De cantos de sirena y otras quimeras electorales.


En los despertares de la democracia moderna el municipio era algo así como la quintaesencia de la comunidad de ciudadanos libres, acaso como un recuerdo de aquello de Aristóteles de que solo en la Polis se podía dar un sistema así. La Casa Consistorial, del Concejo, del Ayuntamiento, pasó a ser llamada en muchos casos Palacio Municipal, donde el señor y el rey era el pueblo soberano. Fueron décadas, acaso más de un siglo, donde a la vieja austeridad republicana, al estilo de Robespierre, se la dignificaba con ese apelativo más propio del Antiguo Régimen, pero todavía no se identificaba la suntuosidad del edificio democrático con la corrupción y el despilfarro de demasiados ediles electos.

La base de la Democracia.

La base de la Democracia.

El primer sarampión de que la democracia se contagió fue el de las ideologías. Entendidas éstas, no como meras diferencias de partido, sino como elucubraciones políticas en demasiados casos alejadas de la realidad, caricaturas de filosofías políticas empeñadas en que el mundo real se adaptase a ellas y no en buscar las soluciones a los verdaderos problemas que ese mismo mundo trae constantemente. Todavía no estamos curados de esa endemia social, pero es en la administración municipal donde sería más fácil la cura al estar en contacto día a día con la calle y el campo, con sus habitantes y sus problemas. Y es también el lugar perfecto para hacer la radiografía del político, sus méritos y sus miserias, sus capacidades y sus carencias.

En condiciones normales, son las elecciones locales aquellas donde más se vota a la persona, donde la ideología de su partido queda en un tercer o cuarto plano para dejar en primer lugar al actor humano tal como podemos conocerlo los ciudadanos. Pero vivimos momentos anormales, por poco frecuentes, donde la desconfianza de los electores lo invade todo y se crea un terreno abonado para que las directivas de los partidos políticos traten de empujar a los ciudadanos a votar consignas extrañas a la administración local; basta leer los lemas electorales de la mayoría de las formaciones.

Corremos el peligro de caer en la trampa, de votar a un desconocido porque que nos cae simpático el jefe de su partido, o de dejar de votar a un buen candidato, ya demostrado, porque nos parece antipático o sinvergüenza su jefe de filas. Esos son los cantos de sirena más peligrosos estos días con la maquinaria propagandística a todo volumen, con las televisiones promocionando a unos y negando a otros, todo ello dirigido desde lejos, elaborado en despachos foráneos, por personas a quienes les trae sin cuidado la situación real de nuestras comunidades locales, porque su objetivo prioritario es otro.

Voten ustedes a Fulano o a Mengano, no a quimeras políticas conocidas o desconocidas. Miren bien la papeleta antes de meterla en el sobre, a ver si por lo menos conocen bien al primero de la lista, cuando no a media docena de ellos. Se juegan su vida, su dinero y su felicidad a que esas personas sean fiables, como tales, en aquellos temas que son importantes de verdad para ustedes. Dejen las aventuras y los cantos de sirena para los ulises que tanto les da Ítaca como Cerdeña, porque no van a ser ellos quienes les resuelvan nada.

Pepe de Brantuas. 20 de mayo de 2015, en España.

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