sedará eficazmente para acelerar su muerte. Desconozco si estas cosas llevarán a la creación de alguna especialidad universitaria en la que se enseñe como descuartizar bien un feto para que sus partes no pierdan valor económico y médico, y otra, más de ruedo taurino, donde salgan especialistas en puntilla y descabello, rematadores efectivos de enfermos incómodos para sus deudos o para una sociedad cada vez más pervertida. Pero nada me extrañaría.

Ningún partidario del aborto, por muy científico que él se presuma, es capaz de decir a que especie pertenece el nuevo ser que nace en el vientre de su madre en el momento de la concepción, hasta que sale y se presenta ante sus ojos y los de la sociedad: sólo afirman que no es humano, como dogma, como primer principio indemostrable y conveniente para su tesis, por mucho que sus partes si sean humanas y susceptibles de venta para trasplantes. La Ley, tan considerada con los demás humanos incapacitados para defenderse, que les provee de tutor u obliga a que el ministerio fiscal ejerza su defensa, no está dispuesta a hacer lo mismo con los más débiles. Tampoco en el caso de Andrea, u otros similares, se molesta demasiado en  exigir una defensa jurídica efectiva del menor enfermo, dejando que quienes piden su muerte, los mismos de quien depende, sean los que decidan.

No es de extrañar tampoco que, el responsable colegial de eso que siguen llamando ética, sugiera que en estos casos no deberían intervenir los juzgados, sino los médicos, más que nada para que todo el asunto quede en sus manos como señores de la vida y de la muerte. Y la verdad es que casi ya lo está, porque leyes se hicieron para que así fuese, y ya pueden dejar morir cuando les plazca y ahorrar así gastos a la sanidad pública, que no vayan a creer Vds. que no influye en el asunto por mucho que lo callen hipócritamente. Matar de hambre y de sed es, para mucho bien pensante, mejor que dejar morir naturalmente y si ahora se autoriza para menores de edad indefensos ante sus propios padres y la justicia, qué no se autorizará mañana aumentando la casuística de la vida indigna según su escalafón diabólico.

Pepe de Brantuas. Octubre de 2015, en España.

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