La izquierda puritana y el centro incorrupto.


Concuerdo bastante con Ortega y Gasset en aquello que escribió sobre que ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil. Aunque hoy debe haber muchos más imbéciles que son de izquierda, que presumen de eso, que la imperceptible minoría que lo hace de lo contrario. Sea porque vivieron el oprobioso régimen, sea por cualquier otra causa vergonzante, o porque la inteligencia se refugia fuera de los que se autoproclaman de izquierda, el hecho real de nuestro tiempo es que el cuerpo social está indefectiblemente desnivelado hacia lo siniestro. Acaso, eso que se denomina centro, punto unidimensional que separa ambos campos, sea el moderno refugio de la otrora derecha; disparate casi mayor que los anteriores pues habría que revitalizar en política la broma estudiantil del punto gordo, ese por el cual supuestamente eran capaces de pasar dos líneas paralelas. Gordura que debería ser superlativa porque en el citado locus político también quieren morar otros que antaño de izquierda decían ser. Pero no me queda más remedio que usar esos términos, bajo pena de no ser entendido por el nivel medio de los ciudadanos, si no lo hago.

los trenes solo circulan por la vía...

los trenes solo circulan por la vía…

La Reforma Protestante, aquella cosa que inició Lutero, devino en multitud de sectas, cada una con su interpretación particular y selectiva de las Escrituras, desde el liberalismo evangelista hasta el totalitarismo puritano, tuvo un efecto en el pensamiento político que nos trajo como consecuencia tardía y nefasta el marxismo. No es interpretación mía, sino acreditada entre estudiosos, pero el determinismo, la predestinación al bien y al mal, y una inevitabilidad histórica y materialista, que es un retroceso al fatum grecolatino, es en muchos aspectos una consecuencia directa del calvinismo, despojado de cualquier creencia divina. Es, nos guste o no, la raíz de esa pedante superioridad moral de la izquierda, los elegidos, los portadores del bien, que intenta siempre ponerse por encima de cualquier otra opción intelectual o política. Lo estamos viendo estos días en España con el acceso al poder de grupos cuyo discurso básico es ése, moralista en esencia, y que pretenden que creamos que son el mágico talismán para cambiar las cosas, para llevarlas a buen puerto. Luego el poder es como un viento impetuoso que les despoja de sus ropajes de opereta y nos los muestra tal como son en realidad (es lo bueno de la democracia), aunque algunos quieren creer a toda costa y como fanáticos puritanos no admiten los hechos por evidentes que sean.

Pero como decía al principio, no solo la izquierda sino también el centro, son esos lugares donde la mayoría de las personas presume que está…, en política. Lo curioso de ese sitio adimensional es precisamente arbitrar sus límites, cuestión nada fácil y de todo punto ilógica. Personas tan importantes y cultas, como D. Pedro J. Ramírez, hablan en demasiadas ocasiones del centro con una devoción casi religiosa, como si fuese una especie de Shangri-La político-social (no dudo que es muy posible que tenga su misma consistencia), al que deberían aspirar las fuerzas mayoritarias; y casi lo consiguen aunque sea de modo virtual. Es como pretender que fuera de ahí no puede existir la tolerancia política, la capacidad de diálogo, el parlamentarismo verdadero…, todas esa cosas que antaño se predicaban de la democracia liberal y que ahora, por un absurdo abandono del término deberían refugiarse en un espacio político nuevo, algo así como un no ser siendo metafísico: no ser derecha, aun siéndolo, no ser izquierda, pero siéndolo… Pueden pensar ustedes que me estoy burlando, pero nada más lejano a mi intención. Todavía menos en estos momentos históricos en los cuales aparece una formación política que desea monopolizar ese punto gordo central y, además, presume de incorrupta, con el apoyo y aquiescencia de todos esos ilógicos necesarios que moran en la élite social.

Si alguno se vende como no corrupto no está mal presumir de eso, si no lo es, mientras no ponga sus ideas como garantes de esa lozanía política. Lo contrario sería considerarse incorruptible y bajo el cielo no existe tal cosa. Además, la predestinación al bien, como ya comentaba al principio, es cosa del puritanismo de la izquierda; no cabe en el centro, si es que algo cabe ahí, y convertiría su opción política en una más del lado siniestro. Si no aspiran ustedes a cargo o distinción política céntrense en ustedes mismos, en lo que creen o en lo que les interesa y arrímense al lado que mejor los representa, sin adorar ídolos ni venerar ideas que todo lo solucionan. Entre otras razones porque todos los ídolos son de barro por dentro y todas las ideologías milagrosas valen lo mismo que un cuesco mental. Y después, cuando la realidad pone las cosas en su sitio, es descorazonador verse como un crédulo. Aunque, si uno no está demasiado acostumbrado a pensar, es un resultado inevitable y puede que positivo.

Pepe de Brantuas. Junio de 2015, en España.

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