Siempre la lengua fue compañera del imperio


y a veces de la necedad...

y a veces de la necedad…

Dicen que Nebrija escribió esa frase en el prólogo de su Gramática, inspirada en el aragonés García de Santamaría y en el latino Cicerón, pero lejos estaba de saber las implicaciones que tendría su frase medio milenio más tarde. Don Antonio, que consideraba a la lengua castellana como algo que no debería cambiar nunca, consiguió que demasiados españoles (después de la pérdida total del Imperio) vinculasen a la vitalidad del castellano el poder de España o su mera existencia como nación. Y ése no es mal que en un siglo se cure, si tenemos en cuenta que la simpleza de repetir que la hablan 400 millones aún se usa para defender su primacía o su presunta superioridad. Como si el castellano necesitase que lo utilizase medio universo para seguir siendo una lengua con vitalidad.

Más problemas que esta lengua española lo tienen el gallego, el vascuence y el catalán que, a pesar de estar hoy en día blindadas por leyes autonómicas, están sufriendo un retroceso evidente en su uso cotidiano. Retroceso que ha llevado a algunos gobiernos a imponerlas en su habla, llegando hasta el disparate o la anticonstitucionalidad y, a los filólogos de turno, a anquilosarlas en una supuesta pureza. Corren por tanto el peligro de convertirse en meras lenguas rituales para determinados actos o situaciones, que es el paso previo a su muerte.

La Constitución que nos dimos hace más de tres décadas dedica su artículo 3º a las lenguas españolas. Pero consta de tres párrafos que no gustan por igual a todos. A los defensores de la lengua castellana como única española solo les interesa el apartado 1 y les gustaría que desapareciesen los otros. Los nacionalistas regionales desearían que ese artículo no existiese o, si son algo moderados, que obligase a que todas las lenguas fuesen oficiales en la nación española. Si son más regionalistas, defienden los apartados 1 y 2. Pero casi nunca se suele hacer referencia al número 3 que estipula que la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.

Las razones son políticas, por supuesto. Ese apartado obliga a todos. A las autoridades autonómicas a respetar el castellano y a las otras modalidades de su propia lengua, y a las estatales a promocionar a todas en su pluralidad. Pero nunca hubo voluntad de ver que las lenguas, que sobre todo son una herramienta de comunicación, también son riqueza cultural patrimonio de todos los españoles. Faltó y todavía falta el respeto y protección que exige nuestra Constitución en su artículo 3º. Mientras eso no cambie y no se eduque en esa dirección no se podrá reforzar la unidad de España con una verdadera unión de todos los españoles.

            Pepe de Brantuas. Octubre de 2013, en España.

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