Los bastardos de Occidente…


Los desheredados...

Los desheredados…

Del diccionario de la RAE parece haber desaparecido el significado de bastardo en lo que se refiere a los hijos de condición ilegítima, reduciendo el concepto a mera degeneración de origen, que no es suficiente y casi parece más insultante, si lo que pretendían era ser más correctos socialmente. Porque bastardos siempre los hubo y de tronío, como D. Juan de Austria, pero no era lo mismo ser hija que hijo o ser bastardo por parte de padre que de madre, sino que se lo digan a Doña Juana, por mal nombre La Beltraneja; claro que, en el caso de los primeros, a veces no lo sabrían y, por eso, más de una casa noble, real o imperial acaso descienda de bastardo ignoto y reconocido como legítimo. Mal, que viene de que el linaje se transmita de varón a varón y no de hembra a hembra, que siempre son ellas hijas de su madre y es dudoso que lo sean todos hijos de su padre.
Pero, esta introducción viene a cuento de los males que Occidente ha causado, no sólo en Oriente, sino también en todos los puntos cardinales. Y no me refiero a las innumerables muertes causadas, que parece ser el argumento preferido de cualquier tonto rojo mantenido de Fidel Castro y el de cualquiera que tenga complejo de culpabilidad interesado por ser occidental y de izquierdas. A los males y a los bienes, que también los hay, pero que, por precarios y selectivos, no han compensado nunca la maldad. Porque si ustedes se fijan en todos estos terroristas que matan indiscriminadamente, si se fijan bien, digo, tendrán al menos que admitir que no son meros fanáticos tradicionalistas, aferrados a creencias y costumbres del pasado con un presunto sentido del honor que nosotros somos incapaces de entender.
No son samurais que rechazan las armas modernas y maten a espada o a puñal, con flechas o con hachas, no. Han heredado de nosotros la tecnología más mortífera: fusiles ametralladores, misiles, bombas, explosivos que harían llorar a Nobel si viviera. Usan todo lo que les ha llegado de nosotros y que pueda convertirse en maligno, para matar a los suyos y a los nuestros. No son herederos de la democracia occidental porque son hijos de la barbarie europea del siglo pasado. No hemos tenido la decencia, que tenían antaño algunas casas nobles, de recocerlos como hijos y de darles un escudo de armas aunque fuese con el casco mirando para otro lado. No han heredado el linaje, porque no hemos querido, y han heredado la escoria, lo peor de nosotros.
Después de la paz de 1945 las democracias (porque las dictaduras sólo han dado lo que tienen: tiranía y pobreza), han mantenido relaciones indignas con todo tipo de regímenes dictatoriales con la esperanza de mantener la supremacía y el usufructo del viejo colonialismo. Salvo casos excepcionales, no nos hemos preocupado por la miseria moral y física de las personas que formaban esos pueblos. Sólo en aquellos casos en que nos era imposible eludir el bulto o cuando los intereses soplaban en esa dirección, recurrimos a exigir los derechos humanos, la dignidad de las personas sufridoras en esos regímenes. Hemos sido demasiado blandos, incongruentes, hipócritas, para exportar eficazmente nuestros valores, al menos tan bien como exportamos nuestros vicios.
Son unos bárbaros, asesinos, fanáticos criminales, son responsables directos de sus delitos, pero  son nuestros hijos bastardos a quienes nos hemos negado a reconocer, a dignificar, y ahora reclaman lo suyo con el único argumento que conocen: la violencia y la muerte. Quizás estemos a tiempo de corregir nuestro pasado y retomar una pedagogía democrática verdadera. Al menos, somos los únicos que lo podemos hacer. Allí hay todavía muchos inocentes, muchas personas que desean de verdad vivir en paz y libertad, pero no tienen los medios ni nuestra capacidad. La violencia acaso haya que combatirla con violencia, entendida como un mal necesario, pero la paz solo se asienta sobre la justicia y el bien.
Pepe de Brantuas. Enero de 2015.

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