Esto de ser elector católico tiene su aquel…


o la responsabilidad de votar...

o la responsabilidad de votar…

Llegó la hora de la demagogia y de la propaganda, y en ese concierto ruidoso de voces discordantes no solo se escuchan las de los viejos partidos, sino la de las candidaturas más noveles. Por otra parte, parece que echar la culpa de nuestra desgracia a la señora Merkel ya no es patrimonio exclusivo de la izquierda, por muy idiota que sea el argumento, y debe ser más rentable, a los ojos del tuerto que dirige alguna campaña electoral, que el seguir las labores de legislar y regir, que esto de las campañas para el partido de turno debe ser como una excursión al campo en primavera, donde olvidar los sinsabores de la gobernación.

Y si encima, además de vulgar elector, eres católico convencido y procuras ser coherente, resulta que recibes desaires de los enemigos, de los tibios y de los que supuestamente deberías votar porque son católicos como tú. Aunque es cierto que el Papa dejo claro cuales eran los valores innegociables en política, para los católicos, es evidente que se refería a la acción diaria y no solo a los períodos electorales. A la acción concreta de quienes ocupan cargos públicos o puestos de responsabilidad y a la de la vida normal de todos nosotros. Que muchas veces no basta con votar a un partido confesional si el resto de los años permanecemos mudos ante el aborto, el matrimonio, la familia o la educación, cuando estos temas salen a la conversación en nuestro ambiente. El político debe ser coherente en su puesto como nosotros en el nuestro.

El gran Chesterton, en Por que soy católico, se refirió a la gran independencia intelectual y política de los católicos, con estas palabras:

En cualquier caso, mi propia experiencia de este mundo moderno me dice que los católicos son mucho más individualistas que el resto, en lo tocante a sus opiniones generales. El señor Michael Williams, el animoso propagador del catolicismo en América, expuso esa razón como algo muy convincente para el rechazo a fundar o a unirse a cualquier tipo de partido político católico. Decía que los católicos se entienden muy bien en lo referente al catolicismo, pero que es sumamente difícil que sepan entenderse en cualquier otra cosa.

Acaso estemos ahora en una época en que tampoco sepamos entendernos ni sobre el catolicismo, pero la doctrina sigue siendo una y la misma, con libertad para decidir en todo aquello en lo cual la Iglesia no tiene una posición dogmática. Y en lo que respecta a los no católicos, contrarios y tibios, lo que sí podemos observar es una unanimidad en todo lo que es políticamente correcto: una rigidez dogmática en temas sociales y políticos que hasta hace muy poco estaban en el campo de la tolerancia y que ahora ellos han aceptado a pies juntillas, como si se les hubiera aparecido un profeta laico que les conminase con los nuevos dogmas.

Por otra parte, la animosidad contra los católicos y contra la Iglesia podría llevarnos al callejón simplista de pensar que la única forma de contrarrestar esa actitud sería llevando al poder a católicos combativos contra esas formaciones y grupos hostiles, como si este asunto fuese una mera batalla humana, la única. Si es cierto aquello de Chesterton, de que los católicos tienen dos o tres verdades fundamentales en las que todos ellos están de acuerdo, pero se complacen en discrepar en todo lo demás, sería un disparate, pues después de combatir a los malos empezaríamos a pelearnos entre nosotros.

No digo con esto que no sea legítimo formar y votar a partidos confesionales, solo que no lo comparto ni creo que sea eficaz. Lo respeto como respeto la abstención, aunque ésta me parezca en muchos casos disimulada comodidad. Pero es indudable que votar lleva implícita una responsabilidad y no podemos meter la papeleta en la urna con los ojos cerrados.

Pepe de Brantuas. Abril de 2014, en España.

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